
No hay duda de que la invasión de Ceuta está siendo un episodio dramático: una humillación a España en la cara y las pantallas de todo el mundo, un bofetón de realidad sobre nuestra posición en el mundo y, sobre todo, un calvario para nuestros compatriotas allí, 85.000 españoles que no se merecen vivir en una ciudad tomada.
Dicho lo anterior, y como ocurre con muchas experiencias traumáticas de la vida, también está siendo una fuente de lo que podríamos llamar interesantes aprendizajes. No digo, por supuesto, que valga la pena pasar por esto –y más que nada que los ceutíes pasen por esto– para que aprendamos estas cosas, sólo que algo bueno podemos sacar de todo este mal.
Por ejemplo, el Gobierno ha dicho y admitido cosas que hasta el 31 de julio eran patrimonio de la extrema derecha más extrema, como que hay decisiones de los países destino que tienen un efecto llamada sobre las masas de inmigrantes. Ellos han señalado a la famosa sentencia del Supremo, es verdad, pero todos sabemos que si hay una decisión que ha tenido ese resultado ha sido regularizar con un ticket de metro y sin necesidad de estar trabajando a 1,2 millones de personas, eso sí que ha sido el puto amo de los efectos llamada, como diría Óscar Puente.
También han explicado con enorme vehemencia muchos ministros o el propio presidente que hay mafias capaces de controlar gigantescos flujos de inmigración ilegal. Toma ya, como se entere el amigo del Open Arms se va a poner de los nervios, cuidado Santi, que Pedro Meloni te pasa por la derecha.
Sin embargo, la verdadera lección para todos, no sólo para el Gobierno, es que los inmigrantes, esos chavalotes que vienen a pagarnos las pensiones, resulta que no son seres de luz: más de 200 han sido expulsados por cometer diferentes delitos; se han denunciado 23 agresiones sexuales; se ha detectado a una decena de yihadistas y se ha atacado ya a tres grupos de militares en otras tantas emboscadas.
Por supuesto que no todos los inmigrantes ilegales son delincuentes, faltaría más, pero hay algunos que sí y ese hecho innegable pone sobre la mesa algo evidente: no puedes dejar entrar a cualquiera a tu país, como no puedes hacerlo en tu casa, es necesario un control, saber que esa persona es quien dice ser y que en su historial no hay nada que deba preocuparnos. Y un detalle importante: además es que tenemos todo el derecho del mundo a ejercer ese control, faltaría más, como les digo es que es nuestro país.
Por otra parte, conviene no engañarse respecto a una cosa que también es bastante evidente, aunque hasta ahora buena parte de los españoles hacía esfuerzos ímprobos para no verlo: si alguien entra ilegalmente en un país, y sobre todo si lo hace violentando una frontera, está claro que no tiene un respeto sacrosanto por la Ley. Y miren, si es a este precio casi prefiero que no me paguen las pensiones, si me permiten la ironía.