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Debacle educativa

El paradigma de la excelencia ha sido sustituido por el de la mediocridad; el del conocimiento por el de las competencias; el de los profesores por el de los profes.

El paradigma de la excelencia ha sido sustituido por el de la mediocridad; el del conocimiento por el de las competencias; el de los profesores por el de los profes.
Niños durante una clase en el colegio. | Unsplash/Taylor Flowe

Los últimos resultados del Informe PISA han vuelto a poner de manifiesto el deterioro de los sistemas educativos en Occidente. No estamos ante un fenómeno reciente ni ante un problema que se explique por las decisiones de los últimos años. Sus raíces se encuentran en una profunda transformación pedagógica iniciada hace aproximadamente medio siglo y que en España fue encarnada por figuras como Javier Solana, Maravall, Pérez Rubalcaba y Álvaro Marchesi, los principales impulsores de una transformación educativa en clave socialista, igualitarista, inclusiva, mediocredista, cuyas consecuencias todavía padecemos.

Por eso, la debacle educativa no se resolverá con parches legislativos ni con modificaciones cosméticas de los planes de estudio. Requiere una revolución de sentido contrario a la socialista en la dirección de una recuperación de los principios que fueron desplazados durante estas décadas. Algunos países han comenzado ya a recorrer ese camino. El caso inglés resulta especialmente interesante por la reversión de determinadas políticas educativas y por la recuperación de principios como el conocimiento, la disciplina, la autoridad del profesor y la exigencia académica. Véase la célebre directora de Michaela School, Katharine Birbalsingh (@Miss_Snuffy en X), que defiende los valores conservadores pedagógicos y se presenta como "la directora más estricta de Gran Bretaña".

El paradigma clásico de educación ha sido revolucionariamente sustituido, sin prisa pero sin pausa, por un paradigma posmoderno. No se ha tratado de cambios aislados, sino de una transformación general de los fines de la educación, sus métodos, sus instituciones y, en último término, de la propia concepción del alumno y de la escuela. Una transformación que puede observarse a través de una serie de sustituciones:

El paradigma de la excelencia ha sido sustituido por el de la mediocridad entronizada, bendecida y subvencionada; el del conocimiento por el de las competencias; el de los profesores por el de los profes; el de la racionalidad por el de la empatía; el de la enseñanza por el de la burocracia; el de la autoridad por el de la asamblea; el de la jerarquía por el del colegueo; el del esfuerzo por el de la motivación; el de la verdad por el del relato; el del mérito por el de la justicia social; el de la disciplina por el del acompañamiento emocional; el del pensamiento argumentado por el de la retórica; el del pensamiento crítico por el de la ocurrencia caprichosa; el de la gramática por el del inclusivinés; el de la igualdad de oportunidades por el de la igualdad de resultados; el de la ciencia por el de la opinión; el del método objetivo por el de la experiencia subjetiva; el de la lógica por el del sofisma; el de la historia por el de la memoria personal; el del canon clásico por el del best seller juvenil; el de las humanidades por el de la técnica; el de la tarima por el de la codocencia; el del silencio por el del ruido; el del libro de texto por el del WiFi; el de la evaluación sencilla pero compleja por el de la rúbrica complicada pero simplista; el del suspenso por el de las infinitas convocatorias; el de los gigantes intelectuales por el de los enanos diversos; el de la exigencia por el de prohibido suspender; el del tutor por el del coordinador de bienestar; el del claustro de profesores por infinitos grupos de WhatsApp; el del discurso magistral por el del facilitador de proyectos; el del examen por el de Kahoot; el de la escuela como templo del saber por el de la escuela como guardería y parque de juegos; el del alumno por el del cliente; el del ciudadano crítico por el del consumidor abotargado; el de los deberes por el de la pereza; el de los derechos por el de los privilegios; el de la responsabilidad por el de la victimización; el del límite por el de la tolerancia infinita; el del orden por el de las huelgas absurdas; el de las familias exigentes por el de las tribus que amenazan; el de padres que apoyan a los profesores por el de los que acosan, amenazan e insultan. En suma, el paradigma del Logos por el del Pathos.

No estamos, por tanto, ante una suma casual de cambios metodológicos, terminológicos o legislativos, sino ante una transformación profunda de la idea misma de educación. Lo que ha cambiado no es únicamente cómo se enseña, sino qué merece ser enseñado, qué significa aprender, qué autoridad tiene el profesor, qué obligaciones tiene el alumno y cuál es la función de la institución educativa, de primaria a universidad. El resultado de este desplazamiento ha sido la progresiva sustitución de una educación orientada al conocimiento, al esfuerzo, a la disciplina intelectual y a la formación de ciudadanos por otra centrada en la emoción, la experiencia subjetiva, la satisfacción inmediata y la reivindicación de privilegios. El prohibido prohibir de mayo del 68, fuente de anomia y caos, se ha aplicado en el campo educativo como prohibido suspender a mayor gloria de los matones escolares, los perezosos bostezantes y los analfabetos funcionales. También prohibida la excelencia, el elitismo y los valores universales. Por el contrario, se han potenciado las identidades grupales, el narcisismo de las diversidades y la bajada sistemática del nivel educativo. Recuperar la educación exige mucho más que corregir sus resultados porque implica invertir el sentido de esta revolución pedagógica y volver a colocar el conocimiento y la razón en el centro de la escuela.

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