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Federico Jiménez Losantos

El apocalipsis climático, un arma letal contra la propiedad privada: Sánchez y sus ecologistas queman los bosques

Para los ecologistas radicales que marcan el camino de los gobiernos, la única especie que sobra es la humana.

Para los ecologistas radicales que marcan el camino de los gobiernos, la única especie que sobra es la humana.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, visita los terrenos quemados en Galicia. | EFE

El apocalipsis climático que a propósito de cualquier noticia, desde el tiempo a la violencia familiar, proclaman prácticamente todos los medios de comunicación y exhiben los gobiernos como argumento supuestamente científico avalado por la ONU, para justificar cualquier política económica, es una conjetura científica, no probada, que empieza por negar la historia misma de la ciencia, que no admite como científico ningún dato que no esté sujeto a continua comprobación, debate, matización, o, incluso, anulación.

Pero los políticos y los medios, o viceversa, nos presentan el cambio climático no como deducción científica sino como argumento de fe, que exige, salvo excomunión social, acatamiento y respaldo a las medidas de los sacerdotes-políticos ante la "emergencia climática". El cambio lo han proclamado ellos, la emergencia climática, también, y las medidas, como únicas posibles, las han decidido ellos. Y ojo con criticar. Si lo haces eres un negacionista, como los que niegan el Holocausto; en resumen: un nazi y un criminal. Nunca en la historia de la Humanidad un hecho tan discutible ha producido efectos tan graves en tanta gente y de forma menos discutida.

El "socialismo científico" del Siglo XXI

El "cambio climático" es el "socialismo científico" del siglo XXI. Se dirá que ahora hay muchos científicos, agrupados tras el Panel de la ONU, que dan datos para sustentar su teoría. Pero también hubo científicos, mejor informados que Marx, que percibieron los cambios de la sociedad industrial y el capitalismo de la época, señalando sus efectos negativos en diversos sectores, desde el abandono del campo a la crisis familiar, pero de ello no dedujeron la necesidad de acabar con la propiedad privada e instaurar el comunismo. Hoy, hay científicos que niegan la gravedad del cambio o que discuten la idoneidad y eficacia de las medidas contra él, pero, como pasa desde 1848, son considerados gente insensible al sufrimiento ajeno. ¿A qué sufrimiento? Al del planeta. Porque cambio climático, sensibilidad social y militancia ecológica van de la mano. Y para resumirlo, cualquier escolar debe repetir, so pena de suspenso, que le preocupa "salvar el planeta".

El culto a la Tierra es una tradición religiosa ancestral, que casi desapareció justo en la época de Marx: la de la revolución industrial. Hoy, los sacerdotes de la Pacha Mama son influencers, youtubers, periodistas y políticos, que esgrimen evangelios científicos contra los incrédulos. Y si los incrédulos son científicos profesionales se les amordaza. Las miserias del mundo científico y universitario han quedado tan en evidencia a cuenta del covid-19 que sorprende que haya tanta gente y tantos medios que muestren un asentimiento absoluto a las medidas económicas para "parar el cambio climático", dando por indiscutibles ese cambio y ese paro, pero así es.

Lo que convierte el apocalipsis climático en peligro mortal para la propiedad privada es la autoridad moral de que se invisten sus defensores. Se puede impedir la caza, la pesca, el pastoreo y todas las costumbres del mundo rural, pero, si es para "salvar el planeta", ¿qué egoísta las discutiría? Los que defienden el mundo rural reciben hoy el mismo trato que, en los tiempos de Marx, sufrían los campesinos, gente "retardataria", "antigua" y apegada al peor pecado para la ingeniería social: la propiedad privada. Y lo que hoy se hace en nombre del cambio climático, sin que los que arguyen que sólo defienden que ese cambio existe critiquen sus efectos prácticos, es la expropiación de la propiedad del campo… en nombre de la Naturaleza.

Los cientificistas del cambio climático que se desentienden de las aplicaciones de su teoría son como los enemigos de la propiedad privada que se desentienden de los efectos del comunismo, su ruina y sus masacres. Les basta tomar una posición moral, por encima del vulgo, y lamentar lo que se hace mal en nombre de lo que indudablemente representa el bien. No será bueno si produce tanto mal, pensará alguien. Minucias para los entregados a la causa de salvar al Planeta y a la Humanidad de los seres humanos. Porque para los ecologistas radicales, que marcan el camino de los gobiernos, aunque no lo parezca, la única especie que sobra, capaz de destruir el planeta y empeñada en hacerlo, es la humana. Si hay que destruir todo lo que creó, se destruye. La causa lo merece. "Para construir hay que destruir", decían los comunistas. Nunca con menos obstáculos que ahora.

