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José García Domínguez

Artur Mas no está loco

No está loco; él no. Por eso su gran obsesión: que no se vuelva a repetir un Seis de Octubre.

José García Domínguez
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No está loco; él no. Por eso su gran obsesión: que no se vuelva a repetir un Seis de Octubre.

No está loco; él no. Por eso, su gran obsesión: que no se vuelva a repetir un Seis de Octubre. Al punto de que incluso rehusó asomarse al balcón a su regreso a Barcelona tras la entrevista con Rajoy en La Moncloa, cuando la voladura del último puente a finales de 2012. "Hubiera tenido connotaciones históricas, y de la historia tenemos que aprender", confesó después. Aquella jornada de 1934, es sabido, el presidente de la Generalitat se dirigió a ese mismo ventanal que Artur Mas prefiere cerrado, exactamente a las nueve menos cuarto de la noche. Luego extrajo un papel del bolsillo de su chaqueta y procedió a leer la célebre proclama que comenzaba así:

En aquesta hora solemne, en nom del poble i del Parlament, el Govern que presideixo proclama l’Estat Català de la República Federal Espanyola.

La alucinación, también es sabido, duró justo diez horas; ni un minuto más. ¿El precio? De entrada, la presidencia de Cataluña pasó a ser ocupada por el bizarro coronel don Francisco Jiménez Arenas. Unas cinco mil personas de las cuatro provincias, reo arriba reo abajo, fueron encarceladas en los días que siguieron a la asonada. De entre ellas, más de dos mil serían objeto de procesos penales. Y cerca de un millar se verían sometidas a consejos de guerra. Por su parte, los militares que dependían orgánicamente de la Generalitat fueron condenados a muerte en rápidos juicios sumarísimos. Todos, sin excepción. Solo la presión in extremis de Alcalá Zamora evitó su fusilamiento ante un pelotón. La Escuela de Policía de la Generalitat fue clausurada de inmediato, y su personal cesado al instante. Al igual que depurados serían cuantos funcionarios de carrera hubiesen accedido a cumplir las órdenes de los golpistas durante aquellas diez horas.

Companys y el resto de sus consejeros, salvo Dencàs, que había huido por las cloacas, fueron enjuiciados por el Tribunal de Garantías Constitucionales de la República. El 6 de junio se dictó sentencia.Treinta años de cárcel para cada uno de ellos. A finales de mes el líder de ERC ya ocupaba una celda en el gaditano penal del Puerto de Santa María. Por aquellas mismas fechas, cierto Tarradellas, Josep, escribía en el periódico barcelonés La Rambla:

Debemos guardarnos de los políticos que piensan dejar todas las posibilidades de triunfo a las oleadas sentimentales de nuestro pueblo, que creen que las cosas de Cataluña se pueden consumar con unos cuantos mítines de tonos más o menos demagógicos.

No, él no está loco. Mas no, pero hay muchos más.

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