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Pablo Planas

Las derrotas de Carles Puigdemont

El presidente que proclamó una república y regresa con el objetivo de presidir una región. En el mejor de los casos le espera una amarga victoria.

El presidente que proclamó una república y regresa con el objetivo de presidir una región. En el mejor de los casos le espera una amarga victoria.
Carles Puigdemont. | Cordon Press

La primera derrota de Carles Puigdemont fue aceptar ser presidente de la Generalidad con unos consejeros nombrados por Artur Mas y Oriol Junqueras que se dedicaron a traicionarlo desde antes incluso de la toma de posesión. Puigdemont, el más independentista de todos, asumió el papel de testaferro de Mas en la convicción de que tras de sí había unos preparativos muy avanzados para la desconexión con el resto de España. De hecho, eso es lo que más o menos se le vino a insinuar hasta poco después de la celebración del referéndum ilegal, cuando el único paso que restaba era aprobar los decretos elaborados a la luz de la ley de transitoriedad y arriar las banderas de España del parlamento y el palacio de la Generalidad.

Aquel octubre de 2017 fue un mes horrible para Puigdemont, que se encontró al frente de una especie de banda de Pancho Villa pero sin el cuajo ni el valor necesarios para transformar las proclamas en la independencia. El principal argumento que se le ofreció para no convocar elecciones autonómicas y evitar la aplicación del artículo 155 de la Constitución fue que con qué cara iban a mirar a sus hijos los consejeros, alcaldes y activistas que habían prometido la independencia. De modo que no se atrevían a dar la cara en casa, pero tampoco frente al Estado del que se habían estado riendo durante años a mandíbula batiente.

Aceptar las elecciones del 155 fue la segunda derrota de Puigdemont. Ni la CUP, plagada de revolucionarios del barrio de Gracia, de niños mal de familias bien de Sarriá-San Gervasio y la Bonanova, dijo ni pío tras la estupefacción inicial. ¿Elecciones? Pues elecciones y todos los partidos republicanos de la Cataluña independiente a participar en unos comicios convocados por el Estado enemigo y represor. Un chiste.

Más derrotas. Ciudadanos ganó aquellas elecciones, pero la suma de fuerzas independentistas impidió que el partido pudiera traducir la victoria en poder. Sumaban más los partidos independentistas, con Puigdemont a la cabeza. Pero ahí le vino una derrota más. Los republicanos se quedaron la presidencia del Parlament y fue Roger Torrent quien hizo todo lo posible y lo imposible por abortar la investidura de Puigdemont con la excusa de que eso podía tener consecuencias. Claro, las mismas que había tenido para los Jordis o los consejeros que no se escaparon: la cárcel.

Años de vagar por Europa como un paria han comportado más derrotas para Puigdemont. Detenido y encarcelado en Alemania durante diez días. Detenido y encarcelado en Italia durante unas horas. Repudiado por ERC. Siempre pendiente de los tribunales, convertido en una especie de friki por algunos de los que fueron sus compañeros de viaje a ninguna parte, ridiculizado y caricaturizado también en los medios catalanes. La única buena noticia que ha recibido en siete años es la carambola electoral del pasado 23 de julio que le ha permitido forzar a Sánchez para lograr la amnistía. ¿Y para qué? Pues para poder volver a España como presidente autonómico si gana las elecciones u obtiene otra choque de bolas que le permitan optar a la investidura. Él, Puigdemont. El presidente que proclamó una república y regresa con el objetivo de presidir una región. En el mejor de los casos le espera una amarga victoria. Y eso si la amnistía no descarrilla en el ancho de vía europeo.

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