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¡Que nadie se mueva!

¿No tiene nada más que decir el señor Navarro?

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Caso contrario, se exponen a ser severamente castigados. Es más, si lo hacen en automóvil, serán víctimas del Apocalipsis del señor Navarro, inveterado director general de Tráfico –ocho años con Zapatero y desde julio de 2018 con Sánchez–.

Oyendo sus vaticinios y amenazas para los automovilistas, que pagamos impuestos por tener y usar un vehículo de tracción mecánica –transmisiones, matriculación, circulación, hidrocarburos…–, estoy obsesionado con mi inclinación delictiva y subsiguiente criminalización.

¿Realmente somos tan malos? Además, ¿somos los únicos malos? Somos perseguidos por tierra, aire... y no por mar porque normalmente no conducimos vehículos anfibios.

Cada día se nos anuncia un nuevo artilugio encargado de vigilarnos, unas veces con presencia advertida –algunos radares–, pero en otros a escondidas, camuflados tras matorrales, edificaciones, semáforos, puentes… Signos para vergüenza de propios y extraños.

Últimamente, junto a los radares tradicionales, han aparecido los drones, que nos vigilan en cualquier momento y lugar, amén de helicópteros que lo hacen desde el aire.

Ésta es sólo la primera parte del director general de Tráfico, digamos que su presentación. A partir de ahí, cualquier siniestro se sospechará producido por la grave imprudencia del conductor del automóvil –el criminal–.

¿No tiene nada más que decir el señor Navarro? Ha contemplado impertérrito cómo los ayuntamientos han mandado a inmolarse a miles de ciclistas y de patinetes eléctricos en la vorágine circulatoria de cualquier gran ciudad.

El discurso era totalmente convincente. Hay que ganar en salud sostenible, y eso implica renunciar al automóvil en favor de la bicicleta o el patinete. ¿No deberían haber construido el carril propio antes de mandar a sus usuarios?

Usar el coche oficial, con conductor, aísla de lugares y circunstancias en las que viven. Esta conducta, siendo legítima, es inadmisible en un director general de Tráfico, porque ahí está su banco de pruebas.

De hacer eso, habría comprobado, como los demás, que en España los peatones cruzan las calles por donde les viene en gana; últimamente, además, mandando mensajes con el móvil. Los pasos de peatones –aquellos que llamábamos de cebra– perdieron las rayas y carecen de iluminación.

Los ciclistas y los del patinete, con frecuencia les encontramos en sentido contrario o saltándose el semáforo en rojo; además de subir y bajar de la acera a la calzada según les plazca.

La siniestralidad en carretera no pasa de ser un dato. Basta una señal de curva peligrosa para que la Dirección General de Carreteras eluda cualquier responsabilidad, y la curva seguirá siendo peligrosa los próximos cincuenta años. Una advertencia vergonzosa es la de tramo de concentración de accidentes; también por días sin término.

Tampoco parecen preocupar al director general de Tráfico los múltiples tramos anunciados como firme o pavimento deslizante, lo que podría resolverse fácilmente; es cuestión de asfaltado.

De todo esto somos principales responsables los automovilistas, que provocamos accidentes graves y atropellos desconsiderados.

Y seguiremos igual, aunque más despacio.

En España

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