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Tomás Cuesta

Su moral y la nuestra

El terror blanco era inmoral hasta la médula. El terror rojo, sin embargo, era moralmente inocuo, un episodio irrelevante para alcanzar el Bien Supremo.

Tomás Cuesta
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El terror blanco era inmoral hasta la médula. El terror rojo, sin embargo, era moralmente inocuo, un episodio irrelevante para alcanzar el Bien Supremo.
Un ciudadano griego quema una bandera de la UE el jueves de la semana pasada | EFE

En Su moral y la nuestra, un texto tan vistoso como la mayoría de los suyos, tan brillante en las formas como sombrío en sus propuestas, el camarada Trotsky sostiene que es moral todo aquello que ayuda a que la revolución prospere, e inmoral cualquier acto que la embarace o la bloquee. Asaltar el poder -en nombre, por supuesto, de la famélica legión y los desheredados de la tierra- es un objetivo que está exento de someterse a los dictámenes de los imperativos éticos y que permite saltarse a la torera las bardas que separan los fines de los medios. De ahí que la moral -"su moral", obviamente- emplee una lengua bífida para justificar, o ajusticiar, a cuenta del contexto. El terror blanco, por ejemplo, era inmoral hasta la médula. El terror rojo, sin embargo, era moralmente inocuo, un episodio irrelevante en un proceso en que la Historia se había conjurado para alcanzar el Bien Supremo.

Semejante casuística, decía Octavio Paz, un hombre que, de joven, reverenciaba al gran hereje, viene a ser casi un calco (pongamos un mal calco para que nadie se subleve) de la que postulaban los padres jesuitas a la hora de embridar lo celestial y lo terreno. Al cabo, nada nuevo. El hecho de servirse, Ad maiorem Dei gloriam, de una moralidad de conveniencia fue un vicio que Pascal denunció sin ambages, sin escatimar el genio y también, por desgracia, sin demasiado éxito. ¿Qué hubiera pensado hoy el agavillador de pensamientos al encontrarse con Francisco en la Silla de Pedro? Dejémoslo correr porque el interrogante ofende y, en lugar abismarnos en jesuíticos enhebres, démonos un garbeo por las calles de Atenas con el camarada Trotsky ejerciendo de intérprete.

Según lo que proclama esa atorrante turbamulta de corifeos extasiados con el no de los griegos, el referendo dominguero fue una lección moral que hasta el mismísimo Aristóteles -modelo de centrista avant la lettre- habría rubricado de la cruz a la fecha. ¿Es posible que alguien que definió la indignación como un ejemplo de virtuoso justo medio, equidistante de la cólera y de la indiferencia, sancionase el dislate que un turbio demagogo ha muñido jugándose el porvenir del demos? Ni de coña, obviamente. Pero cuando las urnas se convierten en un trasunto del Liceo, tanto da quién se arrogue el papel de maestro.

Al votar contra Europa -contra los europeos-, los neonazis de Amanecer Dorado se han doctorado con honores en tolerancia y en decencia. Los comunistas del KKE -que fungen, todavía, de partisanos irredentos- han aparcado la nostalgia del cóctel Molotov para prender la mecha de una inocente papeleta. Griegos Independientes, por su parte, han salido del trance más griegos que Zeus, más dispuestos que nunca a celebrar los esponsales de la extrema derecha con la extrema izquierda. Y desfilan, por último, las hordas de Syriza, la carne de cañón de una reyerta de trileros, la patulea que se obstina, a orillas del mar clásico, en morder el anzuelo del posmarxismo caribeño.

En semejante vertedero ideológico campan ahora los muecines del progreso habilitando tenderetes de legitimidad moral y rapando las bolsas de los eurócratas inertes. El espectáculo, aunque humille, no deja de ser soberbio y el camarada Trotsky, que se ha instalado en un chiringo de la Plaka en compañía de una ración de berenjenas, se sonríe por fuera y se parte por dentro: "¿De qué moral hablamos? ¿De la suya o de la nuestra?"

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