Cada año, millones de personas en todo el mundo donan dinero a organizaciones benéficas. Pocas se preguntan si esa donación sirve para algo o qué podría haberse hecho con ese dinero para salvar más vidas. Además, algunas personas sienten cierto escepticismo hacia este tipo de organizaciones.
Esta semana, en Economía para Quedarte sin Amigos, contamos con Pablo Melchor, presidente de la Fundación Ayuda Efectiva, para aplicar al mundo de la filantropía los mismos principios de eficiencia y coste-efectividad que se aplican a cualquier decisión económica racional. Melchor ha publicado Altruismo racional: por qué podemos ayudar más y cómo hacerlo mejor.
Y es que la mayoría del dinero que se dona en el mundo se gasta mal. No necesariamente por corrupción —aunque también existe—, sino por algo más difícil de corregir, como la ausencia de medición real. Las campañas emocionales, la foto del niño apadrinado, el telemaratón o la tragedia del momento mueven mucho dinero hacia destinos que nadie ha analizado con rigor. La pregunta que plantea el altruismo eficaz es tan simple como radical. Si tu objetivo es ayudar a la gente, ¿no deberías asegurarte de que tu ayuda funciona?
Según los hallazgos de GiveWell, el evaluador independiente que dedica 70.000 horas de investigación al año a identificar las intervenciones más coste-efectivas del mundo, sus conclusiones pueden resultar contraintuitivas, pero son, al mismo tiempo, radicales. Por ejemplo, una mosquitera tratada con insecticida, que cuesta seis euros, puede proteger a un niño de la malaria. Una gota de vitamina A al año, cuyo precio es de dos euros por niño, reduce la mortalidad infantil por todas las causas en torno a un 10%. Incentivar a las madres con el equivalente a un euro para que acudan a vacunar a sus hijos —recorriendo a veces trece kilómetros a pie— ha resultado ser una de las intervenciones más eficaces jamás documentadas. La bolsa de lentejas que parece irrisoria desde un despacho en Madrid es exactamente lo que necesita alguien cuya jornada entera vale menos que eso.
Otro de los aspectos más problemáticos en la ayuda humanitaria es la donación del dinero en efectivo. Dar efectivo directamente a las personas más pobres genera en muchos sectores una resistencia instintiva: ¿y si lo gastan en alcohol? Los datos, comprobados en estudios en varios países, dicen lo contrario. El paternalismo que guía buena parte de la ayuda internacional niega a los más pobres la misma autonomía que consideramos obvia para nosotros mismos.
Asimismo, hay que tener en cuenta la diferencia que hay entre los objetivos, ya que no es lo mismo construir pozos que garantizar acceso a agua limpia. Tampoco es lo mismo escolarizar niños que educarlos. El ejemplo de la India, donde algunos profesores cobraban su sueldo público mientras subcontrataban a otro por la mitad para ocupar su silla, resume perfectamente el problema. Cuando mides lo que es fácil medir —niños en un edificio al que llamamos escuela—, obtienes eso exactamente, y nada más.
Además, los gobiernos no tienen ningún incentivo para ser eficientes en Níger. Allí no hay votantes. La ayuda al desarrollo institucional aglutina programas extraordinariamente útiles junto a un espumillón de gasto con impacto mínimo, y eliminarlos de golpe destruye también lo que funcionaba. La alternativa que propone Pablo Melchor pasa por tomar el control, informarse, medir y donar con el mismo rigor con que se analiza cualquier inversión.
Para profundizar en estas ideas y conocer el análisis completo sobre el altruismo racional, te invitamos a escuchar el episodio completo de Economía para Quedarte sin Amigos, disponible en todas las plataformas de podcast y en el canal oficial de YouTube.
