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EL LIBERALISMO EN EL MUNDO HISPÁNICO

'Era cuestión de ser libres'

Miguel Ángel Cortés y Xavier Reyes Matheus

En este libro aparecerá muchas veces la palabra con la que se pretendió dar sentido a los fenómenos sociales y políticos que sacudieron Occidente entre los siglos XVIII y XIX: libertad.  

Se trata, sin duda, de un concepto problemático, que ante todo aconseja huir de cualquier interpretación fundamentalista. El ser humano está determinado por factores de todo tipo (físicos, psicológicos, geográficos...), y por más que su voluntad pueda empeñarse en vencerlos, lo inexorable de la muerte sigue pendiendo sobre sus proyectos y decisiones como un límite fatal. Atendiendo a esto, solo el discurso religioso está en condiciones de prometer una libertad plena, y nada menos que todo un Dios sería necesario para garantizarla. Libera me, Domine, se pide en las oraciones de la misa de difuntos, y en el canto del Te Deum se dice que Cristo vino al mundo "para liberar al hombre rompiendo las cadenas de la muerte".

Lo que toca a las doctrinas políticas, en cambio, cae del lado del más acá, en el mundo visible en el que se relacionan las personas vivas. Es allí, y por el hecho mismo de la convivencia, donde se da la tensión entre los deseos de cada individuo y la necesidad que todos tienen de sujetarse a las imposiciones de la vida colectiva, con su diversidad de opiniones, de criterios y de voluntades. Frente a este conflicto de intereses pueden proponerse distintas soluciones. La más esperable y primaria es seguramente el enfrentamiento dirigido a sojuzgar al otro, salvando así las capacidades de unos a costa de restringir las de todos los demás. Las formas de gobierno que se conocían desde la antigüedad no eran sino presentaciones de esa relación de fuerzas definidas por la proporción de los que se imponían: monarquía, si era uno; aristocracia, si eran pocos; democracia, si era la mayoría. En cualquier caso, la lógica era la de un poder que se levantaba sobre una porción oprimida de la sociedad.

El surgimiento del liberalismo, con sus principios heredados de la Ilustración, supuso una respuesta mucho más reflexiva, y pretendió resolver el asunto sin ceder al instinto de embestir la presencia ajena. Por el contrario, postuló que, lejos de trabar el libre desarrollo de los individuos, la sociedad podía organizarse de tal manera que en este orden mismo se hallara la seguridad –seguridad jurídica– de que nadie iba a encontrarse indefenso ante nadie, y que la asociación política de las personas podía dejar de ser un instrumento para oprimir a algunas si su fundamento era en cambio la libertad de todas. El ideal, por lo tanto, trascendía el mero afán de emancipación e implicaba una dinámica expansiva de las mejores capacidades humanas, cifrada en aquella noción que aparece de modo recurrente en los grandes nombres del liberalismo, desde Montesquieu hasta Guizot: la civilización.

No fue casualidad que el desarrollo liberal de esta idea fuese parejo al auge de la ciencia, movida por la misma inquietud de abrir caminos nuevos a las empresas de los hombres. El método científico confirió una guía eficaz al pensamiento, y ciencia y civilización se cruzaron para dar impulso a un conocimiento emergente: la economía. El nomos, la ley que está en el nombre de esta disciplina, nos remite por una parte a una ley natural, como en astronomía: algo que solo puede describirse, porque funciona de acuerdo a un proceso espontáneo, a una "mano invisible", como vio adam Smith; por otro lado, denota también una regla de conducta, un principio rector, como en autonomía; algo a lo que podemos atenernos para vivir en la seguridad de ciertas condiciones que querríamos tener garantizadas. El progreso de la ciencia económica se inscribía en el contexto de una ambiciosa averiguación sobre la manera en que podían conformarse lo fatal y lo voluntario; lo que nos viene dado y lo que nos es dado decidir; lo que nos somete y lo que sometemos.

