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EDITORIAL

Orgullosos de odiar

La violencia callejera de extrema izquierda no sólo está yendo a más: es que encuentra justificación o directamente se la fomenta desde la izquierda hegemónica.

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Como ya sucedió en Barcelona y en Valencia, la izquierda convirtió la manifestación celebrada este sábado en Madrid con motivo del Orgullo Gay en un despliegue orwelliano de odio contra Ciudadanos, a cuyos representantes se acosa, insulta y agrede con indignante impunidad y con modos muy propios de los Comités de Defensa de la Revolución en la homófoba Cuba comunista, los malandros a sueldo del igualmente homófobo régimen chavista en Venezuela o, para no salir de España, los terroristas callejeros al servicio de ETA en Navarra y el País Vasco.

De nuevo se repitieron las imágenes de representantes de Ciudadanos siendo hostigados por indeseables en una marcha planteada, en teoría, para dar visibilidad a unas reivindicaciones que el partido naranja comparte plenamente. Da igual: ahora le acusan de estar conchabado con Vox, precisamente cuando los de Rivera más resaltan su negativa a negociar políticamente con una formación demonizada de manera goebbelsiana por partidos con un historial democrático tremendo o comandados por sujetos a sueldo de la homófoba República Islámica de Irán, que defiende con orgullo su derecho a ejecutar a los homosexuales.

Lo ocurrido este sábado en Madrid, o el mes pasado en Barcelona y Valencia, no es una excepción. La violencia callejera de extrema izquierda no sólo está yendo a más: es que encuentra justificación o directamente se la fomenta desde la izquierda hegemónica. Incluso desde el Gobierno, con declaraciones repugnantes como las perpetradas nada menos que por el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, tan suelto de boca para culpabilizar a las víctimas ciudadanas del odio ultraizquierdista como vilmente silente cuando se supo de la manera vomitivamente homófoba en que hablaba de él su compañera de Gabinete Dolores Delgado frente a un sujeto tan tóxico como el comisario Villarejo.

Grande-Marlaska ha hablado de Ciudadanos como hablan los bildutarras de las provocadoras víctimas del terrorismo etarra. Por eso, se ha descalificado para ser ministro y aun para desempeñar cualquier otro cargo público. Sencillamente, es indigno de ello.

Tiene toda la razón Ciudadanos al denunciar la actitud intolerable de Grande-Marlaska, que "alentó a las masas para que Cs fuera objeto de insultos y agresiones", y pedir su destitución. Pero ha de hacer más: ha de emprender acciones legales para que se persiga a los agresores y a los incitadores por un delito de odio. Sí, de odio. Ese sentimiento que la izquierda atribuye a sus rivales pero del que se alimenta más que nadie. Odia y vive del odio y no se le puede seguir tolerando.

En cada vez más lugares del país, los representantes o simpatizantes de PP, Ciudadanos o Vox no pueden manifestar en público sus opiniones sin temer por su integridad física. Esto es de una gravedad extrema; y la responsabilidad de los partidos y los medios de comunicación que miran para otro lado o justifican y hasta jalean a la escoria liberticida es tremenda. Ya está bien: la Justicia debe tomar cartas en el asunto, caiga quien caiga; aunque el banco azul del Congreso se quede desierto.

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