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José García Domínguez

Rufián ya es Jean-Paul Sartre

Que este descreído pícaro sin oficio ni beneficio se esté convirtiendo en una suerte de gran referente moral de la izquierda indica hasta qué punto la inflación mediática ha devenido una eficacísima máquina de embozar cerebros.

José García Domínguez
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José García Domínguez - Rufián ya es Jean-Paul Sartre
EFE

Que Gabriel Rufián, un cínico y descreído pícaro sin oficio ni beneficio que ha logrado encontrar en la política su modus vivendi por puro azar, se esté convirtiendo a estas horas en una suerte de gran referente moral de la izquierda española indica hasta qué punto la inflación mediática tan propia de estos tiempos nuestros ha devenido una eficacísima máquina de embotar cerebros. Cotidiana labor de idiotización colectiva, la que hace posible que semejante personajillo de novela de Eduardo Mendoza emule hoy la autoridad intelectual de un Jean-Paul Sartre a ojos de la progresía televidente, que fundamenta su éxito en la mezcla a partes iguales de ignorancia y sentimentalizacion de lo político que caracteriza a sus creadores de opinión, los guionistas del manido relato. He ahí el llanto compungido de todas esas plañideras audiovisuales, las que lamentan tan desconsoladas que "la izquierda" no haya podido unirse para llevar a cabo un proyecto común. Un lloriqueo coral, el de los grandes opinadores de cabecera del progrerío, que se sustenta en la premisa errada de que existe un hilo de continuidad temporal e histórica entre Podemos y el viejo Partido Comunista de España. Un hilo, por lo demás, que ni existe ni nunca podría haber existido.

Podemos, su cultura política y las tradiciones doctrinales de las que bebe, no procede en absoluto del PCE, un partido que no sólo aceptó la Constitución que corona el ordenamiento jurídico de nuestra democracia liberal bajo la forma de una monarquía parlamentaria, sino que fue unos de los actores más activos en la elaboración de la propia Carta Magna. Se impone recordar a ese respecto la fractura entre partidarios de la llamada reforma y los defensores de la ruptura, la que se produjo entre las formaciones antifranquistas tras nombrar el Rey a Adolfo Suárez presidente del Gobierno con el encargo expreso de desmantelar desde dentro el andamiaje institucional de la dictadura. En aquella cesura, quienes optaron por quedar fuera del proceso emprendido por las Cortes constituyentes, negando de paso la legitimidad del nuevo régimen democrático del 78, no fueron los comunistas de Carrillo, sino Herri Batasuna, la primera marca blanca de ETA, junto con el independentismo catalán de entonces, el que años más tarde se reagruparía bajo las siglas de ERC.

Y junto a ellos, codo con codo, el añadido de la surtida miríada de grupos y grupúsculos de la ultraizquierda surgida de diferentes escisiones fundamentalistas del propio PC, tal como el Partido del Trabajo en el que militó el padre de Errejón, o el PCE (marxista-leninista), secta filoalbanesa que frecuentó el padre de Iglesias. De aquella ultraizquierda iluminada, testimonial y extramuros del sistema, siempre abrazada a la causa de los distintos separatismos periféricos en su común rechazo a la idea de la soberanía única de la nación española, es de donde viene Podemos. De donde viene y donde sigue. Porque no se han movido de ahí ni un ápice. Bien poco que ver, pues, ni con la tradición política ni con la cultural del Partido Comunista de España. ¿O alguien en su sano juicio sería capaz de imaginar al ponente constitucional del PCE-PSUC, el profesor Jordi Solé Tura, compartiendo complicidades y confidencias desde su escaño con el separatista Asens y el cantamañanas de Rufián? No son la izquierda, son sus albañales.

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