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LIBERTAD RELIGIOSA EN LA INDIA

No nos pararán

En los últimos meses, los periódicos hablan mucho de la India. No en vano, estamos ante uno de los gigantes del siglo XXI, por su población, su crecimiento económico, su potencial tecnológico, y no lo olvidemos, su posición geoestratégica, entre la inmensa China y los grandes países musulmanes del Medio Oriente.

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Además, tras la última visita del Presidente Bush a Nueva Delhi, la India goza de una vitola de socio fiable para Occidente; un socio, no lo olvidemos, que entró hace tiempo en el club de los poseedores de la bomba atómica. De todo esto se habla profusamente, aunque este esplendor deja ver alguna sombra de preocupación, como la tremenda fractura social entre la clase media que se ha enganchado al tren del progreso y los segmentos inferiores de una sociedad que en la práctica no ha desterrado completamente el sistema de castas. Sin olvidar las graves tensiones con los separatistas musulmanes de Cachemira, región fronteriza con Pakistán en la que probablemente se ocultan, a un lado u otro de la frontera, los líderes de Al Qaeda.
 
Lo que ya resulta más difícil es encontrar información sobre otra sombra inquietante que recorre de Norte a Sur la península indostánica. Me refiero a la dura restricción de la libertad religiosa llevada a cabo mediante las denominadas leyes anti-conversión, que ya han promulgado seis estados de la India. Según informa la Agencia AsiaNews, el último en sumarse ha sido Rajasthán, donde quienes sean hallados culpables de "conversiones forzadas o engañosas" sufrirán penas de entre 2 y 5 años de cárcel, y deberán abonar una multa de 50.000 rupias (1.120 dólares). Para clarificar completamente su aversión a la libertad, la ley establece que la religión de una persona viene determinada por la de sus antecesores. Lo cierto es que estas leyes se aplican ya desde hace tiempo en otros estados de la India, dando lugar a una gran inseguridad jurídica para los cristianos, ya sean sacerdotes, catequistas, o miembros de organizaciones caritativas.
 
Frente a este proceso, ha levantado con fuerza su voz el cardenal Telesforo Toppo, el primer purpurado de etnia tribal de la historia de la India, afirmando que dichas medidas no frenarán la misión y el testimonio de la Iglesia. "El gobierno puede hacer lo que quiera, puede aprobar centenares de leyes y decretos, pero eso sólo servirá para reforzar nuestra misión y nuestra vocación", ha respondido con determinación este hombre, un indio por los cuatro costados, que reclama su derecho a ser reconocido al mismo tiempo como ciudadano indio y como cristiano. El cardenal ha recordado que es incompatible con la fe cristiana cualquier forma de coacción o engaño, y que la libertad está en el centro de la propuesta cristiana. Desde esa concepción, se ha mostrado orgulloso de que la Constitución de la India reconozca el derecho a la libertad religiosa, apelando a este principio fundamental para desenmascarar las legislaciones de algunos estados gobernados por los fundamentalistas hindúes.
 
En esas mismas fechas, la organización Ayuda a la Iglesia Necesitada daba a conocer cifras que hablan de una primavera de las vocaciones sacerdotales en la India, especialmente en estados como Tamil Nadu, donde la presión política es especialmente fuerte. En el seminario de Chennai, uno de los cuatro que existen en el sur, se han visto obligados a rechazar a 23 candidatos por imposibilidad física de alojar a más de los 286 futuros sacerdotes que actualmente se forman allí. Cuando hablamos de laicismo, conviene que no perdamos la perspectiva global, y sobre todo, que nos admiremos de la autenticidad y el coraje de estos cristianos que no se dejan arredrar ni por la violencia ni por las leyes injustas. Por supuesto, ellos están dando la batalla legal en la medida en que las circunstancias lo permiten, pero sobre todo, viven su fe y la proclaman a los cuatro vientos.
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