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Pedro de Tena

Los locos de la nave nacional

La nave de estos locos va pero nadie sabe a dónde.

La nave de estos locos va pero nadie sabe a dónde.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. | EFE

Meditando y meditando he llegado a la conclusión provisional, que puede empeorar adecuadamente, de que este Gobierno es, más que cualquier otra cosa, un manicomio. Ya sé que a este Gobierno hay quien lo considera un enjambre de mentirosos. Hay otros que lo califican como una banda de inescrupulosos. Incluso hay quien lo caracteriza como el peor Gobierno de toda la historia de la reciente democracia española. Es más, hay socialistas que lo intuyeron como un Gobierno antiespañol e intentaron impedir la llegada al poder de Pedro Sánchez. Seguramente recordarán ustedes a Susana Díaz y al golpe de partido que lo defenestró hace años, aunque finalmente no sirvió de nada.

Adjetivaba Ferdinand Braudel de "locura española" a la intuitiva y esencial guerra que España encabezó contra los turcos y que fue cantada por muchos, entre ellos Chesterton, como una hazaña que salvó probablemente a Europa y a su civilización cristiana. Pero aquella locura fue una locura para salvarse a sí misma salvando a la Europa renacida. Es decir, si lo fue, fue una locura metafórica que tenía los pies bien en el suelo y que ni siquiera tuvo en mente un ejercicio de autodestrucción. Pero lo que estamos viendo hoy en el Gobierno de España es otra cosa.

No estoy hablando de locura en el sentido psiquiátrico más académico, no. Estoy hablando de locura en su sentido popular. En román paladino, estar loco es estar como una cabra jarta de papeles en un garaje cerrado, se dice por la tierra andaluza. O sea, un loco así es alguien que ha perdido el norte y los demás puntos cardinales y que no tiene ni idea de quién es, dónde está y qué consecuencias tiene lo que hace o no hace para los españoles.

No viene de ahora. Ya cuando se formó un Gobierno monstruoso de gente que aún cree algo en España, adjuntado a otros que no quieren a España y que la odian, pudieron verse los primeros síntomas de que hay locos a los que no les importa nada porque se creen cuerdos y en posesión de la máxima lucidez del universo. Ya en pleno coronavirus, recuerden, nos contaron la batallita del comité de expertos que nunca existió creyendo que las verdades nunca salen a la luz. No digamos nada de las mascarillas, esas que no servían para nada y que luego fueron la tabla de salvación de millones de personas, según ellos mismos.

La locura comenzó a hacerse manifiesta con numerosos episodios. Recordemos, por ejemplo, la entrada ilegal del presunto terrorista Brahim Ghali por Zaragoza, causando un daño a la imagen internacional de España y una venganza sultaníaca que casi aterroriza Ceuta y Melilla. La cosa llegó a mayores cuando a este episodio delirante siguió la decisión del patrón de la nave de estos locos de cambiar por su cuenta y riesgo la política tradicional española sobre el Sáhara, dando pie a otra venganza, la argelina, con olor a gas y a ruina. De lo del cambio de sexo a los 12 años sin padre ni madre ni perrito que les ladre ni hablamos. Ni de otras cosas, como lo de la presencia de proetarras y golpistas en el secreto de los secretos oficiales.

Pero cuando ha cristalizado la convicción de que estamos gobernados por una pandilla de majaretas que se creen más listos que Lepe (un lepero que le ganó el reino de Inglaterra a Enrique VII en una partida de cartas) ha sido cuando hemos visto a la ministra de Trabajo manifestándose con los burócratas sindicalistas contra la política de su propio Gobierno y hemos certificado que este Gobierno reconoce haber sido espiado por sí mismo (o por otros, que puede ser peor). Esto es locura de atar. La nave de estos locos va pero nadie sabe a dónde. Ni pies ni cabeza, ni sentido y ya ni siquiera sensación de ridículo ni sensibilidad ante su propio naufragio mental.

En este manicomio gubernamental, ya sólo falta que Pedro Sánchez jure que Napoleón es él, cuando todos los españoles saben que Napoleón soy yo.

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