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Pablo Planas

Puigdemont y las órdenes de la Virgen

Lo que más preocupa a Puigdemont y compañía es que cante Germà Gordó, el exgerente y exconsejero de Justicia.

Pablo Planas
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Lo que más preocupa a Puigdemont y compañía es que cante Germà Gordó, el exgerente y exconsejero de Justicia.
Carles Puigdemont | EFE

Uno de los detalles que la historiografía catalanista tiende a pasar por alto es que el conseller en cap Rafael Casanova murió en la cama en 1743, casi treinta años después de la caída de Barcelona en la Guerra de Sucesión. Así es que, lejos de luchar hasta la última bala y aliento en la jornada del 11 de septiembre de 1714, Casanova recibió un tiro en la pierna y a las pocas horas comenzaban las negociaciones para rendir la ciudad. La manipulación nacionalista no sólo consiste en la burda sustitución del término sucesión por el de secesión, sino que forja el mito de que un enloquecido Casanova no era el irresponsable supersticioso que decía recibir órdenes directas de una imagen de la Virgen de la Merced que tenía en su despacho, sino un héroe y un ejemplo de patriotismo.

Miles de personas murieron por culpa de su fanática obstinación y criminal conducta, pero él, tras una ligera convalecencia, volvió a lo suyo, el ejercicio de la abogacía, tan tranquilo y desahogado. A fin de cuentas, sólo había hecho caso a la Virgen. Este deleznable personaje es el santo patrón de los presidentes de la Generalidad, aunque las hagiografías obvian el milagro de su impunidad, contenido en el acta de capitulación por la que el Duque de Berwick concedía

que cada uno podrá vivir en su casa como antes, sin que por lo pasado se le haga ningún proceso de lo que ha hecho contra el Rey, quedando cada uno en posesión de todos los bienes que gozaba.

Se entiende que los presidentes de la Generalidad se encomienden a Casanova. Puigdemont, por ejemplo, actúa en la confianza de que el referéndum, se haga o no, no le saldrá mucho más caro que a Mas, un par de años de inhabilitación que pasan volando y que en Cataluña es lo que dura de media una legislatura.

Puigdemont considera que la intentona de ahora no debería tener mayores consecuencias que la del 9-N de 2014. Además, ya no puede dar marcha atrás. No consta que tenga vírgenes en el despacho, pero ha comprometido su palabra. Su antecesor tenía un timón que decía que era de su abuelo y al que otorgaba una potente carga espiritual. La Generalidad y sus fantasmas. Ahí hay tema hasta para Iker Jiménez.

Además, quienes se la juegan en realidad son los funcionarios, carne de cañón para el proceso, y a quien afecta es a los ciudadanos de a pie. Es como lo de Casanova y los soldados de la Coronela.

Lo que más preocupa a Puigdemont y compañía es que cante Germà Gordó, el exgerente y exconsejero de Justicia, al que se propone investigar con más bien poco entusiasmo el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña (TSJC). Y más aún ese movimiento de la Fiscalía en el Tribunal de Cuentas por el que los cuatro fantasticos del 9-N (el capitán Mas, Homs, Ortega y Rigau) podrían acabar debiendo de sus bolsillos los cinco millones que se gastaron en ordenadores, urnas y papeletas para celebrar aquella farsa. Están que se suben por las paredes de los nervios. Pues que sepan que, contra lo que se decía en la capitulación, a Casanova le embargaron la casa.

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