
Puede resultar hiriente a algunos, tal vez a muchos, que, en un momento como el que vivimos en España y en nuestro mundo occidental, dediquemos un tiempo precioso a hablar de algo que parece anecdótico. En nuestra nación, o lo que va quedando de ella, nos estamos jugando la democracia y el futuro existencial. En Occidente, o lo que va quedando de él, que un musulmán de extrema izquierda, dos intransigencias en una, haya logrado ser alcalde de Nueva York, sí, la ciudad de la Estatua de la Libertad y de aquellas Torres Gemelas, lo dice casi todo. Tenemos un problema.[i]
Lo de publicar unas Memorias (lo de escribirlas es harina de otro costal) antes de los sesenta años es ya, en sí mismo, una tontería tal vez perdonable, que diría Nicanor Parra de un poema. Serán, sí, unas "memorias", pocas, pero redactadas tan precipitadamente que se dejan media vida en el tintero. Nadie sabe aún cuáles serán los hechos que le darán forma y sentido a la vida del memorioso. O sea que la razón de su edición no puede ser el afán biográfico, por edulcorado que se pretenda, sino que tiene que admitir otra explicación.
