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La autodestrucción del PP

La regeneración política del PP es muy difícil, por no decir que imposible.

Cayetano González
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El partido que teóricamente debería aglutinar al votante del centro-derecha en España está herido de muerte ante lo que más importa en un régimen democrático: la opinión pública. Después de una semana horribilis, siendo portada cada día por casos de corrupción, empieza la actual con la Operación Púnica, una trama de corrupción en el ámbito municipal y autonómico que de momento se ha saldado con la detención de 51 personas, entre ellas el que fuera vicepresidente de la Comunidad de Madrid y secretario regional del PP Francisco Granados, el presidente de la Diputación Provincial de León y miembro del PP Marcos Martínez y cuatro alcaldes populares de la Comunidad de Madrid: los de Valdemoro, Collado-Villalba, Torrejón de Velasco y Casarrubuelos.

A pesar de todo lo que se ha conocido sobre el clan Pujol, los ERE de Andalucía, el enriquecimiento del dirigente del sindicato minero de la UGT en Asturias, el PP ha tenido la habilidad de conseguir ser percibido como un partido donde cada día aparece un nuevo corrupto, donde no se reacciona o se hace tarde y mal contra este cáncer, donde no se toman decisiones contundentes para apartar de los cargos públicos a quien se ha enriquecido personalmente, donde nadie de la cúpula asume responsabilidades políticas ante los sucesivos escándalos, algo que en cualquier otra organización o empresa sería inmediato...

No tenía ya bastante el PP con el vaciado ideológico al que le han sometido en los últimos años Rajoy y su actual dirección; no eran ya suficientes los sucesivos incumplimientos de su programa electoral –el último, la retirada de la reforma de la ley del aborto–; no debía de parecer importante la renuncia a dar la batalla en cuestiones relevantes como el desafío separatista de Cataluña o el haber traicionado a las víctimas del terrorismo y a la mayoría de la sociedad española poniendo en libertad al terrorista Bolinaga: encima, ahora, el PP es presentado como "el partido de la corrupción", en palabras del actual secretario general de PSOE, César Luesma, que por otra parte debe de pensar que lo suyo en Andalucía es un pellizco de monja.

Mariano Rajoy Brey puede pasar a la historia como el dirigente del mayor partido de centro-derecha que ha habido nunca en España que, tras haber logrado una holgada mayoría absoluta hace sólo tres años, consigue, desde la Presidencia del Gobierno, liquidar y hundir ese proyecto político, dejando huérfana y sin referencia ideológica a una parte importante de la sociedad española.

El PP lo va a pasar mal, muy mal, electoralmente hablando, en las elecciones municipales y autonómicas del próximo mes de mayo. La debacle, la pérdida de poder municipal y autonómico lleva camino de ser espectacular. Aun así, y visto cómo está el de momento otro gran partido nacional, el PSOE, los populares pueden ser los más votados en las próximas elecciones generales: hasta un ciego ve que Rajoy, aunque sólo fuera por puro interés personal, debería adelantar los comicios y evitar de esa forma el frente popular que se va a ir conformando tras las municipales y autonómicas. Pero los caminos del político gallego son inexpugnables, y además cuenta para ello con la inestimable e impagable, en sentido metafórico por supuesto, ayuda de Pedro Arriola.

El PP ya nunca volverá a ser lo que fue cuando gobernó brillantemente, en líneas generales, durante ocho años. Clarísimamente desde el Congreso de Valencia de junio de 2008, sus dirigentes se han empeñado con tesón en ir dilapidando ese proyecto político. Y lo han conseguido.

La regeneración política del PP es muy difícil, por no decir que imposible. Primero tendrán que perder el poder y a partir de ahí iniciar una nueva andadura con las actuales o con nuevas siglas y, sin ninguna duda, con nuevos dirigentes, que de momento no se atisban en el horizonte. Porque una cosa es que la vicepresidenta Soraya pueda estar jugando y enredando con la ayuda de sus amigos de Prisa a ser la sucesora de Rajoy, o que Núñez Feijoo albergue esperanzas de lo mismo, y otra muy diferente es que el proceso destructivo al que se encamina el PP no exija algo completamente diferente, donde no puedan desempeñar papel relevante alguno ninguno de los actuales dirigentes nacionales o autonómicos.

Lo dicho: la responsabilidad de Rajoy por lo que está pasando y queda por llegar en el PP es histórica, y lo pagará en las urnas. Mientras tanto, no estaría de más que, aparte de suspender de militancia a los que van siendo imputados por casos de corrupción, alguien de la cúpula de Génova, por ejemplo la secretaria general del partido, tenga la decencia de dimitir; aunque, bien pensado, siempre se ha dicho, y es verdad, que el PP es un partido presidencialista. ¿Por qué va a tener que dimitir la número dos si el número uno, cuando habla a los militantes, se refiere a los casos de corrupción que asuelan su partido como "esas cosas que os preocupan"? Al menos, la reacción de Esperanza Aguirre reconociendo que sentía vergüenza de presentarse ante los ciudadanos tras lo conocido este lunes de la Operación Púnica y pidiendo perdón por haber nombrado a Francisco Granados marca una clara diferencia con lo dicho por Rajoy, aunque para muchos ciudadanos pueda resultar insuficiente. La gente, como la propia Aguirre ha enfatizado, está muy, pero que muy harta. Y los votantes del PP, especialmente.

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