
Se habla mucho, tal vez en exceso y no tan rigurosamente como se debería, de un resurgimiento de la religiosidad en el mundo, muy especialmente en Occidente. En realidad, los datos sociológicos de tendencia son testarudos. Puede decirse con fundamento que más que una revivificación de las creencias y prácticas religiosas, lo que se está produciendo, muy selectiva aunque evidentemente, entre los jóvenes europeos y americanos, es un intenso activismo religioso libre de complejos, prejuicios y temores.
Por ejemplo, en España, si bien es cierto que la presencia de la fe católica se mantiene en los últimos años, lo es también que el proceso de secularización experimentado desde la segunda mitad del siglo XX, ha sido muy intenso. En 1976, el 90 por ciento de los españoles se declaraba católico mientras que en 2026, el porcentaje ha caído por debajo del 55 por ciento mientras aumentaba el número de ateos, agnósticos e indiferentes. Las prácticas religiosas han sufrido un retroceso aún mayor.
Junto a ello, se dan fenómenos muy llamativos que, aunque no invierten el sentido de la marcha descrita, dan pie para la consideración de una religiosidad diferente, minoritaria pero intensa, militante, orgullosa y potenciada por los nuevos usos de las redes sociales y de las técnicas de comunicación. Tampoco es ajeno a su crecimiento la crisis moral de la izquierda, tradicionalmente atea y enemiga de las religiones, y la reconsideración política de las fuentes cristianas del mundo occidental.
El fenómeno Lux, ligado a lo sagrado de algún modo, de Rosalía, grupos musicales cristianos como Hakuna y tantos otros, películas como Los domingos, acontecimientos como los retiros Effetá, siguen a otros muchos anteriores desde la película Jesucristo Superstar y la popular música Godspell a La pasión de Cristo de Mel Gibson.
Muy especialmente desde la Ilustración, las ideologías que decían encarnar el progreso despreciaban la creencia en Dios por anticientífica. Acusaban a la religiosidad de aliada del conservadurismo social y político o sierva de la inmadurez filosófica e incluso psicológica. Durante casi dos siglos, el ateísmo 'ideológico'[i], sin fundamentos razonables desarrollados, trató de desmontar el teísmo con las armas procedentes del arsenal científico, físico, biológico, psicológico, pero se creía liberado de dar justificación de su propia creencia, dando por supuesta bien su evidencia, bien su racionalidad.
El reciente libro del profesor y filósofo sevillano, Luis Fernández Navarro, Qué es el ateísmo, se inscribe en este clima de reconsideración del teísmo y de la religiosidad desde la más estricta razonabilidad filosófica y científica. De hecho, por decidir presentarse como un breve y condensado libro de divulgación riguroso y sistemático, adquiere la cualidad de arma de interrogación masiva sobre la presunción de sentido y la elusión de cimentación de la que ha disfrutado el ateísmo durante demasiado tiempo.
El privilegio, alcanzado por el ateísmo contemporáneo, de sortear toda justificación científica y filosófica logrando presentarse como la única creencia racional ante el silencio del Universo, ha terminado. En vez de requerir exclusivamente a los teístas la carga de la prueba sobre la existencia de Dios, hasta ahora estrategia dominante en el debate, el ateísmo debe proporcionar una visión total del mundo que armonice la vigente contribución de la ciencia y el sentido de la vida libre y la sociedad humana.
Incluye el autor al final del libro una coda que dice así: "El teísmo[ii] es una creencia. Una creencia es una confianza. Una confianza tiene razones. El teísmo no es un saber. No hay seguridad completa. Subsiste incertidumbre. Hay una decisión, y una fidelidad." En sus páginas se muestra que lo propio podría decirse hoy del ateísmo, una vez desarbolada su relación íntima con toda fundamentación científica, cosa que trata de conseguir en sus páginas.
El libro de Fernández Navarro, como él mismo señala al comienzo, no es un ataque sistemático contra el ateísmo contemporáneo, sino un ensayo metódico de comprensión de su concepto, de relato de su evolución histórica, de análisis de sus aportaciones y de precisión sobre sus límites. Por ello, el método de afrontarlo es la historia crítica en la que se examinan sus tesis y sus supuestos y premisas y se identifican motivos, juicios y razones desde el más minucioso respeto por la forma original de sus ideas sin deformación intencionada alguna.
