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José García Domínguez

Les presento a Manuel Castells

Tendremos sentada en el Consejo de Ministros a una autoridad cuya preocupación primera consiste en la legitimación moral y política de los separatistas.

José García Domínguez
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Tendremos sentada en el Consejo de Ministros a una autoridad cuya preocupación primera consiste en la legitimación moral y política de los separatistas.
EFE

Mientras esa realidad plurinacional no se reconozca, políticamente primero, constitucionalmente después, el Estado español estará sometido a los embates continuos de la represión de las naciones subordinadas y a la resistencia a la represión. En una palabra, será ingobernable en el contexto de una Europa democrática donde es problemático sacar los tanques a la calle por unas cuantas barricadas incendiadas en momentos de rabia impotente ante la arbitrariedad.

Son palabras vertidas en un artículo muy reciente de La Vanguardia por cierto sociólogo de Albacete deslumbrado desde sus tiempos de estudiante en Barcelona con los catalanistas. Por más señas, Manuel Castells, el ya inminente ministro de Universidades del Reino de España.

Manuel Castells pertenece a esa especie, entre nosotros tan frecuente, de los profesores universitarios que saben hacer confundir la popularidad mediática con el prestigio académico. Una popularidad, la suya, que le llegaría tras alumbrar, allá por el cambio de siglo, La era de la información, oportunista mamotreto de dimensiones disuasorias, una trilogía en realidad, que prometía dotar al lector incauto (yo fui uno de ellos) de las grandes claves interpretativas del nuevo paradigma cognitivo que estaba llamada a crear la entonces embrionaria transformación digital del orden económico global. Que así se vendió el producto.

En realidad, una indigerible sopa menestra elaborada a base de mezclar sin ton ni son una ristra infinita de datos estadísticos sacados de aquí y de allá, con el único nexo común de guardar alguna relación con el mundo de la informática y las redes, todo ello sazonado con unas pizcas muy medidas de pretenciosa y añeja jerga tardomarxista importada del París de los sesenta. Un ladrillo infumable que, en un país donde nadie lee más allá de las contraportadas, serviría para elevar a su avispado autor al Olimpo doméstico de los gurús de la Nueva Era. Por lo demás, la cuestión intelectual más grata al inminente señor ministro es el empeño que comparte con sus amigos separatistas por deslegitimar los fundamentos últimos en los que se inspira esa muy burguesa democracia liberal que pronto lo premiará con un coche oficial. Y es que, tal como se observa en el párrafo que encabeza este artículo, para el señor ministro en ciernes, al igual que para la muchachada alegre y combativa que quema contenedores en las calles de Barcelona por orden de Torra, la democracia no constituye el método civilizado que permite expulsar del poder a los gobernantes indeseados sin necesidad de apelar a la violencia.

Bien al contrario, para Castells, como para los borrokas de la CUP y los CDR, la única y genuina democracia aceptable es aquella que avala el soberano derecho a votar y decidir sobre cualquier asunto que se tercie, empezando, claro está, por la autodeterminación de las cuatro provincias catalanas. Como ministro de los de su propio gremio, con diferencia el más medieval, corporativo y nepotista de los muchos que disfrutamos en el país, lo previsible es que Castell no vaya a hacer mucho más que respetar el statu quo de los mandarines que mandan en la Universidad tras, eso sí, subirles el sueldo a todos. Pero como intelectual orgánico con mando en plaza, su genuina vocación profesional, la novedad será que, a partir de ya, tendremos sentada en el Consejo de Ministros a una autoridad cuya preocupación primera consiste en la legitimación moral y política de los separatistas. Empeño, ese tan suyo, que es lo que le empuja a repudiar la democracia liberal en beneficio de una pretendida democracia real, esa otra tan cara a los adolescentes en las asambleas de alumnos de bachillerato.

En fin, que ha nacido una estrella. Y en Albacete, por cierto.

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