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VOX y la tortilla de patatas

Olvidad las modas de importación: VOX es algo tan castizo y español como la tortilla de patatas.

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LD

VOX, los emergentes de moda, resulta un partido difícil de clasificar cuando se atiende a los dictados de la razón analítica por encima de la víscera panfletaria. Difícil porque, pese a la primera apariencia superficial, el grupo de Abascal comparte en realidad muy pocos rasgos comunes con esa miríada de nuevas formaciones de derecha que han irrumpido a ambos lados del Atlántico y que, por poco más que simple pereza intelectual, hemos convenido en meter juntas y revueltas en el saco del populismo. Y es que en VOX está ausente, y ya de entrada, la premisa mayor que hace reconocibles a todos los populismos contemporáneos, tanto los de derecha como los de izquierda. Porque la acción política y propagandística de VOX no se articula, al menos hasta el instante presente, en torno a la dicotomía maniquea que postula contraponer en todo momento a las élites, quintaesencia demoníaca del Mal con mayúsculas, frente al pueblo, mítico agregado interclasista de la pureza adánica y virginal de las masas excluidas por el egoísmo cosmopolita y desarraigado de la mesocracia.

La virulenta retórica trumpista, esa dinamita verbal de los de abajo contra los de arriba, ni está ni se la espera en el argumentario programático de VOX. Ni se escuchan genuinos ecos trumpistas en los mítines de Abascal ni tampoco resulta reconocible el parentesco que igualmente se les atribuye con la Liga de Salvini o con aquel efímero UKIP de Farage. La Liga, no se olvide, era un partido proclive a desmantelar la unidad política de Italia hasta hace menos de un cuarto de hora. Nada que ver con una fuerza, VOX, que bebe claramente de una de las varias fuentes doctrinales que en su momento dieron forma canónica al nacionalismo español. Un nacionalismo, el español, que siempre ha existido, por mucho que algunos todavía sigan empeñados en negarlo. En cuanto al UKIP, hoy muerto de éxito tras ser absorbidos su programa de máximos y su electorado por May, tampoco las afinidades, que las hay y muchas, permiten soslayar la distancia entre una formación con tintes identitarios pero de raíces laicas con la evidente matriz católica y tradicionalista que inspira el ideario todo de VOX.

Un rasgo diferencial específicamente asociado a los conservadores españoles, el de su estrecho vínculo con los principios de la moral civil católica, que hace que el partido de Abascal se parezca mucho más a una agrupación de la derecha confesional alemana clásica, como la CSU de Baviera, por ejemplo, que a todas esas otras siglas de última hora que acaban de hacer irrupción como elefante en cacharrería en el tablero político de Occidente. Pues tampoco, en fin, la audaz heterodoxia obrerista y euroescéptica que define las nuevas señas de identidad económicas del Frente Nacional tras la defenestración del viejo Le Pen se percibe en rincón alguno de la propuesta de VOX. Al contrario, el liberalismo convencional que prescribe su economista de cabecera, Espinosa de los Monteros, prácticamente resulta indistinguible, al menos en su concepción filosófica, de la cosmovisión que puedan compartir ideólogos económicos del nuevo PP como Daniel Lacalle o Lasquetty. Unas propuestas programáticas, por lo demás, el grueso de cuyo contenido efectivo tampoco resultaría muy ajeno al pensamiento de Luis Garicano, su homólogo en Ciudadanos. Olvidad las modas de importación: VOX es algo tan castizo y español como la tortilla de patatas.

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