Cuando lo leía, se me venía a la cabeza el inmenso esfuerzo de Marcelino Menéndez y Pelayo por reflejar el pensamiento y los argumentos de los heterodoxos españoles sin manipulación de sus tesis. Al contrario, las dio a conocer con fidelidad escrupulosa para poder, después, señalar sus omisiones, sus suposiciones infundadas o sus diferencias con la ortodoxia. De hecho, sin ese afán no se conocería hoy la España heterodoxa que reveló ni hubiéramos aprendido la honradez intelectual de su método.
De hecho, el libro Qué es el ateísmo transita desde el esclarecimiento del significado de un término paradójico, como es en sí 'ateísmo' –que afirma un negación pero incluye lo que niega, Dios, en su propia definición hasta el punto que algunos de sus defensores reniegan de tal denominación– a la exposición sistemática de la historia del ateísmo desde sus orígenes mismos, que ya están en la propia Biblia y en la primera filosofía griega aunque de forma muy puntual e incluso impropia. Siempre Jerusalén y Atenas en nuestra gestación.
Más que ateos –hasta Aristóteles anota que no había pueblos ateos–, hubo originalmente disidencias de la religión oficial, herejes, críticos con el uso de los dioses para introducir el miedo en los hombres, miedo al anonadamiento o al castigo. Incluso Epicuro los creía existentes. Pero sin duda elementos como el azar considerado causa de la realidad y su dinamismo, la identificación de la Naturaleza con Dios (panteísmo), la suspensión del juicio sobre su existencia (agnosticismo), van poco a poco surgiendo en los diferentes pensadores.
En realidad, el ateísmo, en sus formas actuales, tiene poco que ver con la Antigüedad o la Edad Media, motivo por el que Luis Fernández Navarro describe rápida y sucintamente sus notas significativas para adentrarse en la Modernidad, esto es, desde el Renacimiento en adelante para llegar cuanto antes a la Ilustración, momento emergente del ateísmo en tanto que tal, y su variedad de formas ya ancladas en la razón como facultad esencial de conocimiento.
El libro presenta sucesivamente las formas del ateísmo bajo ropajes diversos como el agnosticismo (ateísmo práctico aunque no teórico); el deísmo (negación de Dios como actor en el mundo o consideración de un Dios como si no existiera realmente) o el naturalismo, que reduce la realidad a la naturaleza (relevante es el análisis de las tesis del cura Meslier[iii], el fundador del ateísmo moderno).
Luego repasa el hedonismo y el materialismo ilustrados y se detiene en el ateísmo como sistema presente en el barón D'Holbach, para quien hasta el libre albedrío es un "tosco invento" religioso para presentar al hombre como culpable. El autor resume el contenido del ateísmo ilustrado de este modo:
¿Dios? Una ficción. ¿La religión? Un invento. ¿La moral cristiana? Una construcción antinatural. ¿La materia? La única realidad, en su ser y mortal en sus disposiciones. ¿El alma? Una extensión finita, constituida por átomos. ¿Bien y mal? Fábulas. ¿Bueno y malo? Utilidad. ¿La muerte? No ser, nada que temer. ¿El cuerpo? Una máquina.
Como se aprecia, un simplismo notable que vino a corregir la fecunda inteligencia dudante de David Hume que, si bien pareció ayudar al ateísmo en un principio, ha terminado sosteniendo al teísmo por su apreciación del valor del orden y la coherencia de lo que aparece como naturaleza ante nosotros y por su escepticismo ante la capacidad del conocimiento racional para adentrarse en la esencia de las cosas, lo que también afecta a las negaciones de Dios.
El libro adquiere brillantez y claridad máximas cuando analiza el ateísmo ideológico triunfante de los siglos XIX y XX, desde Feuerbach y Marx a Darwin, Nietzsche, Freud y Sartre, entre otros muchos. En realidad, el libro es una excursión a ritmo de museo por sus construcciones, desde el antropoteísmo a la humanización de Dios, pasando por el superhombre, la ilusión infantil religiosa, la condena a la libertad que supone ser humano y el nuevo ateísmo "científico" de los cuatro jinetes, Sam Harris, Richard Dawkins, Daniel Dennett y Christopher Hitchens.
