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Pedro de Tena

Jueces de la democracia

En España ha habido y hay jueces de la democracia, jueces que han cumplido fielmente su misión constitucional, como Mercedes Alaya.

Pedro de Tena
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Tienen fama, y no siempre buena, los jueces que se consideran para la democracia. Recuerden el caso Marta del Castillo y una sentencia amargamente memorable porque el Supremo tuvo que reñir a sus firmantes, pues ni siquiera encajaban los hechos y los tiempos. Sin embargo, en España ha habido y hay jueces de la democracia, jueces que han cumplido fielmente su misión constitucional y han instruido con toda lealtad a la ciudadanía española casos de tremendo impacto político sin dejarse impresionar por las amenazas o las insidias del poder. Hay muchos jueces de la democracia en España, la mayoría absortos en su abrumador trabajo cotidiano y sin tiempo ni ganas para ser estrellas en los medios de comunicación. Pero como la moda antidemocrática de presionar, criticar o tratar de corromper u orillar a jueces sigue vigente en la sociedad española –la juez Alaya es el último gran ejemplo, aunque no el único–, voy a recordar hoy a un juez de la democracia que siguió su camino hasta el final y al que he aludido, de pasada, en alguna ocasión anterior. Me refiero a Ángel Márquez, al juez sevillano don Ángel Márquez, instructor del caso Guerra.

Se atribuye a Isaac Newton esta famosa frase: "Si he logrado ver más lejos, ha sido porque he subido a hombros de gigantes". Justo es decir que sobre los hombros de Ángel Márquez, un pequeño bigotito aparentemente inofensivo sobre una toga, se asienta hoy el ejemplo de la juez Mercedes Alaya. Hagan los más jóvenes un esfuerzo por imaginar el marco político de aquella instrucción sobre las andanzas de Juan Guerra, hermanísimo del entonces todopoderoso vicepresidente del Gobierno socialista, Alfonso Guerra. Gobernaba Felipe González con una nueva mayoría absoluta, aunque tocado por una huelga general inesperada, un caso GAL que coleaba y una creciente sensación de corrupción generalizada. En una Sevilla y una Andalucía dominadas hasta el tuétano por un PSOE controlado ya por Manuel Chaves, recién llegado por orden de su amigo Felipe al campo sin vallar de Arfonso dales caña, el guerrismo, cada vez más una secta dentro del aparato socialista, se veía amenazado, y con razón, por el malo de verdad de la película, que era, en efecto, Felipe González.

Me referiré sólo a un acontecimiento deslumbrante por su claridad y su rectitud. El acoso al juez Márquez, como a Marino Barbero, instructor del caso Filesa, fue imponente, legendario, brutal. Uno de aquellos episodios nacionales de asedio fue de tamaño súper XL, memorable. El plumilla que firma este artículo, sufridor del destino de investigar el caso Guerra, fue informado de que el catedrático prosocialista Horacio Oliva había intentado que el juez Márquez declarara secreto el sumario para evitar las filtraciones. A cambio, le ofreció con permiso del PSOE un puesto en el Consejo General del Poder Judicial y algún otro favor. Con mi entonces compañero y amigo Juan Carlos Escudier, decidimos que yo debíar ir a ver al juez Márquez a su despacho una vez confirmada absolutamente la veracidad del intento de soborno. Recuerdo perfectamente los ojos de Ángel Márquez cuando me miró tras espetarle sin otro miramiento: "Don Ángel, quiero saber si usted va a desmentirnos si publicamos que ha sido objeto de esta oferta por parte de Horacio Oliva". Naturalmente, le expliqué que un desmentido suyo significaría el fin de nuestra carrera periodística y el hundimiento personal y familiar. Aquel bigote acicalado y coquetón guardó silencio durante unos segundos y luego, bajo él, oí las siguientes palabras: "No voy a desmentirlo".

Al día siguiente salía la noticia de este modo en el entonces nuestro periódico: "Horacio Oliva ofreció al juez Márquez un puesto en el Consejo General del Poder Judicial en nombre del PSOE". En la portada, el titular, a cuatro columnas (a lo mejor fueron cinco en alguna edición), fue: "El PSOE ofrece un puesto en el Consejo General de Poder Judicial al juez del caso Guerra, Ángel Márquez".

Al día siguiente recibí una llamada de la Fiscalía advirtiéndome de que por fin me habían cogido y de que lo que habíamos publicado era constitutivo de delito. A las dos o tres horas volví a recibir una llamada de la Fiscalía, en la que se subrayaba, "Tate, que el juez no ha desmentido", y que, por tanto, la situación era muy otra. Y en efecto, aquel juez, pequeño, amostachado sin exceso y presionado como pocos en España, no desmintió entonces ni nunca lo que era una verdad como una catedral. Para el próximo libro de memorias de Alfonso Guerra, le diré que la fuente que me susurró el intento de corromper al juez Márquez era felipista, pero no digo ni diré su nombre.

Ahora que la juez Alaya sufre también el acoso de la maquinaria socialista, como otros jueces sufren el hostigamiento de otros engranajes políticos y sindicales, bueno es recordar cómo también los jueces pueden ver más lejos si se suben a hombros de gigantes, de estos sus compañeros, de auténticos jueces de la democracia que han ejercido su misión constitucional con profesionalidad, valor y sentido de su deber hacia los ciudadanos.

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