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José García Domínguez

Contra la ampliación del Prat

Madrid puede crecer hasta el infinito; Barcelona, ni un metro cuadrado más. Esa es la diferencia.

José García Domínguez
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Madrid puede crecer hasta el infinito; Barcelona, ni un metro cuadrado más. Esa es la diferencia.
T2 del Aeropuerto de El Prat | EFE

Hay una característica ontológica de Barcelona, la ciudad que se corresponde con ese proyecto de mega aeropuerto llamado El Prat, de la que solo los barceloneses somos conocedores, más que nada porque la tenemos muy pisada. Y es que, contra lo que piensan en, por ejemplo, Madrid, Barcelona resulta ser una ciudad bastante pequeña en extensión. De ahí que no posean demasiado sentido la mayor parte de las comparaciones que constantemente se realizan con la propia Madrid, menos todavía las hechas con Londres, París o Roma. Porque Barcelona tiene poco que ver con todas ellas en ese muy concreto aspecto.

Ese error tan generalizado, el de la percepción distorsionada sobre la genuina dimensión espacial de Barcelona, es lo que impide establecer los justos términos en un debate como el de la ampliación del Prat. Ocurre que, a primera y engañosa vista, Barcelona parece una gran urbe, una trama urbana similar a las mentadas ahí arriba. Pero esa primera idea no se compadece con la realidad. Bien al contrario, Barcelona es una pequeña ratonera acotada por el mar y dos montañas inamovibles dentro de la que nos agolpamos 1,6 millones de personas. Madrid puede crecer hasta el infinito; Barcelona, ni un metro cuadrado más. Esa es la diferencia.

A Madrid o París les cabe jugar con la idea de multiplicar el número de turistas dentro de un cuarto de siglo. Nosotros, en cambio, no podemos. Y no podemos porque la ratonera dispondrá exactamente de los mismos metros habitables que hoy dentro de 25 años. Eso no podrá cambiar a menos que dinamitemos el Tibidabo con la ayuda de los talibanes. En 2019, el último año normal, la ratonera recibió en sus calles a un total de treinta millones de visitantes foráneos (datos del Ayuntamiento). Diecinueve turistas por cada habitante local. Una presión ya difícil de conllevar. Así las cosas, y si doblamos la capacidad del Prat, no van a venir decenas y decenas de miles de emprendedores de todo el mundo para instalar aquí sus proyectos empresariales. Los que van a venir, lo sabemos todos, son centenares de miles de nuevos turistas. Mientras que la ratonera será la misma, exactamente la misma. ¿Y si los manifestantes tuvieran razón?

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