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Cristina Losada

"Never surrender"

La nueva mentira estridente de Torra es su impúdico intento de vincularse a Churchill.

Cristina Losada
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La nueva mentira estridente de Torra es su impúdico intento de vincularse a Churchill.
El supremacista Torra, con una foto de Churchill en el bolsillo | EFE

No tienen abuela. El independentismo catalán y sus dirigentes se han comparado estos años con Nelson Mandela, con Rosa Parks, con Gandhi y con Martin Luther King. Sólo por eso se les tendría que caer la cara de vergüenza. No ya por la imposibilidad de establecer cualquier analogía entre la conducta y la causa de los citados y la suya. No sólo por las diferencias insalvables. También por el descaro de utilizar los nombres de personalidades como aquellas para dar brillo a su oscura agenda política. Pero ahora ha llegado Torra con más. Con otro referente, otra figura de talla a la que mezclar en la batidora propagandística con sus propias y mediocres personas. La nueva incorporación al elenco de los héroes que el separatismo pretende hacer suyos sin tener nada que ver con ellos ni en las ideas ni en las acciones es nada más y nada menos que Winston Churchill.

Torra apareció el domingo con una foto de Churchill en el bolsillo de la americana, donde lucía el lazo amarillo que le sitúa en los antípodas de cualquiera que defienda el imperio de la ley, principio del que participaba por supuesto el premier británico. Iba así disfrazado a la clausura de la asamblea o velatorio del PDeCat, y cuando le preguntaron por qué, respondió que la foto era para darse fuerza con el "No surrender" de Churchill. Una chiquillada, pensaríamos. Una superstición indigna de un adulto, esa de llevar una foto como amuleto. Pero tratándose de esta clase de politiquillos siempre hay que contar con el intento de enviar un mensaje al espectador. Por burdo que el mensaje sea y pese al ridículo que entrañe. Y el mensaje de Torra, fuese para quien fuese, tal vez para el mundo entero, como les gusta pensar en su narcisismo –"El mundo nos mira"–, consistía en que se le identificase con Churchill y no con el racismo y la xenofobia que expuso sin inhibiciones cuando el mundo no le miraba. Telegráficamente: con Winston, no con Adolf.

Qué mala elección hizo Torra al mencionar el discurso en el que Churchill dijo: "We shall never surrender", no nos rendiremos nunca. Lo pronunció el 4 de junio de 1940, después de la batalla y la evacuación de Dunkerque, y como decían las crónicas de la época fue uno de los discursos más trascendentales, graves y solemnes que se habían oído en la Cámara de los Comunes en su larga historia. Frente a la euforia que produjo entre los británicos el inesperado éxito de la evacuación de sus tropas, acosadas junto a las francesas por el ejército nazi, frente al alivio con el que se recibió que se sacara de aquel infierno a cientos de miles de soldados cuando las expectativas eran tan bajas, Churchill dijo la verdad. Una verdad que resquebrajaba ilusiones concebidas en el calor del momento, una verdad dura y, por eso mismo, tanto más necesaria.

Churchill dijo a la Cámara que "el milagro de Dunkerque" no debía de llevar a nadie a pensar que lo sucedido tenía alguno de los atributos de la victoria. La hazaña indudable de la evacuación, realizada en condiciones extremas, en el mayor de los peligros, bajo el fuego enemigo, con las defensas desguarnecidas por la capitulación de los belgas ante los nazis, con el sacrificio de muchos soldados franceses y británicos que protegieron la operación, no convertía una derrota militar en una victoria. Lo dijo claramente: "No, esto es un desastre militar colosal". Y no sólo reconoció el desastre, no sólo habló de todo lo que se había perdido en vidas y en material militar. Dijo también que Gran Bretaña afrontaba de inmediato el peligro de una invasión nazi y qué podría pasar si en efecto ocurría. Fue entonces, al final de su discurso, cuando pronunció aquel "We shall never surrender", cuando dijo que, si era necesario, lucharían en Francia, en el mar, en el aire, en los campos, en las calles, en las colinas y en las playas. El discurso también se conoce por ese "lucharemos en las playas".

Comparar aquel momento dramático de la guerra contra el nazismo con la pataleta del separatismo catalán, como ha hecho Torra con la foto y la alusión a ese discurso de Churchill, es de una desvergüenza inconmensurable. Pero la inmoralidad no cesa en la analogía y en la apropiación indebida de una épica, una moral y una política que están a años luz de todo cuanto hace el independentismo y de todo lo que representa Torra. Porque en ese discurso que Torra ha citado como quien cita un lema publicitario exitoso, Churchill dijo la verdad. La importancia del discurso, desde el punto de vista político, reside ahí. En la verdad pronunciada, dicha en público, reconocida y expuesta. ¡Y van los mentirosos y lo hacen suyo! El descaro de estos politiquillos, los que más han mentido, los que han montado todo su proceso, su golpe y su post-golpe sobre un cúmulo de mentiras, me deja sin palabras.

Por eso recurro a las de Joseph Roth, el escritor judío, exiliado en París, que escribió en 1939:

Desde hace siglos se ha acostumbrado uno a que la mentira se cuele de puntillas, sin hacer ruido. Sin embargo, el más sensacional invento de las modernas dictaduras consiste en haber creado la mentira estridente, basándose en la hipótesis, acertada desde el punto de vista psicológico, de que al que hace ruido se le concede el crédito que se niega a quien habla sin levantar la voz.

La mentira estridente, eso es. La nueva mentira estridente de Torra es su impúdico intento de vincularse a Churchill.

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