La princesa Leonor en la Carlos III
En la Carlos III, los profesores con un perfil público más visible son de una orientación claramente izquierdista, cuando no directamente sanchista.
La noticia ha pasado relativamente desapercibida, ahogada entre tantos casos de corrupción, pero creo que merece unas líneas y es que la princesa Leonor ha sido matriculada para estudiar Ciencias Políticas en la Universidad Carlos III de Madrid. La futura jefa del Estado va a pasar los próximos cuatro años de su formación intelectual en un campus concreto, escuchando a unos profesores específicos, leyendo unos manuales determinados. La elección no es trivial. Lo que aprenda allí condicionará, durante medio siglo, la manera en que represente —porque ese es su oficio constitucional— a un país que es plural por definición, pero con una academia que está lejos de serlo. Empiezo por aclarar mi posición.
Conozco la Carlos III. Realicé allí un Máster en Economía, estudié unas asignaturas del grado de Economía y completé los cursos del Doctorado en Derechos Fundamentales cuando la presencia imponente de Gregorio Peces Barba era habitual en el campus de Getafe. Tras una exposición que hice sobre Maquiavelo, el propio Peces Barba me dio unos golpecitos en la espalda a modo de felicitación, lo que era todavía más importante que una matrícula de honor. Guardo de la institución, en lo académico, un recuerdo más que digno, excepcional. En aquella época, hace treinta años, era un experimento académico, como la Pompeu Fabra en Barcelona, para hacer una universidad española pública de élite, comprometida con la excelencia intelectual y el esfuerzo pedagógico. Es decir, justo lo contrario de la destrucción que los ministros socialistas de Educación estaban haciendo con el sistema público, arrasado por el igualitarismo por decreto y la mediocridad como ejemplo. La Carlos III era una universidad joven, dinámica, con una facultad de Economía especialmente solvente y con un departamento de Derecho que ha producido juristas de primer orden, aunque ya entonces escorado a la izquierda.
Aunque sigue siendo, objetivamente, una de las instituciones públicas españolas con mayor nivel académico, el problema concreto hoy es que dicho corrimiento al rojo se ha desatado en todo el orbe académico internacional occidental. En China se da por supuesto, pero en Harvard no tendría por qué ser así. En Occidente cuando se habla de diversidad universitaria se piensa en sexos y géneros, razas y etnias, no en diversidad de cosmovisiones porque se da por supuesto que la única cosmovisión admisible es la relativista, posmoderna, racializada y últimamente decolonial de izquierdas. Llaman al sectarismo "lado correcto de la historia" y lo envuelven en jerga técnica y toneladas de papers revisados por pares que son de la misma cuerda. Para el caso español, bastantes departamentos de Ciencias Políticas y Sociología parecen una mezcla entre el Libro rojo de Mao y los Cuadernos de Gramsci, todo ello pasado por algo de jerga foucaultiano-butleriana y algunos trazos de estadística para adornar, como documentan diversos análisis sobre la endogamia ideológica en las ciencias sociales españolas. Dense un paseo por Ciencias Políticas en la Complutense, algo así como un círculo del infierno de Dante con banderas de Hamás, imágenes del Che Guevara y citas del camarada Lenin. Un ejemplo paradigmático lo ofrece el catedrático de Ciencias Políticas y Sociología José Félix Tezanos, uno de los ejemplos más notorios de politización en la universidad pública española aunque uno de los orgullos del Partido Socialista Obrero Español al haber puesto el CIS al servicio de Pedro Sánchez.
En la Carlos III, los profesores con un perfil público más visible —de Pablo Simón a Ignacio Sánchez-Cuenca, por mencionar a los dos más mediáticos— son de una orientación claramente izquierdista, cuando no directamente sanchista en su apologética cotidiana en redes y tertulias. No es una intuición ni una caricatura ya que basta repasar sus columnas en El País y en eldiario.es, sus libros publicados, sus intervenciones en laSexta, sus mensajes en X. Pablo Simón ha hecho carrera explicando, de manera amena y con datos, por qué cada decisión polémica del Gobierno tenía, en realidad, una justificación racional. Sánchez-Cuenca, intelectualmente menos sofisticado y políticamente más hosco, ha escrito ensayos enteros sobre la decadencia de la derecha española y la mediocridad de sus intelectuales orgánicos —tema legítimo—, sin dedicar libros equivalentes a la decadencia equivalente del sanchismo, que esa sí estaría empíricamente documentada con la misma fuerza. Su obra maestra, nótese la ironía, es La superioridad moral de la izquierda. Esto plantea un problema institucional de primer orden.
