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España y Grecia son Burkina-Faso

Parece como si la rabia por la crisis hubiera alumbrado un extraño deseo por proclamar que vivimos en el peor de los mundos posibles.

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Hace una semana, día arriba o abajo, el escritor griego Petros Márkaris contestaba a la pregunta de una periodista española sobre la gravedad de la crisis humanitaria en Grecia de esta cortante manera: "¿Qué crisis? Eso es propaganda del gobierno de Tsipras. Grecia no es Burkina-Faso".

La opinión del escritor era un jarro de agua fría para aquellos, que son muchos en España, que aceptan la redefinición que ha hecho Syriza del concepto crisis humanitaria, asociado hasta ahora a situaciones catastróficas en países pobres devastados por guerras, sequías, terremotos u otras fuerzas implacables de la naturaleza humana o de la naturaleza a secas. Tal vez Márkaris, aunque hombre de izquierdas, carece de credibilidad para los creyentes: no traga a Syriza y, para más, es un especialista en cultura alemana. En cualquier caso, se atrevió a poner en duda lo indudable. Aquello de lo que no está permitido dudar en Grecia, ni tampoco en España.

No sé si fue esa afirmación de Márkaris lo que movió a Joaquín Leguina a publicar unos días después un artículo en el que se permitía dudar de que en España hubiera, tal como se viene pregonando, más de una quinta parte de la población sumida en la pobreza. Sea como fuere, el expresidente de la Comunidad de Madrid, que sabe de estadística, exponía allí un análisis de los indicadores que conducían a aquellos resultados, detectaba sus puntos débiles y explicaba cómo indicadores de la distribución de la renta mutaban en indicadores de pobreza cuando aparecían en los titulares de la prensa y, cabe añadir, en las declaraciones políticas.

Que en los medios hay tendencia a intensificar los tintes dramáticos de una situación es algo sabido y con lo que se cuenta. Que los partidos políticos contrarios a un gobierno hagan lo mismo pero elevado al cubo también forma parte de la normalidad: la dosis de demagogia inevitable. Pero con los efectos de la crisis -con algunos de ellos, pues no todos han merecido la misma atención- se ha compuesto en España, al modo griego, un cuadro propio de una hecatombe, de un cataclismo humano de proporciones dantescas que, por eso mismo, es anatema cuestionar.

A lo largo de estos años he visto muchas veces y alguna vez he padecido la típica escena tertuliana en la que se acalla y avergüenza al que duda de que haya tantos cientos de miles de niños hambrientos o tantos millones de personas sin comida y sin techo como ha dicho algún otro. Preguntar simplemente por la fuente de tal o cual dato llamativo ya levanta oleadas de rugiente indignación. El que no acepte que tales datos son ciertos y que la situación es absoluta y brutalmente catastrófica es un tipo cruel, inhumano y despiadado, un lacayo del gobierno o un imbécil que cree que todo está de maravilla. No hay término medio posible: o uno reconoce la hecatombe o es un enemigo del pueblo e incluso de la humanidad.

Sí, hay que decir que España se ha hundido, por culpa de la crisis y por culpa de quienes-ya-sabemos, en un abismo de pobreza, hambre y necesidad profundo, tan profundo que a poco más estamos en la Burkina-Faso que mentaba Márkaris. Es obligatorio. Y es, dicho sea de paso, una banalización de las auténticas crisis humanitarias que sufren algunos países. A veces, inocente que es una, me pregunto si los propagandistas de la catástrofe han pisado en alguna ocasión un país pobre. Pero lo curioso no es que haya esa clase de propagandistas, siempre los hay, sino que hayan tenido tal aceptación. Como si la rabia por la crisis hubiera alumbrado un extraño deseo por proclamar que vivimos en el peor de los mundos posibles.

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