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Los santos, no inocentes, del separatismo catalán

Nadie ha hecho tanto por el patriotismo español como Torra, Puigdemont y compañía.

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Muchos de nosotros hemos preferido ceder a la indignación, incluso al desconsuelo, ante la amenaza separatista catalana. Los andaluces, casi todos hemos escuchado alguna vez la marcha funeral Amarguras en Semana Santa, celebramos el centenario de esta obra musical del sevillano Manuel Font de Antas. No es una marcha procesional cualquiera, no sólo por la belleza y elegancia de su composición, sino porque, en efecto, desata las amarguras más hondas en cofrades y descreídos. Tanto es así que incluso sonó en el funeral del anarquista Buenaventura Durruti (noviembre de 1936), como recordaron Eva Díaz Pérez y José María Rondón en 2014, tras haberse mencionado en las Crónicas del siglo XX, tomo I, de Nicolás Salas, ya en 1991. Fíjense lo que son las cosas del destino que tanto Durruti como el compositor de Amarguras murieron el mismo día, 20 de noviembre, como otros españoles famosos. A Font lo fusilaron las milicias republicanas y a Durruti lo mató una bala en extrañas circunstancias, tal vez accidentalmente, según aporta Federico Jiménez Losantos en su libro sobre el comunismo.

Dado que en esta campaña electoral de abril sonará Amarguras por las calles de media España, bueno será que digamos que, tras una meditación serena, los separatistas catalanes, Torra, Puigdemont, Junqueras e incluso Pujol, no deberían causarnos tribulación alguna, porque si España fuese una iglesia serían santos. Sí, sí. San Quim, san Carles, san Oriol y san Jordi. Nadie en nuestra historia ha hecho tanto por la nación española y por el patriotismo como estos piadosos elementos. Si de buenas intenciones está empedrado el camino que conduce al infierno, alguna vez tenía que ocurrir que los malos propósitos confluyeran en algún bien. Y eso es lo que ha ocurrido en la reciente historia de España. Estos santos deberían causarnos alegría y gozo profundos, que no amargura. Gracias a ellos, y a pesar de su deseo de destruirla, España es más fuerte y el patriotismo renace.

Como para la santidad se exigen algunos milagros, cada vez menos desde 1983, mencionaré algunos, para no dejar dudas. El primero de ellos, el prodigio de la manifestación de los patriotas españoles de Cataluña en octubre de 2017. Nada menos que un millón, señal de que España no había muerto en Cataluña y de que el independentismo no era tan mayoritario como muchos habían creído.

El segundo, el portento de evidenciar sin límites la cobardía, la mediocridad, la corrupción y la estupidez de sus cabecillas. Y por televisión. Inenarrables las raterías de los Pujol; insuperable la fuga del cobarde Puigdemont y otras dos, ésas, valientes; sublimes la doblez de la Forcadell y, permítanme, su abuelez inclusa; espectacular el plan de Trampero, perdón, Trapero, para detener a la cúpula del Gobierno separatista, jaja; sublimes y excelsas las oraciones de Junqueras en la cárcel y lo de los lacitos de Torra, sencillamente fabuloso. Su ejemplaridad tiene tan pocos límites que los jóvenes catalanes, si no han desistido todavía de tamaños héroes, es porque digerir todo este bolo lleva tiempo.

Tercera manifestación de su santidad: habernos descubierto a todos, incluso a Susana Díaz, quién es verdaderamente Pedro Sánchez, un tipo incalificable. No hay adjetivo en el diccionario que unifique los derivados de mentira, satrapía, felonía e indiferencia a la ética democrática más elemental, al espíritu de la Transición e incluso a los sentimientos de los afiliados de su propio partido, que lleva la E de "español" en la denominación. Tanto es así que, en un fenómeno extraordinario colateral, ha conseguido que hasta el propio Alfonso Guerra se apunte al patriotismo, aunque sea el constitucional. Milagroso.

O sea, que nada de amarguras. Gracias a estos santos, nada inocentes, ha despertado el patriotismo español, que no nacionalismo, como bien distingue mi admirado José María Marco. Larga vida a estos venerables separatistas que, con un poco más de tiempo y dedicación, contribuirán como nadie nunca al fin del independentismo y al renacimiento saludable y enérgico de la Cataluña española y de la propia España. Dicho esto, he de añadir que su asombrosa hazaña en nuestro favor se merece un reconocimiento. Propongo que a las puertas de sus cárceles alguna banda andaluza les interprete a todo volumen la marcha Amarguras. Se lo merecen.

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