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Jesús Fernández Úbeda

Psicofonías en el Congreso

Con Sánchez en Egipto y los primeros espadas de la oposición ausentes, la sesión se presentaba como un tinto de verano recalentado y sin gas.

Jesús Fernández Úbeda
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Con Sánchez en Egipto y los primeros espadas de la oposición ausentes, la sesión se presentaba como un tinto de verano recalentado y sin gas.
La vicepresidenta primera, Nadia Calviño, este miércoles en el Congreso. | EFE

El Congreso es un nido de piperos. Como el Bernabéu y Las Ventas –se añoran las palmas de tango, por ejemplo, en el Gamarra vs. Calviño–, el hemiciclo concentra un sindiós de susurros, comentarios y bufidos que, en una sesión de control al Gobierno como la de este miércoles, en la que falló el equipo de sonido –o lo que fuere, el caso es que a sus señorías se les oía, siendo cursis, como el trasero–, complica sobremanera el trabajo de los periodistas que, desde el palco, contemplamos el descafeinado espectáculo.

Con Sánchez en Egipto y, por ello, los primeros espadas de la oposición ausentes, la sesión se presentaba como un tinto de verano recalentado y sin gas. Momentos antes de que arrancara la cosa, un ujier nos contaba a Maite Loureiro –gracias, compañera, por guiar a este primerizo– y a mí que hay personas que llaman al Congreso para abroncar a los diputados por eso de no llevar la mascarilla, o porque se meten cinco o seis en un ascensor, mientras sus señorías imparten lecciones de beatería microbiológica y derivados. El coso se llenó de gente muy bien vestida, con la excepción de un par de diputadas independentistas, y enmascarillada, con la excepción del diputado de Vox Ignacio Gil Lázaro, que, hasta que ocupó su escaño, fue de aquí para allá, como un sheriff levantino, en cueros –faciales, se entiende–.

Lo dicho: el equipo de sonido del hemiciclo pinchó –otro ujier así me lo aseguró– y a los diputados se les escuchaba como a espíritus del inframundo. Por ejemplo, a Espinosa de los Monteros se le entendió un "los sindicatos no representan a los trabajadores, les representan a ustedes" –al Gobierno–, y a Nadia Calviño, en su réplica, algo de "proteger a las familias" y "a los más vulnerables". Poco más. El enfrentamiento dialéctico de la vicepresidenta segunda, Yolanda Díaz, y Macarena Olona fue, directamente, ininteligible, más allá del "con la venia" pronunciado por la diputada de Vox. Algunas intervenciones parlamentarias parecían psicofonías. Uno tenía la sensación de poder encontrarse con Iker Jiménez y Carmen Porter en cualquier momento.

Con mayor claridad y volumen intervinieron los diputados populares Ana Belén Vázquez y Óscar Clavell. La primera preguntó al ministro del Interior por la modificación de la Ley de Seguridad Ciudadana: "Quieren colocar al mismo nivel a los delincuentes que al resto de la sociedad española. (…) Quieren una ley para defender sólo a los que piensan como ustedes". Su "váyase, señor Marlaska" provocó los aplausos menos artificiales de la jornada. El segundo, por su parte, preguntó a Pilar Alegría qué piensa hacer el Gobierno para garantizar el castellano en Cataluña: "Se ha convertido en una digna sucesora de Isabel Celaá. Va a ser responsable del mayor atropello que se va a hacer al castellano". Respondía la ministra de Educación que el PP protesta de forma airada desde la oposición pero que, "cuando están en el Gobierno, tienen mucho más pudor". Inés Arrimadas preguntó por lo mismo. Cayetana Álvarez de Toledo, carne de sanción genovesa, asintió varias veces durante la intervención de la líder de Ciudadanos. Tras su parlamento, se produjo una fuga masiva de diputados. La ministra de Sanidad, Carolina Darias, dijo algo de la variante ómicron del SARS-CoV-2, aunque a saber.

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