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Mauritania

El secuestro de la Razón

Antes, cuando Franco y todo aquello, los chicos con inquietudes de las familias bien se hacían del Partido Comunista para expiar su mala conciencia por los golpes que no les había dado la vida, que diría Gil de Biedma. Y ahora montan oenegés con tal de arreglar el mundo durante unas vacaciones de quince días en temporada baja, o sea, lo mismo, pero con la ventaja de ahorrarse el seminario ladrillo sobre la undécima tesis de Feuerbach.

En fin, todo sea por enmendarle la plana a la Iglesia que, sabia por vieja, había taponado esas grietas del alma burguesa con las huchas del Domund y la entrega encomiable, ésa sí, de los misioneros. Y pensar en lo mucho que podrían hacer por la Humanidad tantos coroneles Tapioca de campo y playa, Indianas Jones de fin de semana, quedándose en casa y dejando a quienes en verdad conocen el percal la tarea de auxiliar al Tercer Mundo. Pero no. Por cada émulo doméstico de Vicente Ferrer nos ha tocado capear con la negligencia peliculera de cien Lawrence de Arabia.

Habita, por lo demás, un equívoco pueril tras la alegre irresponsabilidad que demasiadas veces los empuja a correr riesgos temerarios, inadmisibles desde cualquier punto de vista que se quiera adulto. A saber, el prejuicio que presume a todo terror político insurgente como nacido de la pobreza y la desigualdad. Piadoso yerro antropológico que lleva a creerse libres de amenaza a quienes se perciben en el bando del Bien y la Justicia, al modo de tantos turistas del ideal. Como si Al Qaeda, sin ir más lejos, no odiase a los occidentales por el simple hecho de serlo, sin mayores distingos, reos todos del supremo pecado de impiedad por no postrarse, sumisos, ante las salvíficas enseñanzas del Profeta.

Sólo desde las brumas de ese adanismo tan primario, tan elemental, tan ciego, cabe entender ciertas imprudencias rayanas en la pura y simple necedad. De ahí que ya fuese siendo hora de fijar límites a las obligaciones del Estado ante las arriscadas audacias de eternos adolescentes particulares. "Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde", sentenció en memorables versos el mismo Gil de Biedma. ¿Cuánto nos habrá de costar que no se entienda verdad tan simple?
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