Como se dijo al principio, es inevitable que, por su propia naturaleza, enigmas como el de la muerte o el sentido de la vida deban remitirse al ámbito de la religión. Pero las Luces demostraron que otros muchos, en cambio, no eran misterios teológicos, sino problemas susceptibles de razonamiento: entre ellos, el del ejercicio de la autoridad. Este fue su primer logro. Después de que las grandes convulsiones políticas de finales del siglo XVIII extendieran las ideas liberales, y aun cuando resucitó monstruoso un poder despótico como el de Napoleón, aquel triunfo estaba conseguido: "Mirad a Alejandro –se quejaba el Corso en 1804–; después de haber conquistado Asia y haberse anunciado a los pueblos como hijo de Júpiter, todo el Oriente lo creyó. Pues bien, si yo me declarase hijo del Padre Eterno no habría verdulera que no silbase a mi paso".

Contra el criterio de los absolutistas (la derecha, según la distribución en el recinto de la asamblea Constituyente francesa), el liberalismo cumplía cabalmente con el precepto cristiano de "dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios". No se erigía él mismo en un fundamento metafísico para la política, en un dogma basado en formulaciones incontestables. En eso quisieron convertirlo los que pretendieron construir con él una nueva forma de fuerza sobrenatural: la revolución. Los partidarios de esto (la izquierda, ahora), que encontraron en la libertad un argumento para imponer a sangre y fuego su tiranía, desnaturalizaron el racionalismo y lo redujeron a su parodia republicana de la religión, que aún hoy siguen trayendo a cuento los antiliberales como ejemplo de una "razón excesiva". Parecen no darse cuenta de que nada como aquello encarnó la pura visceralidad, pues no era sino el odio lo que verdaderamente estaba por detrás.

Por fortuna, el tiempo en el que vivimos nos hace parecer muy lejano ese frenesí destructor; pero en cambio preocupa el adormilamiento en los laureles de la civilización conquistada, que al mismo tiempo se tiene por un antídoto definitivo contra aquella barbarie irracionalista vestida de ideario. Esto es singularmente sensible en un país como España, donde la feliz superación de las experiencias de la Guerra Civil y del franquismo se solapó con la era de los valores antiheroicos. Identificamos los primeros años de la democracia con manifestaciones culturales y contraculturales que consideramos todas hijas de la "apertura", y sin embargo muchas de ellas son en propiedad un síntoma de que nuestro país no era ajeno a los fenómenos que estaban reconfigurando la visión del mundo: postmodernidad y globalización. Muy pronto, el despegue económico iba a hacernos más patente toda esta transformación, que se concretaba en síntomas tan visibles como la expansión de la clase media, las oleadas de inmigrantes que llegaban atraídos por la necesidad de mano de obra, y la extensión de las comunicaciones y de la cibercultura, correlato virtual de la Europa que había cambiado, en la realidad, las fronteras y los muros por la política comunitaria. No muchos años después el panorama es muy distinto; para los europeos la globalización ha adquirido la apariencia de una pandemia; y entre la indolencia posmoderna y el abandono a la rabia, la civilización que reclama ser salvada no encuentra la fibra activa capaz de regenerarla.

Creemos, sin embargo, que volver la mirada sobre la construcción del liberalismo y sobre los objetivos que este se propuso puede proporcionar una clave muy útil para comprender y apreciar la importancia de aquella empresa. Si se quieren evaluar sus realizaciones, además, ha de reconocerse que la perspectiva histórica resulta esencial, porque la libertad lleva implícito el cambio y la civilización supone una transformación progresiva; un orden basado en ambos valores está llamado a ser siempre una carrera entre pensamiento y realidad. Quizá ninguna otra cosa lo refleje tan bien como ese invento que en el mundo iberoamericano conmemora por estas fechas sus doscientos años: las constituciones. Hechas para poner a las sociedades a caminar sobre el riel de la justicia y de la racionalidad, resulta inevitable que nos preguntemos si los modelos que ellas levantaron valen igualmente para los hombres de entonces y para los de ahora.

