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Amando de Miguel

El sorprendente antifranquismo de la izquierda

El antifranquismo hodierno y traspapelado se concreta en la "ley de memoria histórica" de Zapatero, luego, reconsiderada, para mayor inri, como "ley de memoria democrática".

Amando de Miguel
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El antifranquismo hodierno y traspapelado se concreta en la "ley de memoria histórica" de Zapatero, luego, reconsiderada, para mayor inri, como "ley de memoria democrática".
Manifestación por la "memoria histórica" en Sevilla | EFE

Es claro que, a la izquierda española, en sus distintas versiones, se le acaban las ideas. La cosa es grave, porque, en una política sana, se necesitan vigorosos partidos a la izquierda y a la derecha.

La izquierda española actual se encuentra hora de conceptos; sus pensadores clásicos ya no sirven para entender el mundo actual. Nuestros gobernantes y gobernantas deberían haber estudiado un poco más. Así, que la salida de pata de banco es desarrollar una sistemática campaña de acoso al franquismo, eludiendo el detalle de que Franco murió hace cuarenta y tantos años. No importa, "a moro muerto, gran lanzada", se dice para expresar el aparente valor del guerrero acabado.

No es fácil explicar este contrasentido del artificioso antifranquismo de la izquierda española actual. Puede que responda a las trazas de autoritarismo, tan características del Gobierno socialista-comunista-separatista. Se hallan muy lejos de sus iniciales aspiraciones socialdemócratas, más verbales que otra cosa. En el fondo, muy subrepticiamente, los socialistas actuales quisieran lavar la culpa colectiva de que sus antecesores, en tiempos de Franco, no fueran los adalides de la oposición. Sin ir más lejos, como símbolo, Felipe González no pasó por la cárcel.

El antifranquismo hodierno y traspapelado se concreta en la "ley de memoria histórica" de Zapatero, luego, reconsiderada, para mayor inri, como "ley de memoria democrática". Parece una ilustración caricaturesca de la novela crítica de Orwell en 1984. Consiste en el denodado esfuerzo por borrar de la historia los 40 años de Franco y su régimen. Se arrumban estatuas y monumentos, se alteran los nombres de las calles, se intenta que los españoles se olviden de cuatro décadas de su historia reciente. En el fondo, se trata de reescribir la historia "como si" el franquismo no hubiera existido, incluidos, los últimos lustros de desarrollo económico. Es más, ese caprichoso empeño totalitario lleva a exaltar la II República con el oculto deseo de restaurarla, es de suponer, que sin sus sonoros fracasos.

Lo malo de este desvarío intelectual del prepóstero antifranquismo es que significa el exterminio de la Transición democrática. En cuyo caso, se fomenta (otra vez, ¡Dios mío!) la dialéctica de la guerra civil de 1936. Que no la ganó Franco, sino que la perdió la República, con los socialistas, comunistas y separatistas al frente. No puede ser más desgraciado un empeño de tal guisa.

Lo peor es que el nuevo antifranquismo se ve acompañado de una verdadera hecatombe económica, para la cual el Gobierno socialista-comunista-separatista carece de recetas. El último Gobierno de la Transición fenece en medio de un clima de protestas inéditas de distintos conjuntos profesionales, desde los policías a los trabajadores industriales y los agricultores. La justificación de tales desasosiegos es el inesperado aumento de las tasas anuales de inflación más la subida de los impuestos de toda índole. Se sigue suponiendo que el aumento de los precios va a ser del 2% anual, cuando la realidad triplica ese cálculo y la brecha se seguirá ampliando. Por tanto, no salen las cuentas de las previsiones oficiales. Tampoco cuadran las cifras declaras del desempleo. Aunque, retocadas, superan a las de la mayor parte de los países europeos. Es decir, hay una proporción desusada de empleados insatisfechos con las condiciones de su trabajo, especialmente, los jóvenes. Lo malo es que, también, se encuentran descontentos los empleadores, pues necesitarían personas más calificadas y con mayor espíritu de esfuerzo.

Puestos a rememorar los tiempos anteriores al franquismo y la guerra civil, no debe olvidarse el fracaso de la República. El cual se debió, en primera instancia, a que los gobernantes de entonces no se percataron de la crisis económica, que se les había venido encima. Claro, que, entonces, había poquísimos políticos y altos funcionarios con formación económica. En cambio, ahora, por primera vez en la historia, nuestro amado presidente del Gobierno es doctor en Economía. Es una esperanza.

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