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París, el patriotismo y la envidia de Margallo

Cuando un gobernante envidia el patriotismo ajeno alguna culpa ha de tener. No le quito razón al ministro pero asquea que no se achaque culpa alguna.

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En una entrevista en Los Desayunos de TVE, el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel García-Margallo, dijo haber sentido "mucha envida" al ver a los franceses cantando La Marsellesa. Se refería el ministro a los aficionados que fueron evacuados del Estadio de Francia en la noche trágica de París. No sé si jugando con su apellido, añadió: "Si tuviéramos ese patriotismo en España otro gallo nos cantaría".

¿Será porque no tenemos un monumento tan alto e icónico como la Torre Eiffel? ¿Será porque nuestro himno no tiene letra y resulta imposible entonar el lolo-lolo para desahogar el dolor y hacerse fuerte ante él? ¿O será, más bien, porque los primeros que huyen del patriotismo como de la peste son nuestra clase política y gobernante, anclados –unos y otros, por guerracivilismo o por miedo– en el 36?

Cuando un gobernante envidia el patriotismo ajeno alguna culpa ha de tener. El problema es que Margallo, cante o no, señala a los ciudadanos españoles –aunque se incluya– al envidiar una virtud en los vecinos franceses. No le quito razón al ministro –en España se llamó asesino al Gobierno antes, durante y después del 11-M–, pero asquea que no se achaque culpa alguna y forme parte de los que enterraron la infamia de marzo al volver al poder. Menudo acto de patriotismo sería aclarar o confesar qué pasó entonces. A los patriotas franceses no les hace falta.

Casi todo empezó con la maldita ecuación de aquella "PAZ" de pancarta que formuló el presidente Zapatero: el 11-M nos llegó por estar en Irak así que retirémonos de Irak. O mejor: para intentar demostrar que el 11-M fue por estar en Irak, nos vamos de Irak. El gobierno saliente del PP agachó la cabeza y ordenó no marear más la perdiz. Desde entonces, aquí el patriotismo se nos promueve con cosas como la "Marca España". Dentro de nuestras fronteras, se traduce en intentar presumir de exportaciones, de empresas punteras, de turismo... No digo que esté mal si hubiera algo más. Pero extramuros, el enemigo –que existe, sí– nos ve saliendo de Irak, pagando rescates a piratas en África, negociando con terroristas y sucumbiendo a sus huelgas de hambre, soltando a presos torturadores por motivos humanitarios, dialogando con sublevados para que, por favor, no se nos vayan o midiendo si tal o cual acción puede afectar mucho, poco o nada a la imagen de tal o cual gobierno en plena campaña electoral. También ven a Margallo planteando la posibilidad de aligerar la presión militar de Francia en República Centroafricana y Mali y al gobierno español desmintiéndolo rotundamente horas después... justo el día en el que los terroristas secuestran a casi 200 personas en un hotel de Mali causando decenas de muertos.

Pero volvamos al sentir de Margallo ¿Por qué no se ha referido a la Asamblea francesa? Ahí es donde debería volcar su envidia. En Francia no hubo manifestaciones con políticos cariacontecidos –prohibidas ante el riesgo cierto de una réplica terrorista con tan jugoso objetivo– pero se celebró una sesión histórica de la Asamblea que acabó con una ovación –a Francia, no a Hollande– y la consabida Marsellesa cantada al unísono. Días después, Manuel Valls anunció también en la Asamblea que uno de los terroristas –no entremos en si era "cerebro" o maestro de obra– había sido liquidado. Y se volvió a aplaudir –de nuevo a Francia y a la policía, no a Valls, aunque lo merezca más que Hollande– enviando un rotundo mensaje a los terroristas, improbable a este lado de los Pirineos. Y si, tras un zarpazo como el infligido a París, un policía exige a punta de subfusil a un sospechoso que se desnude a varios metros de distancia estará protegiendo a millones de personas de los hombres-bomba, que no se inmolan, demonios, que sólo asesinan sin tener que huir, cosa que simplifica enormemente los planes criminales y dificulta aún más los defensivos. Si cae alguno de esos criminales, como el que presumía de arrastrar cadáveres atados a un todoterreno, Francia aplaude. Ni un parisino menos. ¿Es necesario promover patriotismos? Ni de lejos defiendo a ciegas a Francia o a los franceses por una interminable lista de motivos, históricos y no tanto, pero salta a la vista la diferencia en estos aciagos días.

¿Qué subyace, pues? Maldad, complejo y cierta incompetencia. Porque patriotas hay en todos los partidos y ciudades pero para serlo habrá que sentirse orgulloso de algo, y no sólo de los deportes, única válvula de escape políticamente homologada para desalojar presiones normalmente ocultas por temor a ser facha. Y de esa represión sólo es culpable la clase política y gobernante. Unos por mantenerse aferrados a lo que quede de esa máxima según la cual la memoria de la izquierda sólo existe para recordar crímenes de la derecha dando por justos y necesarios los suyos. Los otros, porque siguen buscando apellidos o apodos: derecha moderna, derecha democrática, centro derecha, no sea que les consideren herederos sin serlo. Y todos porque la acción política bajo tales complejos se vuelve incompetencia. Se cumplen cuarenta años de la muerte del dictador y de la poquita izquierda que se enfrentaba a él cuando apenas tosía. Pues fin de la cuarentena de una vez y ocupémonos de la que venga después de diciembre, a ver de qué somos capaces. No critico al gobierno por afición sino por obligación igual que lo apoyaré –sea el que sea– sin fisuras cuando tome decisiones difíciles pero justas, de esas que ahora llaman "impopulares" por valientes.

Acabo con Margallo, como empecé. Desafortunada conclusión y peor refrán para ilustrarla: "otro gallo nos cantaría". Que no sea el de Morón. A ver si es verdad y, además, pronto.

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