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Robert Conquest: un historiador en la jungla del terror soviético

Conquest fue comunista y luego anticomunista, cosa que mucha gente juzga más imperdonable que haber sido de derechas toda la vida.

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Cuando el imperio soviético se desplomó de golpe a finales de la década de 1980, en medio de la sorpresa general del mundo y de la sorpresa dolida de tantos intelectuales, Robert Conquest, que acaba de fallecer en Stanford, California, no pudo contarse entre los sorprendidos. No sólo había documentado antes que nadie el terror soviético de los años treinta en su obra magna El Gran Terror, que vio la luz en 1968, coincidiendo con aquella Primavera de Praga que Moscú aplastaría. Además, como dijo su compatriota y colega Paul Johnson, era uno de los pocos intelectuales occidentales que había predicho el colapso del comunismo.

Tal vez por ello, al entregar a su editor una edición revisada de El Gran Terror para su publicación en 1990 le propuso este título: I told you so, fucking fools, que hoy traduciríamos muy libremente por "Ya os lo había dicho, putos gilipollas". No obstante, en la sarcástica sugerencia resonaba quizá más el eco de las descalificaciones que llovieron sobre aquel pionero recuento de las purgas soviéticas. Ciertamente, era un libro para ser purgado. Y no tanto o no solamente por los hechos espeluznantes que recogía: el propio Partido Comunista de la URSS, con Kruschev, había reconocido los crímenes de Stalin en 1956 (el discurso secreto en el XX Congreso del PCUS), aunque no, desde luego, en el detalle ni en la extensión sobrecogedora que tuvieron.

Lo escandaloso del libro, lo intolerable para comunistas y compañeros de viaje del mundo occidental fue la interpretación que los hechos mismos ponían al descubierto. El terror no era un accidente, no era una aberración de un loco llamado Stalin, como se sostuvo y mantuvo para salvar al comunismo y a Lenin, en particular. Conquest demostró que las bases del terror se habían puesto en los primeros años de la revolución, con el propio Lenin a la cabeza. Como decía en las primeras líneas del libro: "El Gran Terror de 1936 a 1938 no salió de la nada". Fue un medio para forzar el cambio violento en la sociedad y en el partido, y no se habría podido llevar a cabo sin las peculiares características del gobierno bolchevique.

Conquest tuvo que polemizar entonces y después con los intelectuales de izquierdas que trataban de salvaguardar la idea comunista de sus consecuencias, de sus millones de muertos, de las purgas salvajes y tantos otros horrores. Y dobló la apuesta. En 1986 publicó otro libro pionero y escalofriante: The Harvest of Sorrow. Soviet Collectivization and the Terror-famine (La cosecha del dolor. La colectivización soviética y la hambruna del terror), que no se ha publicado en España, como tampoco otras de sus muchas obras (¿por qué será?).

En The Harvest, Conquest estimaba que entre 1930 y 1937 habían muerto, a causa del hambre, las deportaciones y las ejecuciones que acompañaron a la colectivización de la agricultura, unos 14,5 millones de campesinos soviéticos, cinco millones de ellos en Ucrania. De nuevo, el historiador mostró que ese resultado no era un accidente ni un error, sino una política deliberada que perseguía el exterminio de las clases sociales y grupos nacionales que el poder bolchevique consideraba una amenaza. Y una vez más, el libro desató una campaña de insidias contra él, en la que no faltaron las acusaciones típicas de que recibía dinero de la CIA y otras agencias imperialistas para desprestigiar el comunismo. En 2006, cuando escribí una pieza para La Ilustración Liberal sobre la hambruna de Ucrania, me encontré con que la ofensiva continuaba.

Conquest fue comunista en su juventud, y luego anticomunista, cosa que alguna intelligentsia de izquierdas, como la no intelligentsia, juzga más imperdonable que haber sido de derechas toda la vida. En Koba el temible. La risa y los veinte millones, el escritor Martin Amis, hijo del crítico Kingsley Amis, que fue buen amigo de Conquest y también excomunista, ponía la cacería en ambiente:

En 1968 Bob había publicado El gran terror, el conocido estudio sobre las purgas de Stalin durante los años treinta, y estaba acumulando méritos para recibir el título, que se le concedió en un pleno del Comité Central celebrado en Moscú, de "antisoviético número uno". En los años sesenta era normal llamar ‘fascistas’ a Kingsley y a Bob en las discusiones políticas generales. La acusación no se hacía totalmente en serio (tampoco eran serias las discusiones políticas generales, por lo que hoy parece. En mi medio llamábamos fascistas a los agentes de policía e incluso a los guardias de los parques). Kingsley y Conquest llamaban "el almuerzo fascista" a la reunión semanal que celebraban en Bertorelli’s, de Charlotte Street; allí charlaban y bromeaban con otros fascistas, entre ellos el periodista Benard Levin, los novelistas Anthony Powell y John Braine (un partícipe infrecuente y muy temido) y el historiador y desertor Tibor Szamuely. Lo que unía a los comensales fascistas era un anticomunismo bien fundado. Tibor Szamuely sabía lo que era el comunismo. Lo había conocido todo: purga, detención, gulag.

En cierto modo, Conquest personificó la idea que, un tanto en broma, le transmitió el escritor italiano Ignazio Silone, al entonces máximo dirigente del Partido Comunista Italiano. Silone, que era otro ex, le dijo a Togliatti: "La lucha final será entre comunistas y excomunistas". Como otros que en la época fueron comunistas y por íntimo conocimiento del comunismo se hicieron anticomunistas, Conquest fue un Cold War Warrior, que diría Irving Kristol: un guerrero de la Guerra Fría, uno de un puñado de intelectuales occidentales que contribuyeron a la caída del comunismo.

Mientras el grueso de la intelectualidad de Occidente negaba los horrores comunistas, los minimizaba o los cubría con el manto de las buenas intenciones, Conquest se dedicó a desvelarlos y documentarlos. Lo hizo fríamente, y lo hizo con tal devoción por los hechos que en su reedición revisada de El Gran Terror pudo anotar:

El nuevo material amplía nuestro conocimiento, pero confirma la solidez general del recuento que proporcionaba.

No se le escapaba, sin embargo, que el aliento de la utopía comunista, o de otras, persistiría aun después de la defunción de las criaturas que había engendrado. En su último libro, The Dragons of Expectation. Reality and Delusion in the Course of History (tampoco publicado en España), decía que los desastres y peligros del siglo XX no sólo obedecieron a las ideas delirantes que asumieron ciertos partidos y poblaciones, sino también al contagio de tales ideas en las sociedades democráticas, particularmente entre aquellos que se consideran líderes intelectuales o de la clase ilustrada. Conquest, que también fue poeta, cerraba su reflexión con este broche:

Los rebaños de saurios de Occidente todavía vagan por nuestras junglas intelectuales.

¡Y tanto!

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