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Pedro de Tena

Doble rasero: tiempo de mafias

El doble rasero es un modo de arrasar la inteligencia, la sensibilidad y la voluntad de un demócrata.

Pedro de Tena
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Será doble, pero reduce el cerebro del incauto demócrata a la mitad o a menos. Rasar, esa operación que consiste en medir con idéntico afán y procedimiento cualquier grupo de cosas y hechos, también puede significar, no se olvide, arrasar. Y así es. El doble rasero es un modo de arrasar la inteligencia, la sensibilidad y la voluntad de un demócrata. Se trata de medir un mismo comportamiento con balanzas distintas.

Pongamos un ejemplo: expresar condolencia ante la muerte de un etarra con vocación de asesino, pero manifestar indolencia ante las muertes de sus víctimas. Las muertes son iguales para todos. Doble rasero: las de ETA se lamentan, las de sus víctimas se silencian, un modo miserable de despreciarlas y desmerecerlas. Se habla de los derechos humanos de los presos etarras, pero de los de sus víctimas asesinadas ni palabra. Y así en todo, hasta en el feminismo, la homosexualidad, lo que sea. Aquí, en la infame España, causas sublimes. Pero de lo que se hizo en Cuba o se hace en Irán, ni palabra.

La aplicación del doble rasero en política es el síntoma inequívoco del sectarismo y el deseo de exterminio del adversario por el medio que sea. Se trata de que en una sociedad, pongamos por caso la española y constitucional, no haya valores ni criterios firmes aplicables a todos por igual. Se trata de mirar a través del cristal conveniente, no para ver realidades sino para ser infectados por una realidad ya interpretada. Dicho más directamente, se trata de arremeter contra la igualdad ante la ley y la decencia ante la inteligencia y la verdad. Se trata del método más eficaz para acabar con la democracia. Parafraseando, sin deformarlo, a Federico Jiménez Losantos, a la izquierda se le perdona lo que se reprocha a todos los demás.

Véase el caso actual de Podemos y su enjuiciamiento como partido con escándalos de todo tipo, machismos insoportables y financiaciones irregulares. Pero no. Nada de investigación parlamentaria. Ese espectáculo político-mediático se reserva sólo para el PP, que es un partido perverso e inmoral de por sí mientras que Podemos y su cúpula son proyectados como víctimas de conspiraciones. Eso de que quien la hace la paga no vale para todos. O Vox, que es calificado de partido extremista aunque los que golpean a sus militantes son izquierdistas. O naciones sólo hay dos, Cataluña y País Vasco, porque España no es más que un invento opresor, diga lo que diga la historia. Es más, defender la nación catalana o la vasca es democrático, pero defender la española es reaccionario y dictatorial.

Ignacio Gómez de Liaño escribió que “e
l doble rasero es para el niño, y debería serlo también para el adulto, la imagen viva de la injusticia y la irracionalidad”, añadiendo que es un comportamiento frecuente en los nacionalismos y los izquierdismos, tipos ambos de un narcisismo intelectual y moral sencillamente ridículos.

La democracia es igualdad ante la ley y ante el futuro mediante el voto individual, en la suposición de que los ciudadanos tienen acceso a la verdad rasada, no arrasada, de las cosas. ¿Es posible un voto libre donde triunfa el doble rasero sobre el examen racional y equilibrado de los hechos?

Un asesinato debe ser un asesinato, lo perpetre quien lo perpetre. Pero no, hay asesinos buenos que mataron por causas nobles, los etarras por ejemplo, y asesinos malos que mataron por maldad. Sobre todo, Franco, claro y cómo no, que dio un golpe de Estado en 1936, dos años después del silenciado golpe de Estado socialcomunista y nacionalista de 1934. La II República murió porque sus pocos demócratas no pudieron impedir el insoportable hedor del doble rasero.

Ese doble rasero, repicado hoy en escuelas, universidades, prensa, TV, redes sociales y demás medios de influencia es un crimen intencionado contra la democracia. La mata por confusión. La mata por perversión. La mata por desmoralización. No se sabe qué es moral y qué no. Mejor dicho, sólo es moral lo que dicen y hacen los nuestros. No hay nada objetivo y común.

Vivimos, pues, tiempos de mafias, de sectas, de tribus, de señores feudales ideológicos. Y tales entes son incompatibles con el desarrollo democrático de una nación y un Estado de Derecho, que es lo que se quiere, claro.

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