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La vasalla Colau

Los costes económicos de la actitud de Colau no son tan inmensos y dañinos como los de dejar pasar la mentira constante del separatismo y sus vasallos, que en eso han quedado los 'comunes'.

Cristina Losada
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Inmaculada Colau | EFE

El plante de la alcaldesa de Barcelona al rey en el Mobile World Congress lo han criticado partidos y prensa por poner en riesgo el futuro del congreso tecnológico en la ciudad, amén de otras convenciones e inversiones. Para la mayoría de las opiniones públicas y publicadas, la razón primordial por la que Ada Colau ha hecho mal, muy mal y requetemal no es otra que la del impacto económico de su actitud. Bien, pues no. Lo malo, muy malo y pésimo de su actitud es que se funda en la mentira política y presta cobertura –y vasallaje– al golpe separatista. Es por eso, principalmente por eso, por lo que merecía condena. Lo primero y fundamental que había que hacer era desenmascarar las falsedades con las que Colau justificó su boicot a la recepción de Felipe VI y, por ende, al MWC.

No he visto que se le replicara a Colau que mentía sobre lo sucedido el 1 de octubre y que mentía sobre lo que hizo el rey con su discurso del 3 de octubre. No he visto que nadie le respondiera que el independentismo se lanzó a un intento de imponer la secesión de Cataluña incitando a una movilización de masas y contando con la colaboración de mandos de la fuerza policial autonómica. No he visto que se le recordara que lo que hizo el rey fue asegurar a todos los ciudadanos, especialmente a los catalanes avasallados por los separatistas, que los poderes del Estado iban a defender y restablecer el orden constitucional, la legalidad democrática y los derechos de todos frente a quienes pretendían dar un golpe de estado. No he visto prácticamente nada de esto en las críticas a Colau, y por esa carencia la denuncia de los posibles efectos económicos de su boicot quedó desprovista de densidad y legitimidad moral y política.

Pongámoslo de otra manera. Si en los motivos de Colau para plantar al rey hubiera algo de verdad, tendría razón en no acudir a recibirle. Si el 1 de octubre fue una fiesta de la democracia que el Estado reprimió con salvaje brutalidad; si la aplicación del 155 es una anomalía intolerable; si Junqueras y los que están en prisión provisional son presos de conciencia, y si Puigdemont y el resto de prófugos se encuentran perseguidos por sus bonitas ideas; si, en fin, todo esto que dijo e implicó Ada Colau fuera cierto, entonces su plante estaría justificado y aun se quedaba corto, por más que pusiera en peligro un evento de gran impacto económico e inversiones futuras. La cuestión, la única importante, es que nada de eso es verdad ni se le acerca.

Los costes económicos de la actitud de Colau no son tan inmensos y dañinos como los costes de dejar pasar la mentira constante del separatismo y sus vasallos, que en eso han quedado los comunes de la alcaldesa. Más todavía, cuando tratan de aprovechar un congreso de proyección internacional para difundir su propaganda y desprestigiar a la democracia española. Batallar contra la mentira es indispensable. No para intentar abrir los ojos de las bases separatistas, a ver si de una vez se desengañan. Hasta los más cerriles saben a estas alturas que todo ha sido mentira. ¡Si alguien lo sabe son ellos! Por eso hacen caceroladas, reciben a los congresistas con carteles mentirosos, ponen y llevan lazos y gritan muy fuerte: para defender la mentira y defenderse de la verdad que saben. Cuanto más lo saben, más se tienen que esforzar por demostrarse lo contrario. Y los daños económicos, obvio es que no les importan nada. Al revés. En su perversa lógica, como en la de los revolucionarios, se trata de provocar los mayores daños posibles. No. No es por abrirle los ojos a esa gente por la que hay que batallar contra la mentira. Es por los demás. Porque las mentiras de los independentistas representan un ataque a los españoles y nos perjudican. Políticamente, primero, y económicamente, después.

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