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En manos del destino

Me temo que el PP de este tiempo ya no depende de las ocurrencias Arriola sino de las predicciones de Aramis Fuster.

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Si me lo han contado bien, los dos tragos más amargos de la resaca postelectoral fueron las dos conversaciones que Rajoy mantuvo con Cospedal. Hasta ese momento había aguantado el tipo sin mover un músculo de la cara. La noche del día 24 la pantalla de su ordenador reflejaba una derrota más dura de la esperada pero él no musitó ninguna exclamación eucarística en el hombro de nadie. Estuvo mucho tiempo solo. Sin puro en la comisura de los labios. A los más audaces de su círculo íntimo, a unos pocos de viva voz y a otros a través del teléfono, les respondió lo mismo cuando se atrevieron a preguntárselo.

–¿Cómo lo ves?
–Ha ido un poco peor de lo que suponíamos pero no hay nada que no podamos arreglar antes de las generales. Con esto ya ha pasado lo peor.

Se fue a dormir tarde, con las espinas de Madrid y Castilla-La Mancha clavadas en el semblante taciturno que impone en su ánimo la herencia telúrica de la fe en la predestinación. Al día siguiente mantuvo el tipo y el discurso. En la reunión del Comité Ejecutivo vio que los ánimos estaban caldeados pero abortó la catarsis antes de que prendiera en los discursos. Algunos barones volvieron a guardar en el bolsillo de la chaqueta las notas manuscritas que llevaban preparadas. La consigna era minimizar los daños, apretar los dientes y mirar al futuro sin abatimiento. Los presentes la acogieron sin aplausos. Y sin disciplina. Fuera de la sala, a las pocas horas, Aragón, Valencia y Baleares pidieron congresos extraordinarios. Rajoy montó en cólera. Había dicho ante la prensa que no estaba incómodo con los resultados electorales y que descartaba cambios en el partido y en el Gobierno. Horas más tarde Juan Vicente Herrera le pidió que se mirara en el espejo. La respuesta, en privado, no fue precisamente mansa:

–A mí nadie me dice lo que tengo que hacer desde una emisora de radio o las páginas de un periódico.

El tiempo se galvanizó ante los recuerdos y por un minuto regresó a la resaca de su segunda derrota electoral. El Mundo y la Cope se apresuraron a pedir su dimisión. Y tal vez lo hubiera hecho si el clamor no hubiera sido tan fuerte. Pero en esas condiciones, no. Obligado por la prensa, no. Pedro J. y Federico no podían dictarle lo que tenía que hacer. Así que se quedó agazapado en el palomar de Génova hasta que cuatro años después vino a rescatarle de su refugio la segunda mayoría absoluta más apabullante de la democracia. Aquella experiencia fue una lección de poder que acabó por convencerle de que el destino, trágico o glorioso, sigue un curso inalterable que no entiende de ingenierías humanas.

Ahora se repite la misma historia, con la única diferencia de que el clamor del cambio no procede de la prensa –páramo pastueño abonado con monclodólares–, sino de las entrañas del partido. En ese contexto se produjo la primera conversación entre Rajoy y Cospedal, dos días después del desastre. Rajoy le dijo que no toleraría la deslealtad. Porque se trataba precisamente de eso. "Este es el momento de las lealtades irracionales –vino a explicarle el presidente del Gobierno– y no admitiré que nadie se salte el guión. No es hora de cambios. El jaleo interno no nos conviene. El espectáculo, que lo den otros. Si hay un movimiento anti PP y los socialistas, con tal de quitarnos de en medio, venden su alma al diablo de la coleta, la gente sabrá sacar las conclusiones adecuadas. El voto a Ciudadanos no ha servido para frenar a la izquierda. Al revés. El PSOE necesitará su apoyo para gobernar en varias capitales. Los españoles no son tontos y tomarán nota de todo eso". Pero la secretaria general, doblemente amortajada en su condición de cancerbera del partido y de presidenta regional, no estaba para discursos contemplativos. Por primera vez en mucho tiempo, según cuentan las gárgolas de Génova, hizo un diagnóstico desgarrador de la situación que les había llevado a la derrota. Habló de la falta de coordinación con el Gobierno, de su mala relación con Soraya, del peso demoledor de las siglas y de la ausencia de una verdadera política de comunicación en Moncloa. Pero aún hubo más. Habló de dimitir, de quitarse de en medio, de asumir la derrota y de dejarle las manos libres para extender el revocado de fachada, que ella también consideraba necesario, hasta la cúpula del edificio. Rajoy la escuchó atónito. No esperaba algo así. Jamás la había visto tan abatida. Pidió tiempo para pensar, accedió a mover algunas piezas del organigrama y solicitó para ella palabras de apoyo a las personas de la orilla del ninguneo.

En la segunda conversación las cosas no fueron mucho mejor. Cospedal, de acuerdo a las instrucciones recibidas, había puesto sordina a los cabreos territoriales de Aragón, Baleares, Valencia y Castilla-León. Ya sólo el aguirrismo campaba a sus anchas. Pero ni siquiera la satisfacción del deber cumplido le hizo cambiar de opinión. Seguía creyendo que su ciclo había terminado. Se resistió a dar el salto al Gobierno que le ofreció Rajoy y volvió a pedir señales de cambio. Rajoy, sin embargo, no estaba dispuesto a llegar tan lejos. Cuando había dicho que no toleraría que el guión de lo que tenía que hacer se lo escribieran otros creía haberlo dejado bien claro. Daba igual que el concepto otros incluyera a barones díscolos que a duquesas abatidas. La apuesta por el enroque a la espera de tiempos mejores no era negociable. Y no lo fue.

El resultado salta a la vista. Si la demanda era más demanda de otras cosas y menos de Rajoy –sinónimo de inacción, desviación programática, lejanía y déficits parecidos–, la solución ha sido toma dos tazas. ¿Un nuevo coordinador en Génova? Sí, Rajoy. ¿Un nuevo portavoz del Gobierno? Sí, Rajoy. ¿Un nuevo jefe de campaña? Sí, su alter ego. Y como puntales de la secretaria general que se viene abajo, los alter ego de su alter ego. Todos al búnker a aguardar que el destino descubra sus cartas. Me temo que el PP de este tiempo ya no depende de las ocurrencias Arriola sino de las predicciones de Aramis Fuster.

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