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MUJERES QUE CUENTAN CRÍMENES: ANNE PERRY (2)

Guerra, piedad, traición

Paladeando todavía el éxito de las novelas de los detectives Pitt y Monk, ambientadas en el Londres victoriano, Anne Perry ha acometido una saga nueva, que no es, en rigor, la típica serie policíaca, cada uno de cuyos libros tiene autonomía propia, empieza con uno o varios crímenes y termina o debería terminar con el descubrimiento del criminal y su muerte o puesta a disposición de la Justicia. En este caso, se trata de un vasto proyecto narrativo, al modo de los folletones del XIX, con el crimen de por medio pero sólo como una pieza más de la intriga.

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Sin embargo, no nos encontramos ante esa situación habitual entre los autores de serie negra, que cambian de personajes y hasta de nombre para abordar otros géneros o temáticas distintas de las habituales (Ruth Rendell firmando como Bárbara Vine ciertas novelas de misterio, por ejemplo), sino de una fórmula que le permite a la novelista profundizar en sus temas preferidos sin respetar demasiado las convenciones del género. No estamos, pues, ante otra Anne Perry distinta de la que conocemos, sino al contrario: ante la más genuina y profunda, la que brilla en el planteamiento de graves dilemas morales, del sentido del deber y de la lucha entre la obligación y los afectos, la que suele enhebrar con morosidad puntillista el desarrollo de los más escabrosos enigmas, tanto personales como familiares, sociales y políticos, a la luz inclemente de la ética. Individual, claro está, porque no hay otra.
 
Acaba de publicarse en español El peso del cielo (Ediciones B), segundo libro ambientado, como su predecesor: Las tumbas del mañana, en la Primera Guerra Mundial y cuyos protagonistas son los hermanos Reavley, huérfanos desde la primera novela y que en esta segunda siguen tratando de averiguar la identidad del Pacificador, un agente poderosísimo, inserto en la élite de poder británica, que trata de lograr la derrota de Inglaterra y la unificación de Europa bajo dominio alemán como un modo de evitar las guerras que inevitablemente producen los intereses contrapuestos y aviva el nacionalismo, la ambición de dominio, el afán de poder o todos ellos juntos y revueltos.
 
Barocelli: INFANTE INGLÉS EN LAS TRINCHERAS (I GUERRA MUNDIAL).Hay tres momentos esenciales en esta novela que, pese a girar en torno a una anécdota criminal, podríamos llamar "de ideas". En el primero, Perry describe la guerra en los términos que ya conocemos a través del personaje de Chester Latterly, ahora señora de Monk, y su estancia en Crimea junto a Florence Nightingale. A través de una narración morosa y detallista, asistimos a un ejercicio de piedad sin maniqueísmos, a una prueba excelente de lo que habitualmente encontramos en la novela negra escrita por mujeres: la compasión por las víctimas, la búsqueda de sentido a la muerte de los jóvenes, el valor del dolor como revelador de la terrible naturaleza del mundo real. El ambiente mefítico de las trincheras en los campos de Flandes, el barro, las ratas, el gas, el frío y la miseria material resulta más identificable que el paisaje bélico de Crimea, y su efecto en el lector es sin duda mayor. Pero en este caso también se nos describe con la misma pasión algo que no aparece en las narraciones antibélicas o antimilitaristas: los valores humanos que se desarrollan bajo condiciones extremas, es decir, el heroísmo, el patriotismo, el sacrificio por el compatriota, que es simplemente el próximo, el prójimo.
 
El segundo momento de flexión narrativa es de tipo existencial y religioso, y se desarrolla a través de Joseph, un clérigo anglicano y viudo que es quizás el personaje más atractivo de los hermanos Reavley aparte de Judith, la típica heroína de Anne Perry. ¿Cómo dar un sentido trascendente a la vida, cómo explicar el silencio de Dios ante el espectáculo de las vidas destruidas por cientos de miles o millones, al azar de la guerra? Nadie como un sacerdote para hacerse esas preguntas que a diario tiene que contestar a los vivos y a los que ante sus horrorizados ojos dejan de serlo, apenas consolados por quien no tiene más consuelo para su propia duda que el cumplimiento de su deber.
 
El tercer momento es quizás el más moderno, pero no tan sutilmente anacrónico como suelen serlo las reconstrucciones mentales e ideológicas de la era victoriana en las novelas de Anne Perry. Se trata del pacifismo como ideología contemporánea, algo que nace con la Primera Guerra Mundial y el régimen bolchevique que de ella viene, que se alarga en la Inglaterra del Círculo de Cambridge reclutado por Orlov para Stalin y que, pasando por España y Vietnam, llega hasta el antiamericanismo de la actualidad. Pero todo empezó en esas trincheras de Flandes en las que naufragó toda una civilización, toda una Europa. Y es admirable que una escritora de éxito dedique lo mejor de su talento a contar esa variante de la novela negra que es el crimen contra la humanidad. Y pocos criminales más eficaces en el último siglo que los llamados pacifistas. Buen libro.
 
 
Anne Perry, El peso del cielo, Barcelona, Ediciones B, 2005, 320 páginas.
 
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