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El bicho racista en la fruta

El bicho racista no acaba de aparecer ahora en la fruta melosa del nacionalismo catalán. No es un extraño corruptor de la carne cívica de esa fruta intachable. Siempre ha estado ahí.

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Quim Torra | Ómnium Cultural/Archivo

Lo de Quim Torra, lo de sus artículos y tuits rezumantes, no puede coger a nadie por sorpresa. Será sorpresa para quienes, desde lejos o desde cerca, creyeran en el tópico elaborado por el nacionalismo catalán de nuestro tiempo. En eso de que, vale, quizás el nacionalismo vasco era etnicista –ahí estaba el esqueleto de Sabino Arana, nunca retirado, para confirmarlo–, pero el catalán, hombre, ¡por Dios!, ése era un nacionalismo cívico, un nacionalismo civilizado, un nacionalismo transversal y acogedor, dedicado, eso sí, a lo de la pela. Era el tópico amable encerrado en el lema de que es catalán "el que vive y trabaja en Cataluña". Al que añadían por lo bajini: "Y que quiere serlo".

Pero no. El bicho racista no acaba de aparecer ahora en la fruta melosa del nacionalismo catalán. No es un extraño corruptor de la carne cívica de esa fruta intachable. Siempre ha estado ahí. La singularidad del recién elegido presidente de la Generalitat es que, entregado al frente cultural, espoleado por la necesidad agitativa, llevado por la sensación de seguridad propia de los ambientes cerrados o por lo que fuera, que no vamos a hacerle el psicoanálisis, el hombre se soltó y puso negro sobre blanco, sin complejos, aquello que otros decían sólo cuando se descontrolaban.

El bicho viene con la fruta. Desde el principio. No hay más que leer a los precursores, a los padres doctrinales del nacionalismo catalán. Es habitual remitirse al contexto histórico para quitarle hierro a su basamento racista, pero si se ponen hoy sus ideas esenciales –y esencialistas– al lado del proyecto del nacionalismo catalán de nuestra época lo difícil es no ver correspondencias.

"Así pues, no podemos ser mandados por los que nos son inferiores. De ahí la potencia del catalanismo. Así, somos catalanistas y no regionalistas, porque el regionalismo supone iguales derechos y por tanto iguales energías y organización en todas las regiones, y eso es falso", decía Pompeu Gener en un artículo de 1905, en el que contaba cómo la pandilla de jóvenes que rodeaba a Almirall había abandonado el federalismo y los principios igualitarios en favor del catalanismo.

Antes, en 1887, en sus Heregias, sentenciaba: "España mira hacia abajo. Lo que aquí priva son las degeneraciones de esos elementos inferiores importados del Asia y del África". Y en la versión ampliada del libro, de 1903: "Conocemos [los catalanes] que somos Arios europeos y que como hombres valemos más en el camino del Superhombre".

Aquella degeneración de elementos inferiores, que enlazaría con algunos tuits de Torra sobre los españoles ("Lo que sorprende es el tono, la mala educación, la pijería española, sensación de inmundicia. Horrible"), la vio como un peligro inminente Hermenegild Puig i Sais, en 1915: "Desde el punto de vista social nuestra situación es peligrosa por cuanto la invasión [de inmigrantes] producida por el desequilibrio económico y demográfico ha de producir necesariamente efectos étnicos, una degeneración de nuestra raza que nosotros debemos empeñarnos en conservar pura y hasta hemos de sublimar sus cualidades características". La recomendación: "Conviene pues que procuremos aumentar el número de catalanes de pura raza para luchar en todos los terrenos".

En 1917 escribe Rovira i Virgili sobre aquella invasión: "Pero cuando la inmigración es copiosa se produce un fenómeno de gran importancia social y política desde el punto de vista nacional. La nacionalidad es invadida por infiltración, por así decir". Y advierte que los "elementos" foráneos podían ser "digeridos y asimilados", aunque puede también "que no se asimilen, no se diluyen, no se disuelven". ¿Qué hacer, entonces? "La nacionalidad así invadida por infiltración, ¿qué actitud debe adoptar? ¿Ha de combatir aquella inmigración? ¿Ha de tolerarla?" No lo tiene claro.

En esos miedos a desaparecer, a degenerar, a perder pureza racial y nacional, ¿no vemos la misma inquietud por los efectos de la llegada de españoles de fuera que está en la base de las obsesiones del nacionalismo catalán actual? Unas veces hablan de asimilación y otras, de integración. Es el tema digestivo que decía Rovira. Es de lo que está hablando Torra cuando clama contra "las bestias" que "viven en un país del que lo desconocen todo: su cultura, sus tradiciones, su historia" y "se pasean impermeables a cualquier evento que represente el hecho catalán".

"Pues te diré que aquel que no es catalanista no es plena, verdaderamente catalán", ponía Rovira i Virgili en su Diàleg dels catalans, de 1913. ¿No es precisamente eso –ser catalanista, ser nacionalista– el peaje que sigue exigiendo el nacionalismo para considerar que un ciudadano es catalán o se ha integrado adecuadamente en Cataluña? Es exactamente lo que sigue exigiendo. El elemento capital de ese peaje es la lengua. Ahora como entonces. Escribía Prat de la Riba en 1916: "La Nacionalidad es un principio espiritual (...) Y ese espíritu no existiría (...) si la unidad de la lengua (y esto es lo fundamental) no hubiese vaciado en un molde único el pensamiento colectivo".

El germen del proyecto de normalización lingüistica de Cataluña está ahí. Está ahí lo que lleva a Torra a escribir contra "la normalidad" de que se hable español en tierras catalanas y a decir: "Cuando se decide no hablar en catalán se está decidiendo dar la espalda a Cataluña". Algo similar sucede cuando se lee esto de Rovira i Virgili, de 1917: "Cada escuela oficial en lengua ajena es una fortaleza enemiga en territorio propio". Esta frase, ¿no da perfecta cuenta de la belicosidad con que el nacionalismo se opone al bilingüismo en la enseñanza? Ya le resulta difícil de aceptar que en la calle se hable español, como veíamos en Torra, pero que se use en la escuela, eso nunca jamás, de ninguna manera. Sería una fortaleza enemiga. Es un casus belli.

Durante un tiempo los nacionalistas catalanes mantuvieron el bicho fuera del discurso. Al menos, fuera de los focos. Un nacionalismo apoyado en lo cultural, valía; uno con huella racial no era presentable. Pujol fue hábil. Prefirió la metáfora a la diáfana y peligrosa claridad de sus predecesores. Hasta que la propia historia e histeria del procés han inducido al bicho a salir de nuevo a orearse. Pero esté oculto o visible, sin ese bicho no hay quien entienda esa fruta.

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