
No hay un mediador internacional en la franja de Gaza, pero lo va a haber en Barcelona. Pedro Sánchez Castejón ha renunciado así a ocupar un lugar mínimamente honorable en las páginas de los manuales de historia de España que algún día tendrán que estudiar sus nietos en el colegio. Si bien lo más triste es que ese hombre acaba de vender su alma, y de paso nuestra dignidad colectiva como nación, a cambio de bien poco; con toda probabilidad, de apenas unos cuantos trimestres más en la Moncloa. Y es que, sobre ese particular, el enunciado literal del ultimo párrafo del pacto suscrito con Junts aporta una claridad meridiana: Puigdemont dejará caer al Gobierno en cuanto perciba la menor reticencia por su parte a cometer en el BOE cuanto se acordó en suelo extranjero para reconsiderar el significado efectivo de la palabra soberanía en relación al Reino de España.
Un gobernante sobre cuya persona recae la responsabilidad de manejar las riendas del país acaba de bendecir un documento donde se afirma que Cataluña y España mantienen un conflicto político permanente desde el año 1714, hace más de tres siglos; que los responsables de la fractura de la paz civil y de la ruptura del orden legal en Cataluña, hechos todos ellos ocurridos a lo largo de los últimos tres lustros, fueron los magistrados del Tribunal Constitucional que firmaron la sentencia del Estatut, no los cabecillas de los sublevados en octubre de 2017; y que los jueces y magistrados ordinarios de nuestra democracia practican de modo habitual el lawfare.
Bonita palabra inglesa, esa a la que se han abonado Sánchez y Puigdemot en las últimas horas, que en muy precisa definición del notario Javier Gomá resulta ser exactamente igual que la tapa de un báter: debajo solo hay mierda. ¿Y a qué ha renunciado el prófugo a cambio de esa íntegra aceptación por parte del Gobierno de España de la definitiva legitimidad política, moral e histórica del separatismo catalán? Empezando por la unilateralidad, delicado eufemismo para designar a los golpes de estado, a absolutamente nada. Pobres nietos.