Es imposible en unas pocas líneas dar cuenta de la riqueza informativa de un libro que no aspira a abarcar todo el contenido teórico del ateísmo, pero que, no obstante, consigue ser una introducción de calado a sus postulados y argumentos, señalando además sus debilidades y vacíos. No está todo lo que es, pero todo lo que es, está y está al día, bien actualizado y recogido con fidelidad. Además, el autor ha consultado todos los últimos libros relevantes sobre la cuestión.
Tal vez para muchos lectores, la parte más atractiva de este libro puede ser la tercera y última, en la que confronta el ateísmo actual con el estado de la ciencia, sus principales teorías y sus consecuencias filosóficas. Lleva por título "Las dificultades científicas del ateísmo", opción que muestra desde el principio el cambio que ha experimentado el debate desde el pasado siglo. Si hasta entonces, ateísmo y ciencia se presentaban armónicamente unidos, el panorama ha cambiado.
Ahora es el teísmo quien se proclama coherente (o compatible) con las conclusiones de la ciencia, por provisionales que sean. Siempre ha tenido a su favor que la ciencia, al buscar explicaciones inteligibles del universo, es proclive a la aceptación de una Inteligencia Superior, se le llame Dios o no. Es esa suposición de legalidad y racionalidad en lo real lo que invita a su estudio e investigación. Algo de un orden diferente se revela en la belleza ordenada y accesible del mundo, como ya dedujeron Einstein y muchos otros físicos aspirantes al descubrimiento de regularidades y legalidades comprobables.
Que las leyes descifradas sean meramente fruto del azar es un supuesto cada vez menos consistente. Incluso Darwin, se lee en sus páginas, advirtió de la dificultad e incluso imposibilidad de concebir "este inmenso y maravilloso universo, incluyendo al hombre con su capacidad de reflexionar sobre el pasado y el futuro, como un resultado ciego del azar o la necesidad", optando por el agnosticismo. La evolución es la evolución de la vida, pero entre la materia y la vida no hay continuidad, sino un salto improbable, casi imposible, desde el punto de vista de unos ensayos azarosos.
¿Unos compuestos químicos interactuando con la materia lograrán dar a luz un ADN? Demostrado hasta ahora queda que no, que lo vivo siempre procede de lo vivo. Y, de otro lado, ¿un mono tecleando durante un tiempo imprecisamente largo una máquina de escribir lograría componer uno de los poemas de Shakespeare? Pues lograr reproducir un salmo bíblico breve mediante una pulsación aleatoria de una tecla por segundo podría tardar más que la edad misma del universo, según el experimento de Russell Grigg. ¿Y cómo encontrar unas líneas con sentido en el tráfago de innumerables combinaciones absurdas?
No. Parece irrealizable, al menos por ahora, la construcción del código que permite la vida y la conciencia. "¿Bastan la química y el azar para explicarnos a nosotros mismos?", escribe Fernández Navarro. ¿Es el hombre una consecuencia inesperada de una cadena de errores de copia en el ADN? Cierto es que hay caos en el supuesto orden universal, pero hasta ese caos está sujeto a la legislación descubierta por la ciencia. El Big Bang no fue una explosión caótica sino ordenada de modo que su ritmo de expansión y sus condiciones fueron las precisas para que en un momento posterior apareciera la especie humana.
Puede defenderse que todo ha sido casual, pero es "extraña y difícil causalidad" la de la casualidad. Para poder concebir que todo es fruto de una casualidad, es precisa muchísima fe, incluso "una fe ciega a los límites del tiempo y la probabilidad", una fe tan indemostrable como la que guía a los creyentes en la existencia de un Dios creador.
El ateísmo defiende que no hay que pedir una explicación, sino que estamos en un mundo que está fuera y dentro de nosotros y es todo lo que hay. Pero no podemos demostrar que sea fruto de una necesidad. El teísmo propone que hay algo y no nada porque hay un Dios creador. Entonces, ¿cuál es la diferencia de valor entre el postulado de que el mundo existe sin más y el que apuesta por la existencia de un Dios?
