Menú

Cómo repartir el billón de Elon: algunas ideas para redistribuidores natos

Analizamos cómo la riqueza del fundador de Tesla podría transferirse a los contribuyentes para reducir el peso del Estado.

Más de un billón de dólares. Es la cifra que circula en redes sociales y medios de comunicación como símbolo de una desigualdad que, según el relato dominante de la izquierda occidental, bastaría con redistribuir para financiar educación, agua potable o sanidad en los países más pobres. El problema es que esa cifra no existe en ninguna cuenta bancaria, no puede transferirse y, si se intentara expropiar, se evaporaría en el proceso. El debate sobre la riqueza de los multimillonarios tecnológicos parte de un malentendido fundamental sobre qué es y cómo funciona el patrimonio.

El caso de Elon Musk es el más ilustrativo. Su fortuna no está compuesta de dinero en efectivo ni de activos líquidos. Es, casi en su totalidad, un paquete de acciones de las empresas que ha fundado: Tesla, SpaceX y otras compañías tecnológicas. La valoración de ese paquete ha pasado de unos pocos miles de millones a más de un billón de dólares no porque Musk haya acumulado más propiedades, sino porque el mercado ha revalorizado esas acciones al alza. Tiene, en esencia, lo mismo que tenía hace 20 años. Lo que ha cambiado es lo que los inversores están dispuestos a pagar por cada título.

La importancia de la gestión

Este detalle es crucial para entender por qué la expropiación no funciona como instrumento redistributivo. SpaceX, por ejemplo, no genera beneficios en su conjunto en este momento. Su valoración bursátil —que es lo que determina el patrimonio de Musk— no refleja lo que la empresa ha producido en el pasado, sino las expectativas de lo que será capaz de generar en el futuro. Esas expectativas están directamente ligadas a la figura de su fundador y a los equipos técnicos y directivos que lo rodean, que tampoco trabajan por salarios modestos.

Si se expropiara SpaceX y se pusiera bajo gestión pública o se repartiera entre los ciudadanos, el resultado no sería un billón de dólares disponible para financiar programas sociales. El resultado sería una empresa en pérdidas, sin el equipo que genera las expectativas de crecimiento, cuya valoración caería hacia cero antes de que pudiera distribuirse nada. El mismo razonamiento se aplica a Google, Apple o Amazon: su valor no reside en los edificios ni en las máquinas, sino en las personas, la organización y las ideas que los inversores creen capaces de generar riqueza futura.

El mito de los superricos

El relato de que una sola persona posee más riqueza que la mitad de la humanidad descansa sobre una metodología que merece un escrutinio que rara vez se le aplica. Los informes que sostienen esa afirmación miden el patrimonio neto, lo que significa que entre las personas más pobres del planeta se cuentan jóvenes estadounidenses con deudas universitarias que trabajan en Wall Street o en hospitales con sueldos elevados. Su patrimonio neto es negativo porque aún no han pagado el préstamo de sus estudios, de modo que estadísticamente aparecen por debajo de quien no tiene nada.

El resultado es que cualquier ciudadano europeo propietario de una vivienda que haya amortizado una parte significativa de su hipoteca tiene más patrimonio que cientos de millones de personas en esa clasificación. Eso no convierte al propietario de un piso en Madrid en un acaparador de riqueza global, pero sí pone en cuestión la utilidad analítica de esas estadísticas para fundamentar políticas redistributivas.

La lista de los grandes patrimonios mundiales refuerza otro argumento incómodo para ese relato: ninguno de los grandes multimillonarios tecnológicos provenía de familias adineradas de forma extraordinaria. Todos ellos eran, con veinticinco o treinta años, personas de clase media que fundaron empresas y asumieron riesgos durante décadas. Su riqueza no se acumuló expropiando a nadie; se construyó creando productos y servicios que el mercado global valoró.

La paradoja del discurso que combina la promesa de que la tecnología nos liberará del trabajo con la expropiación de quienes desarrollan esa tecnología es que ambas ideas se anulan mutuamente. Si los incentivos desaparecen, también lo harán los desarrollos que se prometían como solución. Esa contradicción raramente se aborda en el debate público con la claridad que merece.

El análisis completo, con los datos sobre composición del patrimonio de los grandes fortunas y el debate sobre redistribución y tecnología, está disponible en La Pizarra de Domingo Soriano, que puede seguirse en las principales plataformas de podcast y en el canal de YouTube de Libertad Digital.

Temas