Una futura jefa del Estado, cuya función constitucional es precisamente representar a todos los españoles —los de Pedro Sánchez y los de Adolfo Suárez, los castellanos de toda la vida y los catalanes que ya no se sabe muy bien qué quieren, los hijos de Madrid y los de Ceuta, los del IBEX 35 y los del Sindicato de Inquilinos—, está siendo formada intelectualmente en un departamento donde una de las cosmovisiones del país está sobrerrepresentada y las otras apenas existen. No es un problema de las personas concretas. Simón y Sánchez-Cuenca son académicos competentes, leídos, citables. Es un problema de pluralismo institucional. Una universidad pública que pretende formar politólogos para una democracia plural no puede tener un departamento monocolor sin que eso degrade tanto la calidad académica como la salud cívica del país. El silencio de las facultades de humanidades y ciencias sociales españolas ante la deriva sanchista es, posiblemente, uno de los grandes escándalos intelectuales del momento.
En los años setenta, los profesores de derecho, historia y economía se la jugaron, en un sentido literal, por una transición democrática plural. Hoy, la inmensa mayoría se sumaría sin pestañear a cualquier comunicado contra la derecha y firmaría con dificultad uno solo en defensa de la independencia judicial, salvo cuando el ataque a la judicatura proviniera de un Gobierno de signo contrario al suyo. La asimetría es chocante. Los pocos profesores que se resisten a la hegemonía —Manuel Arias Maldonado, Félix Ovejero, Juan Claudio de Ramón, Daniel Gascón, Ricardo Dudda, Aurelio Arteta— son tratados como rarezas, casi como anomalías biológicas en un ecosistema que se ha vuelto unánime. Que la Casa Real, al diseñar la formación universitaria de Leonor, no haya considerado este contexto, o haya considerado que precisamente esa unanimidad ideológica es el ambiente adecuado para una futura jefa del Estado, es una decisión que produce, al menos a mí, estupor si no fuera porque precisamente la monarquía sigue teniendo su talón de Aquiles en la inquina estructural que le tiene la izquierda, por lo que una táctica sería echarse en los brazos ideológicos y el sistema institucional de los que dominan el panorama cultural. No hay más que ver la nómina de los premios monárquicos de Asturias.
¿Qué se podría hacer? Tres cosas, ninguna utópica. En primer lugar, complementar la formación de la princesa con un programa paralelo de tutorías o seminarios privados con intelectuales y juristas de orientación liberal, conservadora y socialdemócrata clásica —los que aún quedan—. Hasta comunistas, que alguno quedará. Cuatro años en un departamento monocolor pueden corregirse con cien horas anuales de conversación con interlocutores plurales. Los nombres están disponibles. La voluntad, aún por verificarse.
En segundo lugar, tratar de que los departamentos sean más plurales, lo que pasaría por revisar su política de contratación. Las facultades de Humanidades y Ciencias Sociales se tiñen cada vez más de perfiles afines al mismo cuadrante ideológico, por lo que no son en realidad facultades, sino brazos académicos de los partidos de izquierda financiados con presupuesto público. Esto no se arregla con cuotas de pensamiento —que sería un disparate—, sino con tribunales de selección plurales y con criterios de excelencia académica genuinos. Como decía, esta endogamia ideológica no es solo española, sino internacional, sobre todo en el ámbito anglosajón donde hay perfiles liberales, socialdemócratas heterodoxos y conservadores ilustrados sobradamente cualificados que llevan años sin pasar los cribados.
Tercera —y esta es la más importante—: que la propia Leonor lea con espíritu crítico, fuera del aula, a los autores que su universidad no le va a poner en el programa: Hayek, Aron, Berlin, Tocqueville, Popper, Scruton, Dahl, Furet, Javier Marías, Madariaga, Federico Jiménez Losantos, Arcadi Espada, Fernando Savater, Félix de Azúa, Antonio Escohotado.... La lectura autodidacta es la mejor universidad que hay para los que han caído en una facultad. Sería como leer a Schopenhauer en Berlín en tiempos de hegemonía hegeliana. O yo mismo en la bonita biblioteca circular de la Carlos III y su sótano leyendo a los liberales que estaban poco menos que proscritos. En una ocasión discutí con Elías Díaz porque este decía que el término "libertario" solo se podía explicar a los anarquistas de izquierda, como si los anarcocapitalistas, de Mises a Rothbard, no existiesen –por supuesto, no solo no los había leído, sino que se negaba a hacerlo. Recuerden, la superioridad moral les conduce a la inferioridad intelectual–.
Esta es la única vía realista de garantizar que dentro de unos lustros, cuando reine, Leonor lo haga con la pluralidad mental y la diversidad intelectual que le exige el cargo. A este paso, igual se nos hace republicana.
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