¿Hubo un principio en la corriente de acontecimientos que podemos observar? Si lo tiene, la hipótesis de la creación es necesaria. Pero si no lo tiene, ¿cómo explicar razonablemente esta ausencia ante los datos comprobados de una expansión universal acelerada? El Big Bang no era una "física de curas", como al principio se lo descalificó[iv]. Es, en realidad, el principio de todo: materia, espacio y tiempo. Y los partidarios de un universo sin origen o cíclico de formato "Big Bang – Big Crunch" no tienen fundamentación física suficiente.
Una de las virtudes que demuestra Luis Fernández Navarro en este sugerente libro es su lealtad a la filosofía, al análisis, a la independencia de juicio, al desapasionamiento y a la imparcialidad. Creyente católico, trata de respetar las evidencias y sopesar los argumentos "sin miedo a su destino, fuera el que fuese". Así lo dice él mismo. Esto es, se trata de buscar la verdad con buena voluntad, sin intención de engañarse ni engañar. Esa actitud fue la que condujo al campeón anglosajón del ateísmo, Antony Flew, a declararse teísta al final de su vida.
Un debate, que subió de nivel desde la controversia del obispo Wilberforce y T. H. Huxley en 1860 al debate radiado entre Bertrand Russell y el jesuita Frederick Copleston en la BBC (al que han seguido el del cardenal Ratzinger y Jürgen Habermas, entre otros), brilla por su ausencia en España, donde el ateísmo, sobre todo amparado por la anticlerical izquierda política, goza de una influencia inmerecida por la pobreza argumental y el odio diseminado en el tiempo. Recuérdese aquello de "Arderéis como en el 36" para comprobarlo.
No es algo especial. En realidad, un diálogo sincero, abierto, riguroso en los términos y los razonamientos como el de este libro cede en España paso al empuje demagógico de la propaganda, blanca o negra. El esfuerzo admirable de Luis Fernández Navarro se echa de menos no sólo en el debate sobre Dios, sino en todo debate español, sobre todo político, económico y cultural, en los que lo importante sigue siendo vencer antes que convencer y por los medios que sean. Con debates respetuosos, regidos por el rigor, la buena voluntad y el afán de verdad, nuestra democracia no estaría agonizando.
Lo que tal vez, sugiero, se echa de menos en este libro es un vademécum terminológico al que recurrir para evitar dudas y aclarar sentidos. Las definiciones están, pero no agrupadas y destacadas sino inmersas en el discurso histórico que las puede invisibilizar. De igual modo, he sentido la ausencia de la presentación final de la "bola de nieve" del ateísmo, de ese cuerpo de argumentos tal y como ha ido creciendo a lo largo de los siglos y su modelación actual. También está, pero tampoco explícito.
O sea, un libro para el diálogo, ese que tanto hace falta para desbrozar el sentido de la vida ante el gran silencio que tan claramente oímos.
[i] La expresión es mía. Entiendo ideología como insuficiente, relativa, histórica y por ello ilusoria conciencia de lo real originada a partir de experiencias e intereses vitales y parciales. El marxismo creyó ser una "ideología científica" frente a la ideología "burguesa", falsa y encubridora de los intereses de las clases dominantes. Tras la experiencia histórica del comunismo, el marxismo no es ya sino una ideología más que oculta sus intereses y sus crímenes. El ateísmo, cuando no ofrece razones bastantes en su defensa, debe ser considerado ideológico, en el peor sentido.
[ii] El teísmo actual es la convicción de que hay un Dios (si personal o no es otra cuestión) tras la realidad que experimentamos, que explica la presencia de leyes comprensibles en su constitución y anima por ello a su investigación científica, no a su abandono o exclusión.
[iii] Meslier no llegó a tener estatua en templo alguno de la Razón, pero tuvo su nombre inscrito en el obelisco bolchevique de Moscú.
[iv] Su primer impulsor fue el sacerdote Georges Lemaître en 1927.
