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Javier Somalo

Derechas e izquierdas después de Ayuso

Tanto hablar de "fascismo" ha contribuido a que conozcamos mejor al comunismo, blanqueado siempre por la prensa

Javier Somalo
Tanto hablar de "fascismo" ha contribuido a que conozcamos mejor al comunismo, blanqueado siempre por la prensa
Ayuso en moto junto a representantes de las fuerzas de seguridad en un acto en Valdemoro. | EFE

Suceda lo que suceda el martes 4 de mayo de 2021, seguro que habrá un apunte que hacer en la historia política de España. Isabel Díaz Ayuso no era una personalidad destacada dentro del PP ni despuntó en foros ideológicos de postín y tampoco expresó un especial interés personal por el ejercicio del poder. Sin embargo, hoy es quizá la persona con más influencia y proyección en el partido que preside Pablo Casado.

No quiero decir con esto que Ayuso deba ser algo más que presidenta de la Comunidad de Madrid. O sí. Pero lo que está fuera de toda duda es que la forma de hacer política ha cambiado desde que ella llegó a la Comunidad de Madrid y decidió resistir a izquierdas, derechas y al asedio de la prensa sin caer en los vicios y errores que suelen dar al traste con cualquier proyecto ilusionante.

Así como hay socialistas en todos los partidos —cada vez más, por cierto—, es posible que empiece a brotar algún liberal donde antes era completamente imposible. Dejar hacer, sin violentar a nadie y abriendo las oportunidades a todo el mundo, es algo que tiene mucho más que ver con la naturaleza humana que el intervencionismo salvaje que profesan Sánchez e Iglesias. Que piensen por ti termina pagándose muy caro, no sólo en impuestos.

Es posible que las simpatías que Ayuso ha despertado en muchos sectores sean coyunturales, pasajeras, porque un votante de izquierdas no puede ser que se haga de derechas de la noche a la mañana. O quizá es que los periodistas politizamos mucho más allá de lo que un ciudadano necesita y para votar a Ayuso el martes no haga falta ser de derechas. Si en los momentos complicados de verdad, como los de la pandemia, alguien consigue que no te arruines del todo, corriendo un riesgo similar de contagio en proporción al de otras comunidades en las que seguro que te vas a arruinar, pues es algo a tener en cuenta en unas elecciones. Había un incendio y alguien señaló con decisión una posible salida. No se puede estar de acuerdo en todo.

Lo que está claro es que el liberalismo desplegado por la Comunidad de Madrid en un momento crítico ha beneficiado a muchas más personas que a los votantes del PP. Porque resulta que el liberalismo, a diferencia del comunismo, permite gobernar solucionando problemas reales y concretos. Que llegue un exvicepresidente vago, señorito e incompetente y, arrastrando al resto de candidatos, llame a todo esto fascismo, pues no cuela.

Porque la derecha en España no es peligrosa, ni junta ni separada, pero la extrema izquierda sí lo es y lo ha sido siempre. Por eso las dictaduras que quedan por el mundo o son de izquierdas o son teocráticas, si es que eso no termina siendo lo mismo como en la popularísima República de Irán, morada audiovisual de Podemos. Luego están los totalitarismos del petróleo — "capitalistas" los llaman algunas organizaciones—, que incomprensiblemente pueden organizar mundiales de fútbol sin soltar el látigo.

Para un liberal ninguna dictadura es buena porque es la máxima expresión del intervencionismo, del privilegio, del personalismo absolutista —hay muchas formas de ser Fernando VII— pero para un socialista sólo son malas las de "derechas" o, dejémoslo en las no-marxistas, quedando siempre y en cualquier caso fuera de peligro el régimen cubano, el venezolano, el ecuatoriano y hasta el chino o el norcoreano. La izquierda socialcomunista siempre ha sido capaz de justificar sus dictaduras como necesarias, trasladando claramente la sensación de que la democracia para ellos es, en realidad, un periodo transitorio.

Pero esta vez no hay posible trampa o paradoja ante la tesitura de elegir entre la gallina o el huevo. Si hablamos del mundo moderno, el primero fue Lenin, al que copió después Hitler. Y si alguien hubo inmediatamente antes de Lenin fue el Terror francés y quizá por eso los socialistas franceses del 17 no quisieron ver, pese a las angustiosas llamadas de auxilio, al Lenin que ya se exhibía monstruoso en Rusia.

El origen del totalitarismo es de izquierdas, lo que no significa que toda la izquierda sea totalitaria. Pero no hay una figura inspiradora de dictaduras de derechas. Un Marx, un Lenin, un Mao. Hitler tenía bien poco de lo que pudiéramos entender hoy por ideología de derechas: era nacionalsocialista y su política, intervencionista, estaba volcada en la nacionalización de la propia vida, además de en el exterminio de judíos. Es sabido, invasión de Polonia incluida, que Hitler y Stalin se profesaron admiración mutua y no dudaron en destacar sus coincidencias filosóficas. Se resumen con sencillez: ambos consideraban a unas razas sobre otras, ambos eran profundamente antisemitas, ambos ansiaban dominar el mundo, ambos industrializaron la muerte.

