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Pablo Molina

Cuando Rubalcaba es la renovación

Zapatero les ha elegido a todos ellos no precisamente para la gloria, sino para administrar la hecatombe que heredan de sus antecesores.

Pablo Molina
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Gran tipo, este Alfredo Pérez Rubalcaba, perejil de todas las salsas y co-protagonista de los acontecimientos políticos más bizarros a que ha debido enfrentarse con gran bochorno la sociedad española, desde el GAL hasta el Faisán, pasando por el 11-M. Superviviente nato, tuvo la habilidad de salir del fárrago del felipismo sin tener que lamentar daños de importancia, cosa que no se presentaba a priori nada fácil en un tiempo en que los escándalos de todo tipo salpicaban a diario al gobierno del que era portavoz. Oiga, pues ni un arañazo, cosa que pueden decir muy pocos compañeros suyos de la época en que el PSOE jugaba a la gallinita ciega a las puertas de Alcalá Meco.

Zapatero asegura que su nuevo Ejecutivo forma un gabinete "renovado" (sic), y para demostrarlo no sólo mantiene a Rubalcaba sino que lo convierte en el personaje de mayor peso político del Consejo de Ministros. Se conoce que la negociación final con la ETA no está nada clara y en el terreno de la incertidumbre es donde con más brillantez se desenvuelve D. Alfredo, pues recursos para ello no le faltan.

Y para confirmar este aire fresco que Zapatero ha querido insuflar a su equipo de ministros, y probablemente para que un bisoño Rubalcaba no se sienta sólo, aquí tenemos también al gestor de las cooperativas de viviendas de la UGT en la época de la PSV, al vicelehendakari vasco en los años ochenta, a una comunista irredenta que encontró en la casa común un cargo público a la altura de sus merecimientos y a la última gran promesa del socialismo, la "señorita Trini", felipista de pro y recién recuperada de un batacazo en las primarias madrileñas como para haberse quedado en el sitio políticamente hablando.

Zapatero les ha elegido a todos ellos no precisamente para la gloria, sino para administrar la hecatombe que heredan de sus antecesores, evitando que la figura del presidente acabe disolviéndose en el ácido del desprecio colectivo de una sociedad que ya no lo soporta. Un ramillete de auténticos triunfadores, estos miembros y miembras, a los que sólo les falta una alfombra roja para desfilar bajo una lluvia de flashes el día de su toma de posesión, saludando al respetable con la mejor de sus sonrisas y firmando algún que otro autógrafo. ¿No es una pena que no permitan la presencia del público?

Colaborador de Libertad Digital.

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