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Boyer era algo así como el paradigma estético de la burguesía ilustrada y liberal en un secarral donde nunca ha habido ni burguesía ni ilustración

José García Domínguez
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Ha muerto Miguel Boyer, que era un español que no olía a ajo, algo que aquí nunca se lleva bien. Tras el odio africano que le profesó en vida toda esa legión de cotorras, trotaconventos y huelebraguetas mediáticos, la misma que hoy derrama compungidas lágrimas de cocodrilo ante tan terrible pérdida, siempre estuvo presente aquel aire distante, gélido, tan suyo. Boyer era elitista en un país donde lo que más se aprecia en los miembros de la elite es que hagan el salto de la rana ante una cámara de televisión, a ser posible con una nariz de payaso en la nariz. Por eso la izquierda nunca lo consideró de los suyos, pese a ser casi el único miembro del PSOE que había pasado por la cárcel durante la dictadura.

Como la derecha de cuando entonces, que para no ser menos que sus iguales de enfrente se volcó con un grotesco estafador compulsivo, Ruiz Mateos, frente al ministro que expropió Rumasa. Boyer era algo así como el paradigma estético de la burguesía ilustrada y liberal en un secarral donde nunca ha habido ni burguesía ni ilustración, y mucho menos liberalismo. Baste para hacerse una idea del país que se encontró al llegar al ministerio el dato de que, aquel mismo año, el 82% del déficit público, ya astronómico por cierto, se financió dándole a la manivela de la máquina de hacer billetes del Banco de España. Era lo normal. Lo que se hacía cada ejercicio desde 1977, al explotar las cuentas del Estado.

Así funcionaba la Hacienda española, igual que las de la Argentina de Isabelita Perón, Camerún y Zambia. Exactamente igual. La hiperinflación al modo de las que se describen los manuales de historia de los años veinte era en aquel instante el horizonte cierto al que se veía abocada España. Y que nunca llegara a producirse se lo debemos a la firme determinación de Boyer de no cumplir ni una palabra del programa electoral del PSOE. Ni una palabra. Pero la genuina lección a retener del Boyer que enterró a golpe de decreto a dos zombis paleolíticos, las industrias naval y siderúrgica, es que, al final, solo la izquierda posee la suficiente legitimación para afrontar las grandes operaciones de cirugía en el aparato productivo. Que la tierra le sea propicia.

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