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La inversión en el espacio es el próximo internet

El sector aeroespacial promete revolucionar la economía global con retornos reales y un crecimiento sin precedentes para el capital privado.

El sector aeroespacial promete revolucionar la economía global con retornos reales y un crecimiento sin precedentes para el capital privado.
Europa Press

La inversión en el sector espacial se ha convertido en una de las apuestas más populares de Wall Street. La salida a bolsa de SpaceX en junio fue la mayor de la historia. La acción se disparó inicialmente tras su debut, alcanzando máximos superiores a los 225 dólares por título, pero desde entonces ha caído por debajo de los 135 dólares de su precio de colocación por primera vez. Desde sus máximos, el valor ha perdido ya alrededor del 42%, poniendo de manifiesto la extraordinaria volatilidad que puede seguir incluso a las ofertas públicas más celebradas.

Como explica mi último libro, New Space Capitalism, la inversión espacial se ha convertido en una de las operaciones favoritas de los mercados financieros. SpaceX protagonizó la mayor OPV de la historia y, tras una fuerte subida inicial, devolvió gran parte de esas ganancias en cuestión de días. Rocket Lab, después de una espectacular revalorización durante los dos últimos años, ha sufrido correcciones superiores al 30%. Planet Labs presenta una historia similar: ganancias extraordinarias seguidas de dolorosos retrocesos.

Para muchos inversores, la conclusión parece evidente: estamos ante otra burbuja. Pero la verdadera cuestión no es si el sector espacial comercial contiene excesos especulativos. Prácticamente todas las tecnologías transformadoras los han tenido. La pregunta realmente importante es qué tipo de burbuja estamos observando. La historia financiera sugiere que existen dos categorías fundamentalmente distintas.

La primera es una burbuja sin sustancia económica duradera. El ejemplo clásico es la tulipomanía holandesa de 1636 y 1637. Los precios de los bulbos de tulipán más raros alcanzaron niveles absurdos antes de desplomarse. Cuando terminó la fiebre especulativa, nada fundamental había cambiado. Los tulipanes seguían siendo flores. No había surgido ninguna nueva industria. No se produjo ninguna revolución tecnológica. Los inversores perdieron dinero y la historia siguió adelante.

La segunda clase de burbuja es muy diferente. En ella, los inversores se entusiasman de forma desmedida con una tecnología cuya importancia a largo plazo identifican correctamente, pero cuyo valor a corto plazo sobreestiman de manera dramática.

El auge de Internet a finales de los años noventa ilustra perfectamente esta diferencia. Entre 1995 y comienzos de 2000, el índice Nasdaq se revalorizó más de un 400%. Empresas con escasos ingresos y sin beneficios alcanzaron valoraciones multimillonarias. Cuando la realidad terminó imponiéndose, el Nasdaq perdió cerca del 80 % de su valor y miles de compañías de Internet desaparecieron.

En aquel momento, muchos observadores concluyeron que Internet había sido poco más que una nueva tulipomanía. Sin embargo, la historia difícilmente podría haber emitido un veredicto más devastador contra aquella predicción.

La burbuja estalló. La revolución no

Amazon perdió más del 90 % de su valor bursátil durante el estallido de la burbuja puntocom. Hoy genera más de medio billón de dólares en ingresos anuales y ha transformado profundamente el comercio mundial.

Google, fundada apenas dos años antes del pico de la burbuja, se convirtió en el motor de búsqueda dominante del planeta y construyó probablemente el negocio publicitario más rentable jamás creado.

Meta ni siquiera existía durante el auge de las puntocom. Fundada en 2004, se convirtió en una de las empresas más valiosas del mundo porque la infraestructura de Internet financiada durante los años de la burbuja hizo posible su modelo de negocio.

Los inversores que compraron muchas acciones tecnológicas en 1999 a menudo perdieron fortunas. Pero quienes concluyeron que Internet era simplemente una moda pasajera cometieron un error aún mayor.

El sector espacial comercial

Elon Musk ha reducido los costes de lanzamiento aproximadamente un 95% en comparación con el antiguo transbordador espacial. A lo largo de la historia, las reducciones drásticas de los costes de transporte han marcado con frecuencia el inicio de grandes transformaciones económicas. La llegada del ferrocarril en el siglo XIX redujo enormemente el coste de mover personas y mercancías, creando mercados nacionales e impulsando la industrialización. Del mismo modo, la fuerte caída de los costes del transporte marítimo gracias a la contenerización revolucionó el comercio global y aceleró décadas de crecimiento económico.

La economía espacial ya no es una visión futurista. Es una parte esencial de la economía global actual. La vida moderna depende de infraestructuras espaciales de formas que la mayoría de las personas ni siquiera perciben. Las redes de satélites hacen posible la navegación GPS, permiten las comunicaciones globales, respaldan las transacciones financieras mediante señales de sincronización precisas, facilitan las predicciones meteorológicas, conectan regiones remotas a Internet y proporcionan los datos de observación terrestre de los que dependen diariamente la agricultura moderna, la gestión de catástrofes y la monitorización ambiental.

El capitalismo espacial también es una realidad. En 2025 se registraron 324 intentos de lanzamiento orbital en todo el mundo, de los cuales SpaceX realizó 165, más de la mitad del total. Las empresas privadas ya generan ingresos significativos mediante comunicaciones satelitales, observación terrestre, servicios de navegación y operaciones de lanzamiento. La era en la que los gobiernos dominaban el espacio ha dado paso a una nueva etapa de capitalismo espacial, en la que empresarios e inversores privados impulsan la innovación y la inversión.

Otra oportunidad prometedora son los centros de datos espaciales. Los centros de procesamiento de datos situados en órbita podrían beneficiarse de la abundante energía solar y ofrecer ventajas para determinadas redes de satélites. A medida que la inteligencia artificial incrementa de forma exponencial la demanda mundial de capacidad de computación, los avances en gestión térmica podrían convertir los centros de datos orbitales en un complemento importante de las infraestructuras terrestres.

Las oportunidades más ambiciosas

Se cree que los asteroides contienen enormes cantidades de metales del grupo del platino (PGM), entre ellos platino, paladio, rodio, iridio, rutenio y osmio, lo que podría crear fuentes completamente nuevas de suministro. El turismo espacial, por su parte, sigue siendo accesible únicamente para los muy ricos, pero lo mismo ocurría en los primeros tiempos de la aviación, antes de que el progreso tecnológico y la competencia hicieran posible que millones de personas viajaran en avión.

El principal obstáculo para la siguiente fase del desarrollo espacial no es tecnológico, sino económico y jurídico. El avance decisivo llegará cuando emprendedores e inversores puedan obtener derechos de propiedad seguros sobre los activos extraterrestres.

Aunque el Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre prohíbe la soberanía nacional sobre los cuerpos celestes, no aborda explícitamente la propiedad privada. Esa ambigüedad legal podría dar lugar algún día a una especie de "ocupantes espaciales", similares a los pioneros que reclamaban tierras en el Oeste americano antes de que existieran derechos de propiedad formalmente establecidos.

Si individuos y empresas pudieran poseer terrenos en la Luna o Marte, o reclamar y desarrollar asteroides, estos activos podrían financiarse, intercambiarse en mercados y hasta integrarse en sociedades inmobiliarias cotizadas (REITs). A lo largo de la historia, los derechos de propiedad seguros han transformado fronteras inhóspitas en economías prósperas. El espacio no será una excepción. Las barreras son principalmente legales y económicas, no tecnológicas.

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