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El tango de Isidoro

Cuarenta años después, los del teatro Jean Vilar de Suresnes están preocupados por los del Palacio de Vistalegre de Carabanchel.

Javier Somalo
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Cuarenta años no es tanto si lo comparamos con el tango en el que veinte no es nada. Más marchitas las frentes, más febriles las miradas, del todo las sienes plateadas y más miedo del encuentro con el presente que con el pasado. El doble.

Cuatro décadas contemplan al PSOE desde aquel congreso celebrado en Suresnes tras el que Isidoro y Andrés se convirtieron en Felipe y Alfonso.

Entre los propagandistas catódicos de Podemos gusta mucho plantear similitudes. Isidoro y Andrés como Pablo y Juan Carlos, González y Guerra como Iglesias y Monedero. Caminos similares tanto tiempo después y con parecidas piedras amigas en el camino hacia el liderazgo. Todavía no se han atrevido a comparar padrinazgos entre Willy Brandt, François Mitterrand, Hugo Chávez, Fidel Castro o Nicolás Maduro. Ni financiaciones. Y como a los de Podemos les falta Franco se han hecho uno con forma de casta aunque estén como locos por ser parte –única, claro– de ella. Pero los de Iglesias sonríen y niegan cuando su aparato mediático les propone el símil. Ellos prefieren jugar a que el PSOE les vea como el PCE pero llegar a tiempo para cambiar el final de la historia ganándoles unas elecciones.

Alfonso Guerra lo ha confesado con claridad en el acto con el que el PSOE rememoró este jueves la cuarentena fundacional del felipismo y el guerrismo: "Entonces también había compañeros que temían que el favor de los españoles fuera a otra fuerza política de la izquierda beneficiada por la propaganda que le hacía el régimen". Claro, como que Carrillo comenzó a entenderse con lo que pudiera venir estando Franco vivo. Tanto, que regañó a Jordi Solé Tura –antes de purgarlo– por su vehemencia antifranquista en sus emisiones radiofónicas de la Pirenaica desde Bucarest. "Algún día tendremos que entendernos con algunos", le dijo Carrillo a Jordi con ocasión de un programa especial dedicado a la ejecución de Julián Grimau (1963) en el que se nombraba a todos los ministros que firmaron la pena de muerte añadiéndole a cada uno el apellido de "asesino". Aquella lista fue para Carrillo un ejemplo de "error político".

El miedo del PSOE al comunismo, no es por su doctrina sino por la posible pérdida de votos. De hecho, mucho después de aquella Pirenaica, ya con el dictador desaparecido por muerte natural, Felipe González estaba tan en contra de la legalización del PCE como muchos de los militares que acusaron a Adolfo Suárez de traidor. No había hecho Isidoro su transformación en Felipe para sacar menos votos en unas elecciones que aquellos que, como dice ahora Guerra, se beneficiaban de la "propaganda que le hacía el régimen".

Pero sigamos con la tesis del otrora Andrés porque, a su entender, sin Franco y sin Carrillo, el peligro para el PSOE es el mismo: "Ahora –dice Guerra–, otros populismos están beneficiados por las cadenas de televisión incubando el huevo de la serpiente, porque si alguna vez tuvieran algún poder, cerrarían esas televisiones siguiendo las enseñanzas de sus maestros". Estoy totalmente de acuerdo en el análisis, como lo estuve cuando retrató a Podemos el día en el que Cuatro quiso enfrentarle con Monedero en su morning bolchevique show. Lo malo es que no es Guerra, el Guerra de Canal Sur –o el Felipe de Prisa–, el más apropiado para hablar de populismos beneficiados por televisiones. Aunque en su caso haya más viceversa –televisiones beneficiadas por populismos– que incubadoras y en vez de huevo de serpiente hay dinosaurio sin peligro de cierre que no sea ajeno. Lo mismo pasa cuando Felipe González se confiesa ahora avergonzado por el caso de las tarjetas negras de Caja Madrid. Felipe, aquel de Filesa, Malesa y Time Export, si es sólo de dinero oscuro de lo que hablamos. De eso no hace tanto tiempo.

Cuarenta años después, los del teatro Jean Vilar de Suresnes están preocupados por los del Palacio de Vistalegre de Carabanchel. Quizá como cuando González temía a Carrillo. Y tal es el miedo, que en el Cuéntame del PSOE de este jueves y tras rememorar aquel clan de la tortilla, a González se le escapó un apellido doctrinal que hasta ahora sólo usaba la derecha: "El socialismo democrático tiene que llenar ese vacío", el que según él se ha instalado en España por culpa de la "demagogia populista". Socialismo democrático, todo un hallazgo del PSOE tras su renuncia al marxismo. Si quisieran asumir algo de lo que dicen, la protocasta en ciernes de Podemos no sería una amenaza para nadie.

Cree González que "España seguirá empeorando". Y que necesita "un PSOE fuerte, con claridad, con proyecto y absolutamente decidido a conquistar la mayoría de los ciudadanos. Y eso sería el nuevo Suresnes de hoy". Le escuchaba –al menos estaba presente– un tal Sánchez que no tuvo apodo. Le faltó al redivivo Isidoro redondear la velada nostálgica también a golpe de tango:

Vivir,
con el alma aferrada
a un dulce recuerdo,
que lloro otra vez.

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