Sánchez y sus ecologistas de cabecera

Poco después de retratarse ante las cenizas del parque de Monfragüe, cuyo incendio prueba que la política de Parques Naturales y Reservas de la Biosfera es la peor destructora de masas forestales de toda nuestra Historia, Sánchez y la vicepresidenta de Transición Ecológica, se reunieron con las cinco organizaciones "no gubernamentales", archigubernamentales todas. ¿Quiénes y para qué? Según la web oficial de Moncloa, acudieron "la directora ejecutiva de SEO/Birdlife (Sociedad Española de Ornitología), Asunción Ruiz; el secretario general de WWF España, Juan Carlos del Olmo; la coordinadora de Amigos de la Tierra, Blanca Ruibal; la directora ejecutiva de Greenpeace España, Eva Saldaña, y el coordinador general de Ecologistas en Acción, Luis Rico".

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En la foto oficial, los cinco invitados, ataviados de mendigos, posan sonrientes con el espantapájaros de los montes convertidos en cenizas, y, sin un solo reproche que hacerle a él o que hacerse ellos, pasaron a lo serio: "Se han abordado los retos de ambición climática de España, en línea con el objetivo europeo de bajar las emisiones de CO2 un 55% en 2030, a lo que se suma el impulso del Plan de Recuperación, con un 40% de los fondos destinados a transición verde. Asimismo, se han destacado los compromisos de biodiversidad, se ha analizado la evolución de las directivas de eficiencia energética y renovables, y se ha subrayado la promoción de inversiones sostenibles en el Plan de 130 medidas de Reto Demográfico."

¡"Ambición climática"! De los incendios, ni palabra. ¿Pero cómo van a criticar los teóricos de la lucha contra el beneficio a quien tan eficazmente arruina a los que viven del campo? En realidad, esos grupos acogidos con afecto por Sánchez se reunieron con él apenas se hizo con el Gobierno. El 12 de marzo de 2019, Jara y Sedal denunciaba que Sánchez ya se había reunido dos veces con ellos, empeñados siempre en perseguir la caza, y que habían recibido millones de euros, difíciles de rastrear. De hecho, el 29 de enero, WWF, Ecologistas en Acción, SEO/BirdLife Amigos de la Tierra y Greenpeace le habían pedido subir los impuestos a cazadores, ganaderos y agricultores, además de subir el precio del gasoil. En esta segunda reunión, según la revista clásica del campo, se abordaron "la descarbonización, el impulso a las energías renovables, el autoconsumo, la movilidad sostenible o el desarrollo del medio rural, (…) y retos de futuro centrados en políticas de biodiversidad, salud y contaminación". Entre los "retos de futuro", no se olvidaron del presente, y pidieron una rebaja fiscal para sus organizaciones.

Entonces aún no decía Sánchez que los bosques se quemaban por el cambio climático. Pero sí cabe constatar el resultado de esa alianza política que desde que llegó al poder mantiene Sánchez con esos grupos "verdes" o "sandías": las zonas protegidas están más desprotegidas que nunca. Los amigos subvencionados de la Naturaleza ayudan a destruirla. Y Sánchez, en su Falcon, es un ecologista "sandía" ejemplar. Él y sus ecolojetas son los que queman los bosques, porque les privan de sus protectores seculares.

Como ha denunciado brillantemente en Libertad Digital Miguel del Pino y ha resumido perfectamente Marta Arce según las denuncias de agricultores, ganaderos y selvicultores, los incendios forestales recientes nada tienen que ver con el cambio climático, sino con la política forestal de Sánchez y sus comunistas, que convierten las zonas supuestamente más protegidas en las más vulnerables. Reserva de la Biosfera, llaman pomposamente a parques en los que no se deja entrar a pastar a las ovejas, se prohíbe quitar matojos y hacer cortafuegos, medios tradicionales de hacer rentables los montes.

¿Rentabilidad? ¿Beneficio? ¿Dinero? ¡Atrás, Satanás! ¡No tiñas con el brillo equívoco del oro la gratuita magnificencia de la Naturaleza! ¡Sólo faltaría que, para salvar el planeta, cayéramos en el egoísmo capitalista! Sin embargo, hasta ahora, todas las actividades inteligentes de conservación de la naturaleza en todas las sociedades humanas, conscientes de que para explotar se debe mantener lo explotable, han buscado beneficio duradero. Nadie aprecia más la conservación del bosque que los que viven de él. Y nadie lo desprecia más que los que desprecian a los que en él y de él viven.

El mito del verano más caliente de la Historia

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En fin, de creer a los medios, nunca hubo un verano tan cálido como éste. Lógico, si el cambio climático provoca incendios inéditos, según Sánchez. Pero esta es otra mentira de las que a diario consumimos sin mirar. He aquí una prueba de que, en 1957, con muy pocos coches y la décima parte de la población mundial, se alcanzaban los 50 grados. Portada de El Español.

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