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José García Domínguez

Calviño va a necesitar una porra

La promoción de Calviño al empleo de guardaespaldas se explica, y además tiene toda la lógica del mundo, por el dinero europeo.

La promoción de Calviño al empleo de guardaespaldas se explica, y además tiene toda la lógica del mundo, por el dinero europeo.
LM/Agencias

Quizá el primer y último vicepresidente primero del Gobierno de España que quiso hacer política, política de verdad, desde ese cargo fue Alfonso Guerra. Nadie más lo volvería a intentar. Y es que, en realidad, la llamada Vicepresidencia Primera constituye un empleo institucional que a lo que más se parece es a la labor cotidiana de un agente de aduanas. Tras toda la aparatosa parafernalia protocolaria del cargo, la genuina misión práctica de los vicepresidentes primeros remite a la muy prosaica tarea de interponerse, incluso físicamente, ante cualquier ministro o alto cargo que pretenda acceder por su cuenta y riesgo al despacho del presidente del Gobierno. El vicepresidente primero es como un portero de discoteca, pero sin tatuajes. Su función fundamental resulta idéntica: ejercer de filtro de paso. El vicepresidente primero actúa, ante todo y sobre todo, de cortafuegos. Por eso yo nunca me acabé de creer lo de Iceta, alguien que para nada daba ese perfil.

Y tampoco es que Calviño responda demasiado a él, por lo menos a priori. Pero la promoción de Calviño al empleo de guardaespaldas se explica, y además tiene toda la lógica del mundo, por el dinero europeo. Porque ese dinero va a ser mucho dinero. Y ya hay una cola de conseguidores más larga que las de las vacunas en el Zendal para tratar de meter cuchara en el asunto. Desde el Ibex a la CEOE, pasando por los sindicatos, los preceptivos barones autonómicos, Podemos, el PNV, los catalanes, el tío de Canarias con el cazo, su compadre de Teruel… España, que va a disponer por un azar del destino de una oportunidad única a fin de modernizar su estructura productiva, se jugará su credibilidad ante Bruselas como país serio en el reparto de esos fondos. Y no va a resultar sencillo. A Franco, que gastaba mala leche, acababa de ganar una guerra y llevaba unas polainas que daban miedo, le intentaron vender hasta gasolina producida con lechugas. Y a Sánchez le van a colocar mil cuentos parecidos para arrancarle la pasta. Hará falta, pues, convertir la entrada a su despacho en un remedo del búnker de Hitler para que no volvamos a perder otro tren histórico que pudiera ser el último. Calviño va a necesitar una porra.

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