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José García Domínguez

Una ley de claridad para Cataluña

El razonamiento implícito resulta impecablemente obvio. Si Canadá se puede romper, Quebec también se puede romper. Yo les aceptaría en envite.

El razonamiento implícito resulta impecablemente obvio. Si Canadá se puede romper, Quebec también se puede romper. Yo les aceptaría en envite.
El presidente de la Generalidad, Pere Aragonès. | Europa Press

Desde que personalmente me independicé de Cataluña, acto soberano de autodeterminación que ocurrió hace algo más de un par de años, mi opinión sobre una eventual secesión de ese lugar ha cambiado. Y no se me escapa que el motivo tiene que ver con el final del hastío fruto de soportar a la tropa de base del indigenismo militante. Porque lo que termina transformando en un huésped inoportuno, en algo ingrato tu propia vida cotidiana, no es el Poder con mayúscula, sino el roce constante con toda su gentecilla subalterna, menor y secundaria, la que forma la comunidad callejera de los creyentes convencidos.

El vecino borde que nunca te saluda en el ascensor porque sabe que escribes en la prensa espanyola, el dependiente de esa tienda de la esquina que se niega a hablar en castellano al inmigrante ecuatoriano que a duras penas entiende la mitad de lo que dice, el funcionario chupatintas de la Generalitat que se dirige a ti llamándote Josep cuando acaba de leer claramente en tu DNI que te llamas José, el hijo y nieto de andaluces que vuelve a explicarte otra vez más que los andaluces son todos unos vagos que quieren vivir de nuestros impuestos sin trabajar…

Cuando repitan el 1 de Octubre, el país más grande de Europa, que es uno que se llama Rusia, reconocerá al instante la independencia de Cataluña. Y sus varios satélites, también lo harán. Y si eso ocurre siendo ya Escocia un estado soberano, España, no nos engañemos, lo va a tener muy mal. De ahí que quizá haya que ir pensando en serio en la Ley de Claridad de Canadá, esa misma a la que acaba de apelar Aragonès. Y es que, si alguna vez tocase negociar la independencia tras una consulta popular, conviene saber que la Ley de Claridad establece que antes se tendría que reformar la Constitución de Canadá. Pero lo más interesante es que esa norma deja muy abierta la posibilidad de, llegado el caso, proceder a modificar las actuales fronteras de Quebec. Y el razonamiento implícito resulta impecablemente obvio. Si Canadá se puede romper, Quebec también se puede romper. Yo les aceptaría en envite.

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