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Santiago Navajas

Maradona, el mejor canchero de la Historia

Hablaba de sí mismo en tercera persona. No era una señal de narcisismo ni una muestra de endiosamiento, sino la constatación de que era el más grande.

Santiago Navajas
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Hablaba de sí mismo en tercera persona. No era una señal de narcisismo ni una muestra de endiosamiento, sino la constatación de que era el más grande.
Diego Armando Maradona. | Pinterest

En El último baile, un reciente documental sobre su vida, Michael Jordan aparece retratado como un un deportista despiadado. Era capaz de agredir y acosar a sus propios compañeros –incitándolos a jugar más fuerte, más rápido, más alto–, intimidados ante la voracidad ganadora de Jordan, al que si hubiese que comparar con un animal sería con un tiburón blanco. Otros grandes de la NBA, como Magic Johnson, son simpáticos y amables. Otros, como Lebron James, se caracterizan además por ser defensores públicos de causas sociales. Jordan, no. Jordan vivía únicamente para ganar al baloncesto.

Como deportista negro sólo puede hacerle sombra en EEUU Cassius Clay/Mohamed Alí. Arrogante y bocazas, Alí insultaba a sus adversarios hasta el ridículo y más allá. Ardiente defensor de la causa de su raza en su país, no le importaba dedicar epítetos racistas a sus contrincantes negros, como cuando llamó “gorila” y “Tío Tom” a Joe Frazier. Devastador dentro del ring y subversivo fuera de las cuerdas, Alí era lo más parecido a una orca negra asesina que se ha paseado por el cuadrilátero y fuera de él.

Maradona pertenece a la estirpe de Jordan y Alí. Un lobo estepario que guiando a su manada era capaz de enfrentar osos (véase el Mundial del 86, Nápoles). Aunque jugó en los estadios más grandes del mundo, en su cabeza nunca salió de las canchas callejeras de Buenos Aires, en las que se enfrentaba desde su infancia a jugadores más grandes y más fuertes que suplían su inferioridad técnica con una sobredosis de violencia. Maradona, como Jordan y como Alí, era un sobreviviente nato. El término canchero está en el DLE pero como un americanismo (proveniente del quechua kancha, corral o patio). Pero la RAE se caracteriza por su lentitud y, a pesar de que hay entre sus filas futboleros como Javier Marías, no ha recogido que, gracias sobre todo a Maradona, es ya una palabra de uso común también en España para designar al jugador que no sólo es habilidoso sino que se las sabe todas para sobrevivir en un terreno plagado de patadas, trapacerías e insultos.

El canchero es el jugador que hace de la necesidad virtud, aprovechándose de los detalles, bailando en el alambre que separa lo legal de la trampa y leyendo el juego con la astucia de un Maquiavelo, la sagacidad de un Sun Tzu y la determinación de un Vito Corleone. Como nuestro Maradona, que hablaba de sí mismo en tercera persona. Y no era una señal de narcisismo ni una muestra de endiosamiento, sino la simple constatación de que él era el más grande. Defendía Aristóteles al magnánimo, a aquel que

parece ser el hombre que se siente digno de las cosas más grandes, y lo es en efecto; porque el que tiene esta alta estimación de sí mismo sin merecerla es un insensato; y un corazón conforme a la virtud no es insensato ni irracional.

Maradona era un hombre pequeño de altura que no era ni bello como Figo, ni elegante como Zidane ni bien hecho como Lewandowski. Ni falta que le hacía. Tampoco un modelo de perspicacia política ni un buen candidato a protagonizar un anuncio contra las drogas o contra la violencia doméstica. En un tiempo como este, de almas pequeñas que se ofenden por todo, los que como Jordan, Alí y Maradona muestran que reconocen sin tapujos lo que valen son odiados porque son grandes, saben que son grandes y no temen decir, sin falsa modestia e hipócrita postureo, que son grandes. El término medio de Aristóteles no consiste en la mediocridad sino en esta magnanimidad de reconocer el propio valor y proclamarlo con orgullo y desparpajo a los cuatros vientos.

Con la obsesión por lo más profundo de la red de Cristiano Ronaldo, aunque sin su profesionalidad olímpica, y la técnica suprema de Lionel Messi, pero sin haber tenido nunca un equipo a la altura del Barcelona de Guardiola, Maradona ha sido el mejor futbolista contemporáneo. Si se jugase un partido de fútbol en un campo de concentración de la Alemania nazi entre unos prisioneros aliados contra un equipo del ejercito teutón, como el que planteaba John Huston en la épica y divertida Evasión o victoria, todo el mundo quisiera contar a su lado, además de con Sylvester Stallone y Michael Caine, con Diego Armando Maradona, porque se sabe que en ese partido se va a intentar ganar por las buenas o por las malas. Y aunque el premio de la victoria sea un tiro en la nunca, un tipo como Maradona va a jugar con la determinación del que opina que es mejor estar muerto que ser derrotado. Ha fallecido el mejor canchero de la historia, pero su memoria triunfará siempre.

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