Pero el mundo ha perdonado al comunismo porque Stalin se sentó con Churchill y Roosevelt, y luego con Attlee y Truman, en Teherán, en Yalta o en Postdam para maquinar y celebrar la caída del nazismo, que era nacionalsocialismo. A Stalin se le permitió esconder la crueldad con la que arrasó Europa y luego se le pasó la cuenta a título póstumo, en un proceso protagonizado por Kruschev que dejaba intacto a Lenin, el gran Hacedor del Mal, la semilla que sigue germinando más de cien años después. El nazismo está dramáticamente documentado como la mayor aberración que un ser humano puede cometer contra sus semejantes. El comunismo, simplemente, está menos y peor documentado por una inexplicable fuerza mayor que siempre lo salva de su comparecencia ante la Verdad.

Si llegados a este punto alguien pone como modelo inspirador de dictaduras de derechas a Franco, pues habrá que empezar una y otra vez, como no nos cansaremos de hacer en estas páginas, y comprender primero cómo se llegó a la II República, qué pasó después en aquellos años y cómo desembocó en una guerra. Lo bueno es que cada vez aflora más documentación que ayuda a conocer mejor este pasado tan reciente que paradójicamente algunos han decidido sepultar bajo la losa de una Ley de Memoria que sólo persigue penalmente una apología.

Y no, Antonio de Oliveira Salazar, Jorge Rafael Videla, Augusto Pinochet… tampoco se parecen en nada, ni sus trayectorias hasta el poder guardan similitud ideológica alguna como para alcanzar la unidad doctrinaria que sí tienen las dictaduras de izquierdas. Las que persisten, las que no admiten transiciones.

Un inexistente fascismo oculta el peligro real del comunismo

La izquierda política actual en España —la sociológica, sobre todo la votante del PSOE, va muchos pasos más atrás, afortunadamente— está firmemente unida a todos los elementos que facilitan el totalitarismo: el redivivo Frente Popular que el PSOE ha formado con Podemos, Bildu y ERC y que retrotrae al pleistoceno revolucionario y criminal al partido que Felipe González tanto quería modernizar. Comunismo, independentismo y marxismos aplicados al terrorismo nacionalista, tanto vasco como catalán, nos aprueban hoy los presupuestos. ¿De verdad que eso es menos peligroso que el PP y Vox o que aquello que llamaron "la derecha de Colón"?

Los socios que hacen posible que Pedro Sánchez esté en La Moncloa han cometido violaciones a los derechos humanos como para que Amnistía Internacional montara un quiosco permanente en la sede de Ferraz. ETA y Terra Lliure —De les armes a les urnes, admiten ellos— han matado antes de destilarse como partidos políticos. De hecho, lo hacían también mientras lo eran.

Así que tanto hablar de "fascismo" ha contribuido a que conozcamos mejor al comunismo, blanqueado siempre por la prensa. Han llamado tanto la atención los que anuncian la llegada del fascismo que no ha habido más remedio que fijarse en ellos. Por eso las elecciones de Madrid son tan importantes, porque hacen encajar todas las piezas que estaban sueltas, perdidas o dadas la vuelta. Después de Ayuso vemos izquierdas y derechas con mucha más claridad.

El histrión que salió de Vallecas camino del chalé millonario, vuelve a coger el megáfono, a llorar con el falso aspaviento del heredero lejano, a dejarse acariciar por las manos amigas de una prensa que le tutea y le pregunta qué habremos hecho mal para que nazca Vox. Fascismo por todas partes, hordas de camisas pardas, azules y negras… pero el caso es que Pablo Iglesias ya se está buscando el futuro alejado de su fracaso en la política, como todos los millonarios de su casta. Sólo queda alguna duda sobre qué ha sido lo que le ha empujado a la candidatura, pero creo que se puede sobrevivir perfectamente sin resolverla.

Y al otro lado también se ve todo más claro. Hay una derecha oficial herida que contiene el aliento en Madrid, y que se pone acertijos sobre quién ha de tener el liderazgo aunque no fuera capaz de ejercerlo. Una derecha de moqueta que anda buscando el término medio "entre Ayuso y Feijóo", punto que Emilio Campmany ha tratado de encontrar llevándose en el intento un berrinche de aquí te espero. Hay otra derecha que busca legítimamente terrenos perdidos por cesión a la izquierda. Una derecha que salpica en algunos charcos porque es complicado hacer política mirando a ver si caen piedras, pero que, en todo caso, todavía no ha sido obstáculo para gobernar con sentido común. Lo que pasa es que suman para desalojar a la izquierda y eso resulta de lo más fascista.

Pero más allá de esas derechas o como quieran llamarse los partidos que antes eran el PP, lo que ha surgido es un anticomunismo enormemente necesario, documentado y desacomplejado en el que lo mismo está Ayuso que Olona, Cayetana, Rosa Díez, Toni Cantó o Redondo Terreros y Joaquín Leguina.

Esto es lo que realmente ha cambiado, incluso antes de votar, gracias a la forma de actuar de Isabel Díaz Ayuso en Madrid. Esperemos que sea para siempre.

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