En 1989, el bicentenario de la Revolución francesa coincidió con el fin del sistema soviético, y estudiosos como François Furet pusieron al descubierto el mapa que había seguido la humanidad para llegar a la pasión totalitaria. En aquel momento se consideró liquidado el duende revolucionario, pero, tras el exorcismo, quedaba vivo el cuerpo del que semejante espíritu había buscado posesionarse: el Estado soberano. Parecía entonces posible quitar los ojos de la revolución –durante tanto tiempo tenida por el concepto esencial de la modernidad política– y volverlos hacia el fenómeno sobreviviente. La libertad no dependía ya de fabricar alas para Ícaro: en lo futuro, sus prosélitos tendrían más bien que ocuparse de sondear el laberinto, convencidos ya todos de que la promesa de volar desde él al cielo era pasaporte seguro para caer entre lo más recóndito de sus meandros.

Aunque podía convenirse en que esta perspectiva constituía una ganancia para el liberalismo, las cosas no eran tan sencillas. Las aspiraciones de realización ciudadana eran ahora mucho más complejas: el laberinto se había diseminado en una infinidad de módulos para albergar necesidades, grupos e intereses nuevos. Los contornos culturales y políticos de la Europa integrada parecían pixelarse por efecto de un pluralismo que era el signo de todo: de los valores y de las instituciones; de los hechos y de los derechos. algunos profetas contemporáneos impregnados de cierta nostalgia prerrafaelista creyeron ver en ello una resurrección de la Edad Media, con su internacionalismo de rutas comerciales, peregrinos trashumantes y monjes traductores. Como sucedería con un salón fríamente diseñado en el que de pronto comenzara a penetrar la vegetación exterior, los brotes que desdibujaban la planta del Estado nacional fueron considerados la exhibición de un vitalismo deseoso de abrirse paso. Al cabo de un tiempo, sin embargo, comenzábamos a tener la impresión de que la maleza trepaba por todas partes. En forma de intransigencia religiosa por obra de los ultraconservadores de todos los credos; en forma de capitalismo mafioso gracias a los aprovechados del nuevo panorama económico y financiero; en forma de cualquier causa que les sirviera para asaltar el poder por lo que tocaba a los náufragos del socialismo.

Sin necesidad siquiera de grandes metamorfosis, el fénix revolucionario renació en América Latina, aunque lo hizo no a partir de sus cenizas guerrilleras, sino vampirizando la democracia y haciendo de ella una lectura integrista y cínica. Así, lo electoral lo convirtió en plebiscitario; lo representativo en profético; lo partidista en pandillero. Por delante, la despiadada fórmula depaupera et impera, si bien en su estrategia de confundir pueblo y revolución daba a entender que aquel era rico en la medida en que esta lo fuese, por más que el uno anduviera en harapos y en cambio los jerarcas de la otra trataran de igual a igual con jeques árabes y sátrapas orientales.

Por fortuna, la mayoría de la América hispanolusa se mostró resistente a ese modelo, y en varios de sus países el escenario sugiere ahora perspectivas mucho mejores. Pero mientras Europa cruje entre las convulsiones de su crisis económica, la Iberoamérica más pujante se desentiende de ella y orbita cada vez más en torno a una China que ocupa los mercados mundiales no en razón de ninguna apertura, sino de un perverso capitalismo de partido. La España que representaba un sí se puede para las repúblicas ultramarinas, con las que compartió durante tanto tiempo el sino del subdesarrollo, ha perdido mucho de su antiguo prestigio sobre la región.

