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Puigdemont, terminado

El fin de Puigdemont, como el de Mas, como el de la antigua Convergència, no hace más que confirmar el viejo axioma: la revolución devora a sus hijos. Pues no aprenden.

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Carles Puigdemont y Artur Mas, en una imagen de archivo | EFE

El que pasó de ser número tres de la lista por Gerona a presidir durante diecinueve meses la Generalitat no era más que el tipo que se tenía que estrellar. Esa era su función. Y es que el procés no conducía, como tanto se dijo, a un choque de trenes. Fue conducido por el separatismo a un callejón sin salida en el que sólo podía hacer una cosa: seguir su bandera hasta el estrellado final. Como por selección natural, apareció el conductor para la tal maniobra, este Carles Puigdemont que al modo de lo que pedían las circunstancias parecía capaz de lanzarse contra la pared y provocar el mayor estropicio posible.

Cabe recordar que, en vísperas de dar el golpe, no se atrevieron a decirle desde la Consejería de Economía, que ocupaba Oriol Junqueras, que no tenían nada preparado –ni lo podían tener– para que una declaración de independencia pudiera producir la independencia. Lo notable del caso es que Puigdemont no supiera eso, sin necesidad de que se lo dijeran. Claro que tampoco sabía que su proclama de secesión no iba a tener apoyo internacional, ni tantas otras cosas. Hubo un instante en que pudo enterrar aquella declaración, convocar elecciones y evitar la aplicación del 155, pero siguió. Obcecadamente. Lo hizo empujado, entre otros, por Esquerra.

Supo, en cambio, que podía ser detenido y puesto a disposición judicial, razón por la que huyó. También supo lo suficiente como para componer las listas del 21-D con leales a su persona para asegurarse el control del grupo parlamentario. Y resulta que superó a Junqueras. Para que luego digan que el nacionalismo quiere y necesita mártires y que mucho ojo con dárselos. Pues nada, el encarcelado, que venía a ser el mártir de la ocasión, quedó por detrás del que escapó para librarse del martirio carcelario. Las oraciones del de Esquerra en la soledad de su celda no le sirvieron de mucho frente a los números mediáticos del prófugo en Bruselas. Confirmada la mayoría parlamentaria separatista, Puigdemont tenía el viento a favor para exigir la investidura.

Para el huido, ser investido era crucial. Cuestión de supervivencia. Dado el salto al vacío, tenía que mantenerse flotando en el limbo con el manto de presidente legítimo el mayor tiempo posible. De lo contrario, le esperaba el deprimente destino de los juguetes rotos, además del destino incierto del prófugo. Pero esto, que para Puigdemont era solución, para otros era problema. Es un problema para los que quieren recuperar cuanto antes el Gobierno autonómico y el maná del presupuesto. Porque cuando dicen que quieren recuperar el "autogobierno", hablan de eso. No hubiera llegado el separatismo a lo que llegó sin el poder político y económico de la Generalitat.

He ahí un choque de intereses. No es que los de Esquerra sean menos fanáticos que Puigdemont. Pero entre una prolongación del 155, repetir elecciones o volver a tener ya mismo el erario y el poder, lo último les resulta –a ellos y a otros– más apetecible. El auto del Constitucional, que establece que una investidura de Puigdemont tiene que pasar por su entrega a la Justicia, marcó claramente los términos del dilema. La decisión de Torrent de suspender el pleno de investidura, por más que la envolviera en retórica de confrontación, indicó la salida. El pantallazo con los mensajes en los que Puigdemont reconoce el final, y su final, es el empujón. Nada sabemos de la respuesta de Comín, pero la que viene al pelo es un "sayonara, baby". El fin de Puigdemont, como el de Mas, como el de la antigua Convergència, no hace más que confirmar el viejo axioma: la revolución devora a sus hijos. Pues no aprenden.

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