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José García Domínguez

La lenta agonía de la socialdemocracia

¿Sánchez y Madina habrán meditado medio minuto sobre esa cuestión? Se admiten apuestas.

¿Sánchez y Madina habrán meditado medio minuto sobre esa cuestión? Se admiten apuestas.

Francia, Dinamarca, Italia, Eslovaquia, Rumania, Austria, Bélgica, Luxemburgo, República Checa… La omnipresencia escénica de Merkel, ahora ella misma consorte del SPD, nos ha hecho perder de vista que no solo estamos ante una crisis de la socialdemocracia, sino que también estamos ante una crisis gestionada por la socialdemocracia. Por mucho que disimulen, la malhadada austeridad es cosa suya. Al respecto, procede reconocer la pericia de sus creadores de opinión para difundir un relato virginal de la izquierda en la Gran Recesión. Ellos, insisten, jamás tuvieron nada que ver con el asunto. Los socialdemócratas serían vírgenes cándidas y puras, almas celestiales que nunca colaboraron en la desregulación del sector financiero que antecedió al desastre sistémico de 2008. Olvidando que fue Bill Clinton, que no Ronald Reagan, quien desmanteló todas las barreras legales del New Deal contra la concentración de riesgos bancarios.

Han logrado que ya nadie recuerde la inestimable contribución de socialdemócratas como Jacques Delors o Michel Camdessus a fin de facilitar el movimiento de los capitales por encima de las fronteras. O el papel determinante del SPD –y de los Verdes– en la liberalización de las finanzas en Alemania. Por no hablar de la entusiasta devoción de los laboristas ingleses ante el libre mercado. "La era de los auges y de las crisis ha pasado a la historia para siempre", sentenciaría en un instante de supremo delirio Gordon Brown apenas un año antes del cataclismo. Porque este siniestro total, les guste o no, es tan hijo de Wall Street como de la Internacional Socialista. He ahí, por lo demás, su suprema contradicción, la que ha terminado abocándoles a un callejón sin salida ideológico. Apoyaron con entusiasmo una globalización económica que ha anulado los instrumentos políticos que les permitían conseguir la redistribución igualitaria, su razón de ser.

Al tiempo, las políticas de pleno empleo financiadas con déficit y promovidas por el Estado resultan inviables cuando el capital deviene libre con tal de moverse a través de las lindes nacionales. A ese respecto, la quiebra del legendario modelo sueco supuso de facto el canto del cisne de la socialdemocracia clásica. Porque la socialdemocracia es hija del Estado-nación y únicamente puede operar en el marco del Estado-nación. En el fondo, todo su drama es ése. Razón última de que hoy esté condenada a elegir en la encrucijada histórica que Dani Rodrik ha dado en llamar "el trilema". O bien postula el mantenimiento de los poderes elegidos en las urnas nacionales, haciendo que los mercados vuelvan a operar de modo preferente en el mismo plano local que las instituciones políticas. O bien apoya la expansión transfronteriza del capitalismo, pero promoviendo a la vez la fundación de los Estados Unidos de Europa. Cualquier otra estrategia la aboca a terminar disuelta en la nada a medio plazo. ¿Sánchez y Madina habrán meditado medio minuto sobre esa cuestión? Se admiten apuestas.

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