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25-X-2010

Lo que no nos cuentan de Wikileaks

Pese a que somos conscientes de que los gobiernos tienden a corromperse, a abusar del poder y a mentir siempre que pueden a la población, también reconocemos que ciertas partes de la actividad de los Estados –y muy en especial la mayor parte de su estrategia de defensa– deben permanecer en secreto, por cuanto su revelación sólo sirve para perfeccionar la ofensiva del bando enemigo y para poner en riesgo la vida de nuestros civiles y militares. En otras palabras, alguna línea de demarcación debe existir entre la labor periodística dirigida a destapar las mentiras de los gobiernos y la dedicada a minar su estrategia defensiva al viejo modo en que lo hacían los espías durante la Guerra Fría.

Las filtraciones de documentos clasificados del Ejército estadounidense que Wikileaks realizó en julio sobre la guerra de Afganistán y que ha vuelto a efectuar ahora sobre la guerra de Irak difícilmente podrán considerarse un ejercicio de periodismo en la medida en que no discrimina entre los tipos y la importancia de la información que está publicando. Con la excusa de buscar transparencia y revelar la verdad, les hace el trabajo sucio a nuestros enemigos los islamistas (por ejemplo, revelar, tal y como sucedió el Afganistán, los nombres de los informantes del ejército estadounidense); pues, aunque muchos quieran olvidarlo, seguimos estando en una guerra global contra el terrorismo de corte islamista y ellos, nuestros enemigos, desde luego no lo han olvidado.

No es de extrañar, por tanto, que el tratamiento informativo que se haya hecho de la filtración, elevando nuevamente a Wikileaks y Julian Assange a la categoría de héroes de la libertad, haya adolecido de un marcado sesgo ideológico antiamericano que también se ha trasladado a la selección y a la interpretación que se ha realizado de los 400.000 documentos filtrados.

Así, por un lado, se ha insistido sobremanera en que los muertos en Irak desde 2004 ascienden a 110.000, unos 15.000 más de los reconocidos por el gobierno estadounidense y de los cuales el 60% eran civiles. Sin embargo, no se ha insistido tanto en que 30.000 de esas muertes corresponden al terrorismo islamista que tantos jaleaban en Occidente calificándolo de "resistencia" y en que el resto se deben en su inmensa mayoría a la actuación de las fuerzas de seguridad iraquíes. Se ha remarcado mucho que las tropas estadounidenses hicieron la vista gorda a la hora de permitir estos y otros abusos como las torturas sistemáticas, sin embargo los mismos que ahora parecen reclamar la injerencia de los estadounidenses en la política interna iraquí son los primeros que se oponían a la intervención armada cuando el régimen de Saddam perpetraba crímenes a mucha mayor escala y los mismos que en los últimos años exigían que las tropas americanas se retiraran cuando antes del país poniendo fin a la "ocupación". A buen seguro el ejército estadounidense debería haber hecho mucho más para impedir que los cuerpos de seguridad iraquíes abusaran de su poder, pero no parece que quienes rechazaron la liberación del país desde un primer momento sean los más adecuados para exigirlo.

Por otro lado, los medios antiestadounidenses tampoco han tenido reparos a la hora de ocultar o marginar otras informaciones que se desprenden de los documentos y que ponen en jaque su narrativa sobre el malvado imperialismo yanqui y la pacífica actitud de los regímenes islamistas. De este modo, hemos podido conocer que las tropas estadounidenses han estado encontrando armas de destrucción masiva en Irak desde 2003 –armas químicas, laboratorios y miembros de la insurgencia especializados en toxinas– que si bien probablemente no formaran parte de un programa masivo de rearme del dictador, sí demuestran que su capacidad para atacar y amenazar a Occidente seguía siendo considerable. Asimismo, también nos hemos enterado de que la teocracia iraní estuvo participando en la guerra de Irak para tratar de tomar el control del país enviando todo tipo de armamento como cohetes, bombas magnéticas y de penetración, rifles de gran calibre y misiles portátiles. En otras palabras y como ya sabíamos, la Alianza de Civilizaciones no es más que una patraña destinada a engañar a Occidente sobre la auténtica naturaleza de estas autocracias islamistas que, al igual que los grupos terroristas como Al Qaeda, sí tienen muy claro cuáles son sus objetivos finales.

Por eso la filtración de Wikileaks, obsesiones ideológicas al margen, debería ser observada como lo que es: un misil dirigido contra la estrategia de defensa de Occidente en general y de Estados Unidos en particular. Quienes desde el mismo 11-S renunciaron a defenderse sin duda no lo entenderán así; el resto deberíamos saber discriminar entre el periodismo y el irresponsable espionaje interno.


 

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