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¡Gracias por ser tan ineptos!

Ahora, Casado va a tener la oportunidad de enmendarse para, entre otras cosas, no dejar en manos de Ciudadanos el monopolio exclusivo de la defensa de la decencia democrática.

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Pablo Casado, en los pasillos del Congreso | EFE

Dios, definitivamente, escribe recto con renglones torcidos. Cuando ya todo parecía perdido para la causa de la higiene democrática en esa subasta de pescado podrido, la de los vocales del Consejo General del Poder Judicial, la superlativa burricie ontológica, congénita, diríase que estructural, de los apoderados de PP y PSOE habilitados por sus jefes de filas para consumar el enredo ha logrado obrar el prodigio de que la burla entera acabase saltando por los aires. Bendita incompetencia. Divina necedad. Prodigiosa idiocia. Adorable ineptitud. Por ventura, la tarea siempre delicada de pervertir entre bambalinas, y hasta hacerlo por entero irreconocible, el principio mismo de la división de poderes estaba en esta ocasión en manos de genuinos aficionados. De ahí esos modos tan toscos en la ejecución del crimen y, sobre todo, la obscena ristra de pruebas del delito que fueron dejando a su paso, incluido el teclado virtual del iPhone. Insólito reguero de comprometedoras indiscreciones, las de unos y otros, mucho más propia de un chat de adolescentes que de cualquier empresa que se quisiera adulta.

Por lo demás, llueve sobre mojado. Recuérdese que el Ejecutivo de Rajoy tampoco se abstuvo en su día de filtrar a la prensa que el entonces inminente presidente del Tribunal Supremo, en teoría figura a designar por los vocales del Consejo según ordena el artículo 123 de la vigente Constitución, sería un señor amigo suyo que respondía por Carlos Lesmes Serrano. Pero eran otros tiempos. Unos tiempos que ya estaban cambiando aunque el registrador de Santa Pola no se quisiera dar por enterado. Imposible así que la espinilla no les acabara reventando ahora en la mejilla. Y al final se la ha tenido que extirpar un juez con un mínimo, elemental sentido del pudor. ¿Y ahora qué? Pues, ahora, Casado va a tener la oportunidad de enmendarse para, entre otras cosas, no dejar en manos de Ciudadanos el monopolio exclusivo de la defensa de la decencia democrática. En política, como en la vida, muy pocas veces hay una segunda oportunidad. Y el bisoño líder del Partido Popular debería no desperdiciar esta tan inopinada que le acaba de caer del cielo.

Si Casado, además de la de España, que bien está que la airee en todos sus actos, todavía se siente con ganas de hacer ondear la bandera de la regeneración, lo tiene fácil: basta con que recupere y haga suyas la letra y la música de la primera Ley Orgánica del Poder Judicial, la de 1980. Y muy en especial, aquel artículo que rezaba lacónico lo que sigue: "Los vocales del Consejo General de procedencia judicial serán elegidos por todos los jueces y magistrados que se encuentren en servicio activo (…) mediante voto personal, igual, directo y secreto". Tan sencillo como eso. Pero si el actual líder del Partido Popular, al igual que cuantos le precedieron en el cargo desde 1985, considera ese enunciado incompatible con la coartada esgrimida en su día por Felipe González para derogarlo (la excusa de que, puesto que la Justicia emana del pueblo, es el pueblo representado en el Parlamento quien la debe tutelar), que sea entonces coherente. Porque si también esa es la opinión del Partido Popular hoy, lo coherente sería promover una reforma urgente de la Constitución para suprimir un enunciado innecesario en el que se sostiene que la Justicia en España es independiente de los otros poderes del Estado, el Ejecutivo y el Legislativo. Tras hacer el ridículo con luz y taquígrafos, solo eso, un poco de coherencia, es lo que se le pide al Partido Popular.

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