Lo que tiene esto último de más lamentable es que, con el auge de España tras la llegada de la democracia, los valores liberales estaban en situación de ser, por fin, el tema de conversación entre la Península e Hispanoamérica. Desde que una y otra se reconciliaron después de la independencia, alrededor del muy significado 1898, el diálogo entre ambas había consistido en coloquios místicos alrededor de ese arcano concepto que era la Hispanidad: una "unidad de destino en lo universal" muy útil para proclamarse la reserva espiritual de Occidente; para desmarcarse de los vulgares y materialistas ideales del progreso; para celebrarse mutuamente los caudillos que gobernaban no en virtud de ningún orden de justicia, sino como herederos del carisma ancestral del Cid y de Simón Bolívar; y para lanzar sobre la raza anglosajona una mirada displicente, concediéndoles (y resignándose a) "que inventen ellos".

No obstante, en el contexto del bicentenario de las primeras constituciones hispánicas los discursos están cambiando. Si las sociedades de una orilla y otra se reconocen cada vez menos en un horizonte político común, los historiadores de ambas partes han comenzado a descubrir, por el contrario, que el programa de la razón a favor de la libertad también se redactó en lengua española. Por lo que toca a los hispanoamericanos, estos hallazgos han servido para mostrarles que el proyecto nacional trascendía con mucho la mera independencia, sobre cuyos ditirambos se ha construido toda su conciencia republicana. En cuanto a los españoles, se ha evidenciado que no fueron pocos los que tuvieron la lucidez y la valentía de unirse a la empresa de la modernidad democrática. Al mismo tiempo, se ha sopesado la timidez excesiva que se achaca siempre a aquel liberalismo: de un lado, para reconocer el dique que representó frente al Terror jacobino; del otro, para admitir que dejó insatisfechas muchas aspiraciones, y que ello no pudo por menos que producir una conflictividad largamente prolongada.

Este libro no se plantea como un aporte a ese trabajo de revisión, y ni de lejos ha querido ser una obra de historia. Por el contrario, se escribe con el deseo de que las reflexiones a propósito de nuestra empresa liberal no se queden en un puro ejercicio de erudición. Los tiempos no están como para eso: si en el ámbito de la ciencia y la tecnología nadie duda de que el conocimiento es un factor clave para hacer frente a los desafíos actuales, lo mismo puede decirse de la política. Una vez que descubrimos que en la raíz del Occidente moderno se hallaba un extraordinario plan de civilización, estamos obligados a ser auténticamente radicales. Al hilo de 2012, este libro ha querido apoyarse en la voz misma de los liberales hispanos, frecuentemente tan olvidados. Perseguidos, exiliados, prohibidos sus escritos, merecen contarse en el canon donde hemos aprendido a admirar a tantos grandes autores ingleses, franceses y norteamericanos.

Las citas que abundan en este breve texto representan la reflexión que suscitaron en aquellos hombres los dilemas fundamentales de la democracia liberal. Puesto que son fundamentales, y puesto que defendemos la irrenunciabilidad de ese sistema aun cuando nuestro tiempo lo haya cercado de amenazas nuevas –y a veces extremadamente opacas–, es necesario volver sobre aquellas cuestiones para recordar de qué se trataba. Proponerlo ha sido, para uno de los firmantes de este libro, verdadera deformación profesional: desde hace ya bastantes años su trabajo es la política; ese oficio que, tras el desarrollo del concepto de representación, hubiera debido entenderse como una especie de justa por los colores de la libertad ciudadana. El otro autor, preocupado habitualmente por el estudio teórico de estos problemas, comparte también el apremio de la experiencia vivida: si una convulsa Unión Europea es ahora su patria de destino, la de origen, Venezuela, constituye uno de los ejemplos más sangrantes de los últimos tiempos de entronización de la barbarie. Las líneas que siguen no se proponen más que apelar a una actitud creadora de orden y no de caos, de justicia y no de envidia, de posibilidades y no de coacciones.

 

NOTA: Este texto es el prefacio de ERA CUESTIÓN DE SER LIBRES, de MIGUEL ÁNGEL CORTÉS y XAVIER REYES MATHEUS, que acaba de publicar la editorial Turner en su colección Noema. Este sábado, a las 17 horas, MARIO NOYA entrevistará a CORTÉS en LD Libros

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