
Parece que así es. Los hechos han sido tan cuestionados, manipulados, torturados o tan mezclados con ficciones, con deformaciones o con tergiversaciones, que pocos saben ya qué son en realidad los hechos relevantes para la vida. Se esperaba que en esta época de floración lógico-científica-técnica lo normal sería tener a la vista la totalidad provisional de los hechos y que las palabras que los describen y representan fueran cada vez más unívocas y precisas. Pero no, volvemos a la fe del carbonero, fe ciega, inmune al impacto de la realidad, de la que se duda o desconfía o se antoja imposible de conocer. Es el arte de la manipulación elevado a los altares.
Por una parte, sabido es que los especialistas en cualquier cosa - es imposible serlo en todas las cosas -, pueden saber algo o bastante de los campos que estudian, pero no saben apenas nada de los hechos y conceptos de las miles de disciplinas que escapan a su estudio. ¿Qué sabe un químico de física de partículas? ¿Qué un ingeniero de literatura comparada? ¿Qué un periodista de casi nada?
Por otro lado, la estúpida manía de dar a conocer a gran velocidad todo lo que se estudia sin tener en cuenta el rigor de los procesos, de los procedimientos y de los resultados hace que lo que se expongan sean hipótesis más o menos serias sobre materias varias pero no teorías coherentes y contrastadas.
Tomemos por caso la alimentación. Recuerdo que de niño se decía que el aceite de oliva era muy malo para la salud, que el pescado azul había que rechazarlo por nocivo y que comer sin pan era un pecado mortal. Año después se dijeron otras cosas bien contrarias. Ahora, día sí y día también, según las publicaciones y los laboratorios, alimentos y productos cambian de valoración sin otra explicación salvo la de ser "estudios rigurosos" que nadie cree estén al margen de los fabricantes o distribuidores. Véanse los amores y desamores del colesterol y los huevos.
Se dirán que a qué viene esto. Pues viene a lo de las elecciones de Castilla y León que van a celebrarse el próximo domingo. Según todas las encuestas conocidas, el PP se queda como está, Vox sube bastante y el PSOE pierde un poco pero nada del otro mundo. Un escaño o dos. O sea, que los votantes socialistas de la región no consideran hechos creíbles, mucho menos probados, todo lo que la prensa, radio, TV, YouTube y otras redes, han publicado sobre el PSOE en los últimos años de escándalos sucesivos.
¿Cómo es posible? Sencillamente, porque cada vez más ciudadanos desconfían, desconfiamos, de que sea posible conocer con precisión y desinterés los hechos. Ni nos fiamos de su desnudez aparente, ni nos fiamos de sus vestiduras mediáticas. La nueva teología popular de la sospecha crece por todas partes. Según sea el origen de su exposición, los consideramos ciertos o falsos, sin más.
Todo lo que se ha publicado recientemente sobre José Luis Rodríguez Zapatero, que nació en Valladolid, debería ser motivo suficiente para no votar jamás a este PSOE. Viajes secretos, dineros negros, amor a algunas dictaduras, negocios oscuros, comisiones, hijas implicadas… Todo parece vomitivo. Pero cuando desaparece la convicción en la veracidad de los hechos, aparece de nuevo y en todo su esplendor la fe del carbonero. Todo eso son cosas de la prensa de las derechas y, como me decía una panadera de mi pueblo, "yo sólo creo en El País".
Por eso no es de extrañar lo que está pasando. La desconfianza en que podamos conocer la realidad sin aditivos y la extraordinaria lluvia gorda de interpretaciones diferentes o confusiones extendidas sobre los hechos que se presentan como tales, hace que, al final, uno paralice su sentido crítico y su deseo de verdad para volver a la parroquia de toda la vida, vacunado ya contra la racionalidad y la convicción moral.
Cuando además, se favorece desde el poder político amigo la idea de que los demás, ellos, están enfangándolo todo, el plato está servido. Sólo es real lo que mis amigos y mi iglesia dicen que es real. Lo razonable no juega este partido porque ha sido descalificado. (Peor aún es cuando se justifican los desmanes con jaculatorias tales como: "Ya era hora de que no se forraran siempre los mismos. Es nuestro turno.")
Incluso a veces, como acabamos de comprobar en el caso de la ¿analista? sanchista Sarah Santaolalla, ni siquiera se aceptan como prueba contundente unas imágenes claras como el agua de las que resulta evidente para cualquiera, menos para ella y sus paganos, que no sufrió agresión alguna por parte de Vito Quiles. ¿Y qué? Una escayola bien puesta, un barullo clínico, la amplificación oficial y el enredo de diseño, lo han hecho aparecer como agresor. Menos mal que estaba grabado, pero aún así...
Por ello, y aceleradamente, estamos cada día más tentados en refugiarnos en la fe del carbonero, bien hispánica que decía Manuel García Morente, el único consuelo que nos queda ante la confusión, premeditada o no, que nos asola. En ella coincidimos con los nuestros y desdeñamos a los Hotros.
¿Qué podemos hacer ante este cataclismo para la democracia?¿Cómo recuperar el prestigio de lo verdadero y de los hechos mismos? Pues no lo sé. Pero deduzco que sólo esto explica que el PSOE no desaparezca por el desagüe de la Historia. A sus fieles les da igual lo que sus élites hagan porque sólo están atentos a lo que les digan. O sea. (Y en los demás, tres cuartos de lo mismo).
